Nekromantik (1987)


Engendrada al calor del underground germano de finales de los ochenta, Nekromantic alcanzó desde su mismo estreno la categoría de película maldita, gracias a las reacciones de naúsea y rechazo que cosechó allá donde fue exhibida. Un baratísimo medio de publicidad que consiguió que el film de Jorg Buttgereit y amiguetes, divertimento de fin de semana, abandonara el anonimato de sus humildes orígenes y se convirtiera en una obra clásica de los rincones más oscuros de los videoclubs de la época. Allí donde fué legal, claro, porque la cinta está prohibida aún hoy en un buen número de países.

Que fuese como un puñetazo en el estómago para los guardianes de la moralidad es bastante fácil de comprender echando una rápida ojeada a un argumento sin desperdicio alguno:
Robert Schmadtke es un hombrecillo obsesionado con la muerte que trabaja en una empresa de limpieza urbana de cadáveres (¿?), que se ocupa desde los accidentes de tráfico hasta los asesinados eventuales que puedan aparecer en cualquier descampado. De vez en cuando consigue mangar algún fragmento de cadáver humano en el curro para solazar a su querida novia Betty, tan enferma como él, y seguir aumentando su colección particular de órganos, que guarda metódicamente en frascos con formol apilados en una decorativa estantería. El premio gordo se lo lleva el día que aparece en casa con un muerto entero y bastante putrefacto, colmando de felicidad a su chica, que no tarda en proponer un trío con el nuevo inquilino; le improvisan un pene con un tubo de metal, le ponen un condón y a disfrutar como posesos los tres. Pero ya se sabe que los buenos tiempos no duran demasiado; es despedido de su trabajo, tras lo que Betty, muy disgustada porque ha descuidado y perdido la principal fuente de ocio de la pareja, se fuga con el cadáver. Robert, destrozado, intentará llenar el hueco existencial que dejaron sus aventuras necrofílicas con nuevas experiencias, como el cine gore, embadurnarse con las vísceras de su gato o asesinar a una puta y follarséla en un cementerio. Finalmente se suicida abriéndose el vientre con un cuchillo, consiguiendo una fenomenal erección y la satisfacción plena, mostrada con unos bonitos fuegos artificiales de sangre y semen.

Semejante cúmulo de burradas fue realizado con cuatro duros y con una producción que debió de ser un imaginativo proceso de gorroneo de objetos, lugares y gentes, lo que le confiere un inevitable tufillo amateurista. Hecho que no importa demasiado para los escenarios, que con el uso de planos cortos y pisos cutres llenos de mierda dan el pego, ni en la paupérrima calidad grumosa de la imagen, ya que al fin y al cabo son elementos que redundan en la formación de un ambiente insano. Pero sí se deja notar negativamente en otros aspectos como las actuaciones y los chusquísimos FX. Dejando de lado la hábil reconstrucción del muerto descompuesto (relleno de auténticas vísceras de animales) y la asquerosa escena en la que rezuma fluidos mientras ellos se comen un chuletón, generalmente la precariedad de los irreales efectos especiales le resta intensidad a una película que tiene como uno de sus principales reactivos la visceralidad física de las aberraciones que relata, aunque se intente maquillar con diversos medios. Unos funcionan, como la hábil interpolación de imágenes reales del desollamiento de un conejo, de repugnante y resultón efecto y otros no, como las escenas de sexo necrófilo, muy poco claras mediante un movimiento distorsionado a cámara lenta.

Nekromantik plantea unas coartadas no demasiado firmes para su escabroso contenido. De manera muy soslayada, en un reportaje de televisión sobre psiquiatría que observa el protagonista, se hace referencia a la idea de que una exposición continua al objeto de las fobias humanas provoca un proceso de desensibilización que puede acabar por curarlas. Idea que quizás sea una justificación hacia el espectador o que quizás intente explicar rápidamente el comportamiento psicopático de la parejita.
La escena onírica en la que una mujer encuentra a Robert muerto y podrido, tras lo que revive para corretear por un pasiaje bucólico al tiempo que juegan pasándose el uno al otro unos higadillos, al igual que el suicidio del desenlace, también apuntan hacia su obsesión con la muerte y a la confusión enfermiza con el amor y el sexo. Pero tan sólo son conatos explicativos que apenas poseen importancia al aparecer desligados del desarrollo argumental.

Desplazados a un segundo (o cuarto) plano de importancia los aspectos simbólicos y psicológicos del film, se puede considerar que su sospechoso valor recae sobre la plasmación directa de atrocidades en un contexto de cotidianeidad y normalidad, que llega al extremo (hilarante, para mí, no puedo evitarlo) de mostrar la necrofilia desde una perspectiva romántica con música dulzona y todo, con un muy particular sentido del humor que puede que sólo vea yo.
Probablemente su fama de película de culto sea desproporcionada respecto a sus méritos (como suele ocurrir a menudo con los productos a los que encasquetan esta etiqueta). Aunque manosear sin ningún tipo de complejos los tabús sociales y ponérselos delante de las narices a los biempensantes no esté nada mal como mérito en si mismo.

Dictamen: II



3 comentarios:

Mario dijo...

Boris, creo que esta vez discrepo de tu artículo...
Follar muertos es algo más que un tabú social :-P

Markitos dijo...

Es la peor película que he visto en mi vida, tardé un mes en verla, ya que cada 10 minutos la quitaba por lo mala y aburrida que era.
Es una paja mental de los autores, que es insoportable de aguantar.

Me parece que al muerto le ponían un pene con la pata de una silla de madera. Es de lo poco que me acuerdo, eso y cuando el protagonista tenía los sueños raros corriendo con una máscara.

Lo más triste es que tuvo éxito y hay una segunda parte. Horrible.

Cesare dijo...

Vamos... Yo está ni jarto!!