RELATO CORTO - El simio parlanchín y la naturaleza de la existencia

El gorila de lomo plateado aguardaba sentado en su mesa favorita del Café Corral. Desde allí visualizaba la mayor parte del parque municipal La Isla, iluminado ahora por los primeros rayos de sol y salpicado de individuos mañaneros que dedicaban su tiempo a tareas tan loables como hacer footing o pasear al perro. La zona de mayor interés, la de las mesas de juegos, quedaba a tan solo unos metros de la ventana en la que se situaba. Prácticamente nadie tenía tiempo ya para sentarse al fresco a perder unos minutos jugando al backgammon, a las damas o al ajedrez, y sin embargo los lectores del gorila parlanchín no podían esperar al desenlace de la próxima partida.

Sobre la mesa, un sándwich vegetal a medio devorar señalaba la dieta vegetariana a la que se había acostumbrado un par de años antes cuando, más bien obligado, tuvo que empezar a asumir que tan solo era un primate herbívoro. Junto al bocadillo de pan Bimbo reposaban un par de vasos de tubo, vacíos de contenido y con las piedras de hielo aún intactas. El magnífico ejemplar siempre había realizado verdaderos esfuerzos por no desagradar a los miembros de su especie, no obstante un buen vaso de whisky, o dos, sobre todo a primera hora de la mañana, era algo a lo que alguien como él no podía renunciar, a pesar de lo que dijeran el resto de los gorilas del planeta, parlantes o no.

Mientras miraba por encima de las gafas de cristales redondos a través de la ventana, el macho sacó un paquete de Lucky Strike y un Zippo del bolsillo de su chaleco. “Este tipo de cosas son las que me han labrado una mala reputación entre mi gente”, pensó mientras se prendía un cigarrillo de tabaco americano. La vestimenta, camisa blanca y corbata más chaleco gris oscuro con finas rayas verticales, a juego con el pantalón (sin olvidar el indispensable reloj de bolsillo) tampoco era la moda entre la comunidad simiesca. En cualquier caso parecía poco probable que alguien pudiera enojarse por aquellas pequeñas excentricidades, al fin y al cabo no era más que un mono con una máquina de escribir.

El artilugio, la susodicha máquina, descansaba sentado a su lado dentro de una bolsa de cuero. La antigualla, grande y pesada, parecía difícil de ocultar, sin embargo ninguno de los seres humanos que abarrotaba el bar consideraba siquiera reparar en ella. Aquellos hombres que destruían universos con cada latido, no podían ver más allá del bullicio de la hora del desayuno, aún cuando el gorila reconociera que aquellos huevos con bacon, prohibidos para él, eran motivo suficiente para olvidar cualquier cataclismo cósmico. Con la misma tranquilidad de cada jueves, el gorila de lomo plateado pidió otro whisky y extrajo la maquina de escribir de su envoltura. Colocó el primer folio y preparó el carrete para empezar a teclear en cuanto fuera necesario. Debía estar preparado, en breve llegarían los locos.



El autobús de dos pisos de color rojo, lleno de dementes hasta el último asiento, aparcó como cada semana en la entrada del parque. En uno de los costados del vehículo se podía leer Carnicero State Hospital for the Criminally Insane, en un idioma que desde luego no era el cristiano.

Criminales o no, lo cierto es que aquellos personajes que bajaban del autobús dispuestos a disfrutar de su día al aire libre y en semilibertad, demostraban estar bastante mal de la cabeza. Como siempre, los gemelos siameses, hijos de mellizos que a su vez eran hijos de hermanos y así sucesivamente (en consecuencia totalmente subnormales) se liaron a mamporros una vez hubieron puesto un pie a tierra. Las enésimas hostilidades dentro del núcleo familiar crisparon nuevamente al conductor del autobús, incapaz de separarles. Así, mientras los lunáticos iban desfilando, las enfermeras del sanatorio se ocupaban, a voz en grito, de que aquello fuera lo menos traumático posible para la gente corriente que utilizaba el parque en aquella mañana soleada. Sin embargo la situación no era fácil de controlar, como cada semana.

En medio de todo aquel barullo de perturbados, un tipo de unos cuarenta años y una mujer algo más joven, ambos de apariencia genuinamente anormal, intentaban alcanzar la zona de juegos de mesa. La empresa no era tan fácil como pudiera parecer ya que los dos eran ciegos y, probablemente, también sordomudos. La muchacha, desgreñada y de aspecto desaliñado, vestía una chaqueta de lana sobre el pijama del hospital y el hombre, apuesto pero echado a perder igualmente, llevaba una chupa de cuero desgastada, seguramente deudora de tiempos más felices. Él, bajo el brazo, acarreaba una caja con las piezas necesarias para jugar al ajedrez y con la otra mano sujetaba la de su compañera. Uno y otro eran los protagonistas de los relatos del mono escritor.

Al gorila de lomo plateado le gustaba pensar que sus Adán y Eva particulares habían tenido, en algún momento antes de empezar la partida, una vida digna de ser vivida, al margen de las historias alternativas que se generaban con cada movimiento sobre el tablero de ajedrez. Adán y Eva jugaban en La Isla cada jueves y desde el principio el gorila estuvo presente, encargado de narrar lo acontecido, o no exactamente. Como cronista de aquella partida eterna había sido testigo de apenas unos pocos movimientos, con cada uno de los cuales los jugadores eliminaban las posibles versiones de si mismos que habrían elegido otra opción. El alfil derriba un peón y en consecuencia se colapsan universos enteros, aquellos en los que la jugada fue otra: el alfil se quedaba en su sitio y el caballo amenaza a la reina, o cientos de posibilidades más. Cada jugada un asesinato de masas, de si mismos y de la gente que habitaba en cada universo posible.



La labor del narrador simiesco no era otra que la de relatar los hechos acontecidos en cada una de esas realidades que nunca existieron. En ellas Adán y Eva recuperaban su vitalidad, ya no eran ciegos, ni sordos, ni mudos. Ahora tenían nombres y vivían aventuras. Surcaban el espacio sideral a lomos de monturas galácticas. Viajaban más allá de los límites de lo real a través del territorio de la ficción. Saltaban entre dimensiones paralelas, conociendo en el camino a otras versiones de si mismos. Visitaban el pasado y caminaban entre bestias primigenias. Se peleaban y rompían, se querían y follaban. Vivían, morían, mataban…

Desviando la vista hacia los gemelos por encima de las gafas, mientras éstos se partían la cara mutuamente, el gorila intuyó una vez más la ironía de la existencia. La partida es el origen, Adán y Eva son los primeros, los padres de la realidad. Lo real es una partida de ajedrez jugada a ciegas y rodeado de chiflados, pero la verdadera vida, la historia de lo que realmente somos y que trasciende las barreras del espacio y del tiempo, de esa se encarga un mono incomprendido con una máquina de escribir.

1 comentario:

Anónimo dijo...

No entendi nada, pero me mola.