Hellraiser. Los que traen el infierno (Hellraiser, 1987)


Allá por la mitad de la inefable década de los ochenta, el escritor de terror del que el mismísimo gurú del género -Stephen King, claro- dijo literalmente he visto el futuro del horror y su nombre es Clive Barker, decide dar el salto a la gran pantalla, después de dos entrenamientos en forma de corto experimental -Salome y The forbidden-, al tiempo que se marca uno de los referentes fundamentales del cine terrorífico contemporáneo, Hellraiser.

El argumento se basa de manera casi mimética en el relato corto del propio Barker que lleva como título The Hellbound Heart. La fábula sadomasoquista, tanto en papel como en celuloide, nos relata las andanzas de Frank, joven díscolo y algo guarrete que en su búsqueda de nuevas sensaciones adquiere una extraña caja con la que supuestamente alcanzará placeres sexuales más allá de lo conocido, aunque, como suele suceder en estos casos, el asunto no le sale precisamente bien. Al enredar con su nuevo juguete en el ático del caserón familiar abre un portal hacia un infierno de dolor en el que se queda atrapado con sus nuevos amigos, los encuerados y sádicos cenobitas. Tiempo más tarde, su hermano Larry se muda a la casa con su esposa Julia, que mantuvo en el pasado una relación adúltera con Frank y que intuye su presencia hasta que lo descubre. Julia, que sigue subyugada a su primario encanto, lo ayudará a reconstruir su maltrecho cuerpo a espaldas de su marido y los cenobitas, sin importarle matar para conseguirlo. Por suerte, Kirsty, la hija del anterior matrimonio de Frank, se opondrá a sus planes.

Su status de clásico se sustenta, en primer lugar, por un desarrollo dramático urdido a través de unos protagonistas con bastante chicha psicológica, muy al contrario de lo que suele suceder en un género en el que lo más habitual es que los personajes no sean más que un estereotipado y vacío pretexto para los espectáculos sangrientos más diversos -espectáculos muy de agradecer, que no se me malinterprete-.
La historia configura cuatro vértices de tensiones y contrapuntos. Por el lado de los muchachos se hallan los hermanos Cotton, enfrentados por un antagonismo fraternal recurrente desde el principio de los tiempos: Frank es el hedonista sin escrúpulos que se pasea por el filo de la navaja como Pedro por su casa y Larry el hermano responsable tan bueno como aburrido. Y por el lado de las muchachas, tenemos a Julia, la madrastra fría y malévola, y a su antagonista, la angelical Kirsty.
La primera mitad de la película, sobre la que recae, en mi humilde opinión, la mayor parte de sus méritos cinematográficos, está protagonizada por Julia y su conflicto personal, por el que oscila desde la subordinación absoluta a Frank -llámese amor, llámese masoquismo- hacia la repugnancia que le provoca su aspecto y los asesinatos que se ve obligada a cometer. Los dos polos de la encrucijada emocional se disponen de manera magistral mediante una inteligente puesta en escena que se rige por los flashbacks de la relación adúltera de los cuñaditos y por la perturbadora presencia de Frank en el ático. Presencia que, gracias al juego de sospechas y a las miradas de la cámara que lo descubren mientras espía desde arriba, conjura una desasosegante atmósfera. Concluye con el descubrimiento por parte de Kirsty de su tío, que acaba por asesinar a Larry y Julia, que es quitada de en medio con un lacónico no es nada personal. A partir de aquí la perspicaz joven toma las riendas de la narración, viéndoselas a solas con Frank y los cenobitas, en un final creciente en ritmo que cuenta con el solazamiento de volver a ver a Pinhead y colegas -a los que teníamos olvidados desde el prólogo- plenos de detalles y protagonismo, pero que no está a la altura del conjunto final debido a un convencional desenlace violento.

Pero si Hellraiser ocupa un merecidísimo puesto de honor en los altares de este blog, se debe principalmente a la perversa iconografía del escritor de Liverpool. Si bien es cierto que la unión del mal y el folleteo es tan antigua como la propia literatura y que es una constante en el cine de horror desde sus principios, también lo es la originalidad de una estética que mezcla con maestría la deformidad de la carne, la parafernalia medieval de tortura y el cuero sadomasoquista. Excesivo y magnífico símbolo del lado más oscuro de las pulsiones humanas.
Además, las retorcidas ideas de Barker son realizadas mediante unos sorprendentes y explícitos efectos especiales y de maquillaje, de los que me gustaría destacar la soberbia resurrección de Frank -ay, aquellosos maravillosos años de artesanía y talento-. Aunque haya que reconocer que decaen de manera estrepitosa en el final, y es que dice la leyenda que se les acabó el dinero antes de poder acabar con solvencia.

Como suele ser norma dentro del género, Hellraiser fue el comienzo de una interminable saga cinematográfica, cuya dignidad -por no hablar de su calidad- fue mermando a medida que se le añadieron títulos, hasta llegar a los insultantes dos últimos subproductos: Hellraiser: Hellworld y Hellraiser: Deader, la decadencia absoluta que mezcla el universo cenobita con Scream y con Buffy cazavampiros, respectivamente.
Últimamente, se comenta en los mentideros del mundillo que se está preparando un remake de la original -hecho bastante habitual en esta fecunda época en producciones pero no en ideas-, que además contará con Barker como guionista y con Ashley Laurence (Kirsty) como protagonista. Noticia que, teniendo en cuenta el maltrato habitual al que somos sometidos los fans del horror, habrá que tomarse sin demasiadas esperanzas, por el momento.

Hellraiser está vinculada a aquella maravillosa ralea de películas, tan habituales en los ochenta, que llaman la atención, en principio, por la explicitud con la que mostraban higadillos y sangre en pantalla, pero cuyos objetivos y méritos estaban mucho más allá. A esta clase también pertenecen La cosa y La mosca, por ejemplo, títulos que, dejando a un lado cierta crítica miope y mojigata, deberían ser consideradas como grandes obras dentro de la historia del cine.

Dictamen: V