Rojo oscuro (Profondo rosso, 1975)


El acercamiento al cine de Dario Argento debe ser un ejercicio cauteloso y transigente, al menos si se quiere disfrutar medianamente, en el que el espectador debe aceptar las reglas de juego propuestas por el realizador italiano, que no son más que el protagonismo absoluto de un aspecto visual barroco y recargado en detrimento del resto de elementos que componen sus obras. A este principio tampoco escapa Rojo oscuro -o Rojo profundo, ya que la traducción española alterna las dos formas-, el quinto trabajo de su filmografía y su incursión más famosa dentro del giallo, género propiamente italiano que toma las bases del thriller anglosajón de toda la vida para pervertirlo a la manera latina, es decir, más sangre, más casquería, más tetas y, en definitiva, más espectáculo.

El film abre con unas macabras sombras chinescas, que representan un asesinato a cuchillo, a la vieja y buena usanza, y que terminan con el arma homicida ensangrentada a los pies de unos zapatos infantiles, cuyo dueño es testigo de los hechos.
Acto seguido se muestra un auditorio en el que una clarividente da una charla sobre parapsicología, durante la que capta los recuerdos homicidas de uno de los espectadores, la primera escena antes descrita. Al terminar, éste la sigue hasta su casa, lo que tiene como consecuencia un segundo crimen, del que es testigo un vecino de la víctima, el pianista Marc Daily, que decide investigar por su cuenta el asunto por puro afán morboso, como el mismo reconoce. A partir de ahí, se verá implicado personalmente en un rojo reguero de las más variopintas muertes.

Con una leve ojeada a la presentación de la historia, se puede entrever que la composición de la trama no es precisamente el punto fuerte de la película. La relación del protagonista con el asesino y su involucración en los hechos, como observador que, sencillamente pasaba por allí, son dos circunstancias que configuran un punto de partida absolutamente casual e inverosímil.
Del mismo modo, el desarrollo argumental posterior es pobre y, aparte de caracterizarse por un ritmo narrativo lleno de altibajos, está plagado de incongruencias. La indagación detectivesca de Marc Daily está bastante cogida por los pelos, ya que, partiendo del leit motive musical, que el maluto hace sonar en un cassette durante los homicidios, se saca -de la manga- una vaga relación con una leyenda urbana de casa encantada en la que sonaba una fantasmagórica musiquilla, que finalmente acaba siendo, por suerte o inspiración divina, la misma en la que aconteció el primer asesinato. Aunque lo más escandaloso, para mí, es el engaño hacia el espectador que se perpetra mediante esta melodía recurrente, que, por su carácter de cantinela infantil, dirige la atención hacia un posible asesino que acaba por no ser el verdadero.
Este aparente menosprecio del director hacia el argumento de la película configura, a priori, un tufillo bastante chusco que se ve refrendado por unas interpretaciones lamentables que, además, son jodidas definitivamente con el doblaje de la película al castellano. Claros ejemplos de ello son los caretos de la médium en estado de trance -irrisorios, de verdad- y la actuación perpetrada durante todo el metraje por el anodino David Hemmings.

La historia y la caracterización de los personajes dan la sensación de no ser más que un pretexto, un vehículo para sus juegos escénicos, que es donde reside el extraño magnetismo de casi todos los filmes del trasalpino. Se ha dicho de Argento que es el mejor a la hora de filmar los asesinatos; si bien puede ser una afirmación un tanto exagerada, no cabe duda de que los que nos regala en Rojo oscuro son soberbios, con una puesta en escena sofisticada pero precisa, siempre en interiores, que se inicia con el suspense previo dispuesto por factores de advertencia -el yeso que desprende sobre el piano alguien que camina por el tejado, ruidos fuera de las casas o el más evidente, la muñeca ahorcada- y por los lentos planos secuencia que merodean por los alrededores de la víctima; y que culmina plasmando hábilmente el desenlace violento con un juego de planos rápidos. Una violencia cruel, sobrada de imaginación bizarra y que tiene como protagonista último e invariable a la sangre oscura a la que hace referencia el título.
A las escenas homicidas hay que unir su obsesiva fijación por los decorados tétricos y alambicados -el pasillo del piso de la médium a rebosar de oscuros cuadros expresionistas o el interior pseudo gótico de la casa del primer crimen-, que son recorridos con parsimonia por los travellings a los que tiene tanta afición, para conjurar finalmente una eficaz atmósfera malsana.

A pesar de sus errores narrativos, y de que su esteticismo sea a menudo sobrecargado, cuando no definitivamente hortera, no se puede negar a Argento un enorme talento a la hora de recrear el horror, ya sea en su más pura dimensión física o destilado de los perversos ambientes con los que consigue dotar a cada una de sus películas. Supongo que es lo mejor que se puede decir de un director que se dedique a este género.

Dictamen: III



9 comentarios:

Cesare dijo...

No la he visto, pero por lo que dices hace una perversión del uso de la música que hace Fritz Lang en M, El Vampiro de Düsseldorf...

Hombre Lobo dijo...

Es una obra maestra, sin duda.

Por cierto, ¿a que no advinan cómo se llama la prisión del infierno en el cómic "Dylan Dog"?

Mario dijo...

Buff... a mí Dylan Dog se me hace muy cuesta arriba

Cesare dijo...

Mario, ya he incluido el link a El Hombre de Arena en Dead Man Types...

Boris dijo...

ok, ahora mismo ponemos el tuyo. gracias!!!!

Mario Franck dijo...

Hombre, pues muchas gracias por linkearme, siempre viene bien para darse a conocer.
Sobre Profondo Rosso, es seguramente mi preferida de Argento, un tipo muy interesante pero también con un cine plagado de defectos.
De ésta me quedo cuando Hemmings y su amiguete están al pie de una estatua inmensa charlando mientras se comete un asesinato. La composición del plano se me quedó grabada de por vida.
Y el tema de Goblin, claro...

Boris dijo...

Cesare: Sí, algo parecido, solo que con cassette en vez de silbido.

Hombre lobo: La verdad es que no he leido nada de Dylan Dog, aunque por lo que he podido indagar, no pinta nada mal.

M. Franck: Argento es un flipado de las artes plásticas y muy a menudo las composiciones de sus encuadres están protagonizadas por obras artísticas, cuando no son definitivamente cuadros ellos mismos - en este sentido me llaman mucho la atención ciertas composiciones de Rojo oscuro en las que los personajes de fondo están inverosímilmente inmóviles-.

Una obsesión plástica que lleva al extremo en El síndrome de Stendhal.

Tumpicornio dijo...

Comparto la opinión de "hombre lobo", es una obra maestra, oye Hombre de arena, se me hace que tú estas bien casado con el cine estadounidense, porque hay en tu análisis un tifillo de menosprecio a los elementos cinematográficos bien logrados de Dario Argento.

Strigoyu dijo...

Buenas noches. Yo lo que creo es que este hombre es de los muchos que -por desgracia- reniegan de todo lo que no sea cine norteamericano. Una pena, pues analista cinematográfico no significa esto. Pero bueno, allá cada cual. Un saludo.