RELATO CORTO - Matadero

Matadero nunca duerme, eso lo sabe todo el mundo. El distrito más espeluznante de Sun City fue al mismo tiempo el germen a partir del cual se desarrolló la ciudad. Matadero no detiene su oscura actividad en ningún caso, ni siquiera cuando el frío arrecia y la nieve no ha dejado de caer durante semanas. Allí la infamia no conoce límites; gente de la peor calaña encuentra resguardo en sombríos callejones, famosos por su inmoral ajetreo, como estrechas venas que bombean sangre sucia de vuelta al corazón de la urbe. Los delitos convencionales son muy habituales en el distrito Matadero; la ausencia de autoridades patrullando las calles propicia infracciones comunes de prostitución, asesinato o tráfico de drogas. Sin embargo la verdadera negrura de su naturaleza no tiene nada que ver con los asuntos de los hombres.



Sun City es aparentemente moderna y floreciente, con sus imposibles rascacielos y su innecesario tren bala. La ciudad se extiende desafiando al desierto y se alza como prueba de lo que es capaz el hombre del siglo XXI. No obstante la podredumbre del distrito Matadero, que actúa como un sórdido corazón primigenio, proyecta una sombra retorcida en los espíritus de sus asustados habitantes.

 En Matadero sólo sobrevive la escoria y su malignidad ha sido contagiosa desde su macabro y ancestral origen, allá por la segunda mitad del siglo XIX. Por aquel entonces una caravana de colonos avanzaba bordeando la frontera, como tantas otras. La columna de carrozas estaba comprendida por peligrosos fugitivos europeos que habían empezado desde cero en el nuevo mundo y se aventuraban ahora con sus familias hacia el inexplorado Oeste. Durante días de interminable marcha, los rudos viajeros conocerían la crueldad del camino. La desgracia iría abriéndose paso a través de aquellas tierras baldías, revelándose progresivamente en tímidas pero mortales acometidas, cual carroñero sobre un animal agonizante al que quedara poco tiempo de vida y las fuerzas le hubiesen abandonado.


 Desde el primer momento los colonos hubieron de hacer frente a la adversidad, ya procediera de las condiciones propias de lo más profundo del desierto o tomara la forma de otros seres inhumanos y hostiles. Innumerables ataques de indígenas fueron repelidos uno tras otro con gallardía a cambio de la sangre de muchos hombres y mujeres. Cada pequeña victoria debilitaba aún más a la compañía mientras que, diariamente, aquel brillante Sol abrasaba los corazones de los hombres, carbonizando voluntades con su eterno resplandor. Las provisiones se mostraron insuficientes para completar la marcha por lo que los niños, hambrientos, enfermaban de gravedad y los caballos se iban acercando al borde de la extenuación. Así, poco a poco, el grupo fue disminuyendo en número. Tras soportar mil calamidades, faltos de agua y comida y a temperaturas más propias del infierno, los agotados exploradores se rindieron.

Detenidos y situadas las carrozas en semicírculo, el líder de la improvisada comunidad comunicó su decisión de disolver la expedición. "Llegados a este punto que cada uno sea libre de decidir su destino...". Pero no había destino posible. Abandonados por Dios nuestro Señor, en medio de la nada, rodeados de aborígenes hostiles y sin comida ni bebida, las gentes decidieron suicidarse.


Espontáneamente, cada hombre agarró una pala y un pico y se dispuso a excavar su propia tumba y la de su familia, inconscientes de que aquella inusual labor como sepultureros tendría eco en lo venidero. Aprovecharon también la madera de los carros (ya inútiles) para construir cruces que se alzaran custodiando su descanso eterno. Tras varios días de trabajo en aquel yermo pedregoso, sin probar el agua y subsistiendo a base de carne de caballo famélico y jugo de cardo del desierto, los hombres terminaron las fosas.

Después se iniciaron los disparos.

Los Weinstein murieron sin gritar. Tan solo Tom, después de haber asfixiado a su bebé, tuvo que pedir auxilio al pegarse un tiro en la boca y no acertar a la primera (Con el paladar destrozado aquel tosco leñador emitía un sonido inidentificable, más parecido al chillido de las ratas que a voz de socorro alguna). John Smith tuvo que pedirle a su mujer que asesinara a los niños, incapaz de cometer él mismo tal tropelía; la pundonorosa señora exterminó a su progenie, a su marido y por último se levantó la tapa de los sesos. Perry Perico se había prometido a si mismo no volver a apuntar su arma contra ningún ser vivo, por lo que se abandonó en el desierto infinito con la esperanza de que la muerte, vestida de alimaña, no tardara en acudir a su encuentro. Los Cruise y los Ramírez se suicidaron juntos al amanecer, tras una noche de rezos y oraciones en las que renunciaban a Dios y se encomendaban al Diablo... Y así, una detrás de otra, iban desapareciendo aquellas familias que alguna vez tuvieron la esperanza de una vida mejor.

Los revolver Colt retumbaron a gran distancia mientras los hombres descargaban plomo contra su propia gente. Nadie lo escuchó, no había nadie para atender el lamento de las madres ni el horror de los niños. El desierto de la frontera era implacable y la muerte podía ser dulce en aquel terrible lugar.

La familia del líder se encontraba ya muy mermada cuando llegó el día de la vergüenza. Su hijo pequeño estaba medio muerto y su mujer herida y muy enferma a causa de una flecha Sioux. Él mismo había sido el primero en disparar sobre sus seres queridos. Su señora parecía satisfecha después de recibir el tiro (siempre y cuando se ignorara el boquete de la frente) La expresión de paz y descanso en el semblante del cadáver de aquella moza que le diera dos hijos, a la que había conocido en una ciudad portuaria del Este, le insufló cierto tipo de alivio. Al parecer el niño pequeño ni siquiera se enteró de lo que estaba ocurriendo, más allí que aquí, y el líder sólo tuvo que seccionarle una arteria principal y esperar a que se desangrara mansa y plácidamente. Quedaba su hijo retrasado, de treinta años reales y unos cinco años mentales. No obstante se sintió incapaz de matarle, al menos en primera instancia.


El líder se había comprometido a enterrar al resto de cabezas de familia antes de pegarse un tiro y acabar sus días siendo carroña para buitres. Contempló el triste espectáculo del suicidio colectivo auspiciando a cuantos se lo solicitaban y haciendo todo lo posible por facilitar el mal trago a sus camaradas, pero siempre maldiciendo por lo bajo. Cada hombre había enterrado a los suyos y después se había suicidado dentro de su propia tumba, con la esperanza de que el líder cumpliera su promesa. Una vez concluida la matanza, desbordado por decenas de visiones espantosas, el líder sepultó a los últimos compañeros que le quedaban y acompañó a su esmirriado hijo subnormal, adormilado por la desnutrición, a la pequeña tumba que había preparado especialmente para él.

Algunos dicen que fue debido a los cardos alucinógenos que abundaban en el lugar y que habían masticado mientras trabajaban. Otros que la maldad brotó espontáneamente de su corazón, ya que ésta siempre había estado allí. Son más los que opinan que el líder hizo un pacto con el Diablo en el que prometió algo más que su alma.

El caso es que al desafortunado explorador sólo le quedaba una bala en la ruleta del revolver. Allí olvidado y rodeado de muerte, cara a cara con su hijo retrasado y con el juicio destruido por las circunstancias, el líder sintió la tentación de razonar en términos no piadosos. Temeroso de no poder afrontar la lenta muerte en el desierto si empleaba la última bala y, por otro lado, incapaz de disparar contra su inconsciente e indefenso hijo, comenzó a valorar una nueva posibilidad. De esta forma, prisionero del horror, llegó a la única conclusión que podía permitirse a si mismo: Un plan de acción misericordioso desde su deformado punto de vista, uno del que muy pocos quieren hablar y que nadie ansía recordar... tendría que enterrarle vivo.

El niño-hombre, sentado en el fondo de la fosa, confundido e indolente, ni siquiera hizo el amago de escapar. El comportamiento de su padre le resultaba particularmente extraño y no entendía nada, pero la infeliz criatura se mantuvo inmóvil. Al mismo tiempo que su progenitor le cubría de tierra y evitaba mirarle directamente a los ojos, el retrasado mental recitó el salmo 23, aquel que le había enseñado su madre con mucho esfuerzo, cuando era pequeño y aún se resistían a creer que nunca sería un niño normal. Recitó y recitó, hasta que la tierra le tapó la boca y cubrió sus esperanzas para siempre.


Tras el ignominioso acto, nervioso y asustado como una gallina, el líder se colocó el cañón del revolver contra la sien, preparado para volarse la cabeza. Dicen que ese fue el momento en el que se colmó la paciencia de Dios; también hay quien piensa que fue arte de Lucifer, quien escogió ese instante para pagar su parte del trato. El hombre apretó el gatillo y el Colt estalló en pedazos reventándole la mano y terminando de trastornarle por completo. Perturbado para siempre. Perturbado, pero vivo.

Se dice que en los días siguientes el líder sobrevivió comiendo la carne de los muertos desenterrados y bebiendo su sangre, rodeado de grotescas cruces caídas. Arrepentido, cavó día y noche, valiéndose de la mano útil pero también del muñón sanguinolento. Cavó profundo y sin descanso, hacia abajo, siempre hacia abajo, en busca del Infierno que le había rechazado. Pero la ironía del destino quiso que encontrara agua antes que las puertas del Averno, y más tarde oro. Mucho oro.

Así, a partir del semicírculo de carrozas y promovida por un millonario trastornado, comenzó a desarrollarse una gran ciudad, la ciudad del líder, Matadero. Rica y próspera, pero maldita en su origen. Años más tarde, cuando el último heredero del líder había fallecido y la ciudad se hubo convertido en una moderna mole de acero y hormigón, los ciudadanos empezaron a utilizar un nombre mucho más animado y optimista: Sun City. No obstante, el distrito central originario, que surgió a partir de un semicírculo de carrozas, conserva aquel nombre primitivo aún en nuestros días.

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