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martes, abril 15, 2008

Rocketeer (1991)


Dave Stevens, creador de Rocketeer, falleció el pasado día diez de marzo a la demasiado prematura edad de 52 años. Las aventuras del Hombre-cohete, seguramente su creación más popular, conocieron una adaptación al cine en al año 1991, proyecto en el que el propio Stevens participó en labores de producción. Desde aquí queremos rendir un particular y humilde homenaje a su figura revisando una cinta que pasó bastante inadvertida en su momento y que es necesario rescatar.

Joe Johnston, director definitivo de la película, siempre se declaró fan de los tebeos de Dave Stevens. El estilo retrofuturista (un término del que hablaremos más adelante) ambientado en los años treinta y muy relacionado con el ámbito de la aeronáutica encajaba a la perfección con su conocida filia por el mundo de los trastos voladores (en especial los de esa época) justo antes de que los aviones a reacción restaran un importante halo de romanticismo al mundillo.

Tras un periodo de pleitos y problemas durante los que el proyecto iba y venía con cambios en la dirección y sufridas vueltas y revueltas al libreto, finalmente la Disney otorgó el proyecto a Johnston. Fiel al espíritu del cómic que Stevens había creado allá por el año 1982, Johnston intentaría recrear ese ambiente de hangar y aviones a hélice tipo años 30 con todas sus fuerzas. La sencillez e ingenuidad connatural el cine de aquellos tiempos está intacta en Rocketeer, tanto como lo estaba en los tebeos, y la pretensión de ampliar el espectro de la época más allá de garajes y gángsteres también existe en la cinta. Todo el metraje está plagado de referencias iconográficas de aquella época, como el aspecto de Betty Page que luce una jovencita Jennifer Connelly (con un estilo pin-up que también haría famoso a Dave Stevens) el descarado parecido que Timothy Dalton presenta con Errol Flyn o la inclusión de Howard Hughes en la trama como creador de la mochila cohete que los nazis pretendían robar (y no fabricada directamente por ellos como en los cómics)

Los 35 millones de dólares que la compañía del ratón Mickey malgastó en esta peli se hacen notar en cada segundo del metraje. La ambientación, el atrezzo y los vestuarios hacen justicia a la categoría de superproducción que alcanzaría el presupuesto de la película. Los efectos especiales del vuelo con motor (a la espalda) serían lo más revolucionario de la cinta, muy comentados en aquellos tiempos y salidos directamente de las oficinas de Light & Magic, empresa de FX propiedad de George Lucas.

A pesar de la corrección formal y de la muy de agradecer elección clásica a la hora de rodar, Rocketeer se queda a las puertas de ser una gran película. Lo cierto es que la cinta inspira ciertas dosis de frialdad a pesar del cariño invertido por sus creadores. Se puede decir que todo es demasiado correcto en ella, sin sobresaltos, sin nada que reprochar pero tampoco nada que haga que se nos ponga la piel de gallina. Todo está en su sitio en Rocketeer y sin embargo le falta algo, una chispa que no sabría explicar.
Quizá uno de los defectos que se le podrían achacar es no haber explotado con más fuerza el potencial de la estética retrofuturista comentada más arriba, aquella que propugna escenas del futuro imaginadas en el pasado. Género moderno que hasta ahora sólo ha logrado cotas altas de calidad en la versión en cómic de La liga de los caballeros extraordinarios.

En definitiva, Rocketeer es una buena peli a la que le falta un poco de sal y pimienta para ser grandísima. Aún así el resultado final fue muy del gusto de Dave Stevens, al que desde aquí abajo mandamos un saludo.

Dictmanen: II


(*) Artículo publicado inicialmente en el magnífico weblog de cómics Es la hora de las tortas!!!

martes, febrero 19, 2008

Las Mujeres Gato de la Luna (Cat-Women of the Moon, 1953)



Cuando faltaban aún la friolera de dieciséis años para que el hombre, téoricamente, pisara la luna, Las Mujeres Gato de la Luna (1953) se adelantó a todo pronóstico y envió a un grupo de astronautas a investigar nuestro querido satélite natural. Lo que no sabían, es lo que iban a encontrarse allí arriba...

Oh capital, mon capital

Cat-Women of the Moon cuenta con un presupuesto harto escaso. Su decorados se tornan tan descontextualizados, que uno no deja de sorprenderse, plano tras plano. Y es que podemos contemplar taquillas metálicas en un cohete espacial, decorados romanos haciendo las veces de ciudades selenitas (de buen seguro reciclados de alguna que otra producción del estudio de marras), o efectos especiales ora reiterados hasta la saciedad, ora ocurridos fuera de plano para ahorrar costes (como pasa en la última escena, que no deja de ser un jarro de agua fría para el espectador, a qué negarlo).

Fronteras de la ciencia

Dejémoslo claro. El rigor científico de las Mujeres gato en la luna es igual o inferior a cero. Dejando de lado las condiciones del cohete lunar (donde, a parte de las taquillas, podemos contemplar como los astronautas dormitan en simples tumbonas cuasi playeras), la serie de inexactitudes para con los parámetros de la ciencia es harto extensa, y van desde el aterrizaje en la zona oscura de la luna, hasta la gravedad lunar (que, aquí, es igual que la terrestre), pasando por la posibilidad de respirar sin escafandra dentro de una cueva selenita, la facilidad para encender fuego en el satélite, o el uso de armas de fuego en plena civilización gatuna. Todo está permitido y el único límite lo marca la imaginación del guionista y, obvio, el capital disponible.

Tópicos

Todos y cada uno de los tópicos de las cintas de sci-fi de la época aparecen durante los 64 minutos de metraje. Los personajes son planos y con unas características harto marcadas (el científico jefe, el exmilitar, la femme, y los dos acompañantes de marras), y nos llevan a intuir, en mayor o menor medida, por donde apuntaran los siguientes minutos de metraje. Y es que desde el momento que la protagonista femenina (Marie Windsor) despierta del estado de ¿criogenización? y lo primero que realiza es coger su espejo y su peine y atusarse su morena cabellera, ya pintan bastos del concepto de la reiteración de tópicos. Y nada más lejos de la realidad, sobra decir.

Una nueva dimensión

Tan de moda en aquellos tiempos Cat-Women of the Moon fue, en sus inicios una cinta rodada en 3D, factor que no deja de sorprender, primero por la aparente contradicción que esto supone para con el bajo presupuesto de rodaje, y segundo, por el hecho de resultar una deliciosa contradicción al conseguir tener imágenes tridimensionales y unos personajes totalmente planos, bidimensionales. De todas formas, y mal que nos pese, por el momento, no hay posibilidad alguna de visionar la cinta en su formato original, ya les informo.

Todos los hombres sois iguales

Quizás, el apunte más a destacar de la película que aquí nos trae sea esa manida frase que encabeza este apartado. Y es que, las curvilíneas mujeres gato, que no cuentan con hombre alguno en su civilización, al necesitar el cohete de nuestros protagonistas, primero atraerán hacia ellas a la chica de marras, en una especie de confabulación misógina con tintes telepáticos, para, posteriomente, intentar controlar y asesinar a todos los machos utilizando sus "armas de mujer", esto es, seducción en estado puro. Y, como hombres que son, fieles a sus principios primarios, caerán de cuatro patas en la gatuna trampa tramada.

Conclusión

Nos hallamos ante una producción, que, por méritos propios, y teniendo en cuenta el criterio tenido para encumbrar a Ed Wood Jr. a la categorización de "peor director de la historia", bien podría encabezar una lista de cintas malas realizadas ayer y hoy. Lo enarrado anteriormente así lo confirmaría. Más aún así, no se puede dejar de sentir cierta empatía para con ella, pues, su cantidad ingente de imperfecciones consiguen que se torne un paseo por una atracción de feria cualquiera, donde, en cada rincón, puede uno toparse con un detalle harto insólito (como la escena de las arañas gigantes en la cueva selenita, por citar alguna), conformando un prisma con diferentes niveles de visionado (tampoco muchos, no vayan a pensar). La acumulación de tópicos frente al factor sopresa, vistos desde la distancia espacio-temporal, no nos lleva más que a parajes que, aunque resulte increíble a estas alturas de la cinematografía mundial, quizás antes no habíamos contemplado antes. Y eso, para una película firmada hace 55 años, es todo un mérito, sí o sí.

Dictamen: III


lunes, febrero 11, 2008

Terminator 2: El juicio final (Terminator 2: Judgment Day, 1991 )


Pocas veces me he sentido tan fascinado viendo una película como ocurrió con Terminator 2. A mis once añitos esquivé el estreno en cines (pobre de mí) y tuve que disfrutar, como casi siempre, del legendario VHS que aparecería meses más tarde en el videoclub. Recuerdo perfectamente las dos unidades disponibles que siempre estaban alquiladas, antes incluso de que se popularizara la costumbre de disponer en cada establecimiento de una buena ristra de cintas por cada blockbuster. En aquel entonces las cosas eran ciertamente más pajeras, y aprovecho ahora para recordar esos tiempos de videoclub cutre, de horas y horas rebuscando entre pelis de kung-fu, cine de explotación y bizarradas japonesas del tipo Ultraman. Tiempos en los que el espacio entre el estreno en cines y la posibilidad de disfrutar cómodamente de la peli en tu sofá, en ciertas ocasiones, se hacía como poco insufrible.

Terminator 2 es la obra cumbre del cine de acción. El padrino del cine de ciencia-ficción beligerante. James Cameron dirige con una maestría absolutamente formidable un largometraje que presume de algunas de las secuencias de acción con armas de fuego más asombrosas jamás vistas en una sala de cine (para los que la vieron en una)
Si en su día fueron los efectos digitales lo que más llamó la atención de los medios y del gran público (el T-1000 de metal líquido, interpretado a la perfección por Jason Patrick) visto con perspectiva, parecen mucho más interesantes e inmortales otro tipo de secuencias en las que los medios, el presupuesto, la calidad artística y el gusto por el cine de género se desbordan por todas partes.

El impacto que produjeron aquellos efectos especiales en el espectador medio del momento fue totalmente abrumador. Algo que ahora se ha perdido por completo, cuando ninguna peli de hoy día destaca por sus FX, a no ser que llamen la atención por lo malos. El omnipresente ordenador ha borrado del mapa cualquier resto de componente artesanal y la imaginación ya casi no tiene sentido en la producción de una película. Incluso los presupuestos descomunales, como el de la cinta que nos ocupa, basados en volar edificios reales por los aires, carecen de significado para la industria del presente.

Una vez sentadas las bases de la trama y situados en el contexto gracias a Terminator, el propio Cameron, junto a William Wisher Jr., escribe un guión sencillo que prácticamente no aporta nada en lo concerniente a los hechos, pero que profundiza en la psique de los personajes a la vez que da pie a numerosas secuencias de muerte y destrucción perfectamente hilvanadas.
El libreto ahonda en el juego de paradojas temporales que comenzó en su predecesora, con más leña al fuego en lo que se refiere a la posibilidad (o no) de cambiar el futuro. Sin embargo, en esta ocasión, las frases recitadas por una cuasidemente Sarah Connor no inciden tanto en detallar el futuro que vendrá o en plantearse como se sucederán los acontecimientos, sino que se escurren por derroteros puramente emocionales, situándonos incluso, in situ, en medio de una catástrofe como sería ese Día del juicio final, en una secuencia absolutamente memorable.
Conocidos los peligros y las motivaciones que dan lugar a la violencia, Cameron se siente con fuerzas para malgastar tiempo de metraje en una progresiva humanización del cyborg reprogramado, venido del futuro para proteger a un joven John Connor. Detalle criticado en algunos foros pero defendido aquí, por supuesto; fantástica evolución jalonada por algunos ridículos chascarrillos para la historia (¡confi, tío! o ¡Jódete, enano coñón!) y culminada por la insustituible secuencia de autoterminación con pulgar en alto ¡Impagable!

El reparto de Terminator 2 es perfecto. Perfecto en cuanto a su elección, porque ninguno de los personajes podrían ya tener otro rostro, y perfecto en cuanto a su ejecución, con Linda Hamilton en plena revolución hormonal para la ocasión, Edward Furlong en el que fue, desgraciadamente para todos, el papel más importante de su carrera, y con el mítico y siempre defendido por aquí Arnold Schwarzenegger, muy en su sitio, como es debido:
-Quiero tu chupa, tus gafas y tu moto…

En definitiva, el filme que tenemos entre manos no es sino otra obra maestra del cine de género. Los interesantes elementos de ciencia-ficción, unidos a unas secuencias de trepidación violenta insuperadas (y probablemente insuperables) hacen de Terminator 2 la película de acción definitiva.
Desde aquí sólo queda quitarnos el sombrero ante James Cameron. Un genio injustamente denostado por engendrar Titanic y al que aún le queda mucha guerra por dar... ¡Sayonara baby!

Dictamen: V

miércoles, enero 30, 2008

Permanezca en sintonía (Stay tuned, 1992)


Quizás la última buena cinta de Peter Hyams y probablemente la más divertida del tristemente fallecido John Ritter. Permanezca en Sintonía es una película muchas veces olvidada y denostada, pero que debería estar por méritos propios en el salón de la fama de las comedias cinematográficas (familiares o no).

Y es que, a través de una crítica sutil pero mordaz al ciudadano catódico, Hyams consigue conformar una mezcolanza de géneros (comedia, acción, terror, sci-fi, dibujos animados, aventuras...) de una manera tan natural y continua, que el espectador no tiene otra cosa que hacer que dejarse llevar y disfrutar con cada minuto del metraje; Tarea ésta nada ardua, teniendo de maestros de ceremonias a un John Ritter soberbio, capaz incluso hasta de autoparodiarse en una escena de Apartamento para Tres (la sitcom que le lanzó a la fama en los setenta) y a un Jeffrey Jones en un papel mefistotélico que le viene como anillo al dedo.

La cantidad de referentes televisivos y culturales de los que Permanezca en sintonía bebe y/o homenajea es otro de los factores fundamentales para la conformación del todo final. Deliciosas perversiones del imaginario colectivo como Atropellando a Miss Daisy, Tres solteros y el bebé de Rosemary, El silenciador de los corderos o esa parodia de Doctor en Alaska donde «un tipo de Nueva York va a Alaska, pasa mucho frío y no para de quejarse», hacen que la cinta sea un contínuo de guiños culturales que, en lugar de hastiar, consiguen que el espectador ansíe más y más. Mención especial y a parte hay que hacer para la subtrama donde los dos personajes principales son convertidos en ratones de dibujos animados, por un claro motivo: la mano de Chuck Jones en la animación, amo y señor de este género, y que aquí se regala un autohomenaje, quizás el mejor que se haya realizado a su figura.

Tengamos en cuenta una cosa: esta cinta se rodó hace ya casi dieciséis años, y a parte de seguir conservando su frescura, se nos asemeja harto preocupante que la crítica que realizaba por aquél entonces al norteamericano fagocitador de rayos catódicos no ya se haya extinguido, si no que, preocupantemente, se ha tornado mucho más mayoritaria y común en este neoglobalizado primer mundo que habitamos. ¿Aitsbo de futurabilidad? ¿Desespero pesimista? Qui lo sa.
Como toda comedia de estas características que se precie, acaba teniendo un final feliz, bajo una moraleja de un Roy desintoxicado de su televisor y volviendo a tomar las riendas de su vida. Una lección que todos deberíamos aprender. Y que, a fin de cuentas, es lo que nos pretende inculcar Permanezca en sintonía como objetivo ulterior, mientras nos entretiene y nos divierte durante sus deliciosos 88 minutos de metraje.

Dictamen: IV


sábado, enero 19, 2008

La bestia de la cueva maldita (Beast from haunted cave, 1959)



Si bien a primera vista pueda parecer una película harto mediocre dentro del subgénero de las monsters movies, tan en boga durante los años cincuenta, La bestia de la cueva maldita (aka Beast from haunted cave, 1959) resulta ser una entrega fresca que destaca por intentar romper una serie de conceptos preestablecidos, que, a esas alturas de década, no hacían más que fotoclonarse, perdiendo así toda su fuerza, entrega tras entrega.

Porque, para empezar, se desmarca del encasillamiento básico, al entremezclar pluscuamperfectamente el género policiaco, la aventura, la ciencia ficción y, por qué no, el romance. La reclusión en una cabaña perdida en medio de las nevadas montañas de una banda de de ladrones a la espera del transporte que les conduzca a Canadá conformará un tour de force de los personajes que, unido a la presencia del guía ajeno a todo ello, y a la obsesión de uno de los componentes por un monstruo con el cual ha tenido la desgracia de cruzarse, promoverá todo el entramado de la película en cuestión de una manera harto magistral.

Otro factor a destacar es el hecho que la bestia de la cueva maldita es un personaje secundario que, aunque irá cobrando protagonismo a medida que avance el metraje, para nada será el leiv motiv de todo el conjunto argumental. Es más, el director, Monte Hellman, conocedor de las limitaciones presupostarias y de la técnica narrativa, hace un uso justo y adecuado de la quimera, mostrándola única y exclusivamente cuando el guión así lo exige, subterfugio harto efectista, pues una vez vista, queda patente que un abuso hubiera convertido la película en una mera jocosidad irrisoria.

Hay que destacar también la facilidad que tiene Hellman tras la cámara: alejándose de tópicos manieristas, y aún tratándose de su primera película, jugando con los encuadres, los claroscuros y las ingentes extensiones de terrenos desolados y nevados, creando así un contrapunto antagónico con las escenas interiores, mucho más comedidas y claustrofóbicas.

El desenlace, quizás, sea una de las debilidades de esta cinta. Resulta algo confuso y apresurado, so pena de una sobreexposición del monstruo arácnido bajo el pretexto de conformar la traca final. Aún así, es una cinta a recuperar y reivindicar, pues, su condición de outsider dentro de un subgénero ya de por si harto denostado por el uso y abuso, la ha relegado a un rincón del olvido fílmico al que no le pertoca estar por méritos propios.

Dictamen: III




miércoles, enero 02, 2008

Especial año nuevo navideño

Cuento de Navidad (2005)


A caballo entre las aventuras de Parchís, Verano Azul y Buenas noches Señor Monstruo del Grupo Nins, Cuento de Navidad nos traslada a una añorálgica no tan remota, donde un grupo de infantes demostrará, una vez más, que los niños, pueden llegar a ser muy muy crueles, al retener durante días, en el fondo de un foso, a una fugitiva vestida de Santa Claus que puede llegar a proporcionarles un suculento botín.

En su tercer largometraje, Paco Plaza nos ofrece una mezcla de elementos que no acaba de compactar lo suficiente, y tiende a resquebrajarse a medida que transcurre el metraje. Los niños andan algo desorientados y muy sobreactuados, el título es simplemente conceptual aprovechando el periodo vacacional determinado y harto permutable, el ritmo es desacompasado y la trama peca de efectista. Si se hubiera (o hubiese) tratado de una cinta destinada a público infantil todavía puediera (o puediese) entenderse, pero estando preconcebida para formar parte de la colección de Películas para no dormir, se nos asemeja harto simplona y poco resultona. Una lástima, a qué negarlo.

Dictamen: I

No abrir hasta navidad (Don't open 'till Christmas, 1984)


La grandeza de No abrir hasta navidad (aka Don't open 'till Christmas) radica en su calidad de película mala. Mala no, malísima. Con un punto de partida tan apetitoso como la matanza en serie de todo elemento vivo disfrazado de Papa Noel, el argumento va perdiendo fuelle, debido, sobre todo a sus pésimas actuaciones y a su peor guión, inconexo, insulso y las más de las veces irrisorio.

Eso no significa en absoluto que sea una película a dejar pasar. Nada más lejos de la realidad. Su calidad de exploiting navideño, unido a un transpirable cariño por parte de su director e intérprete, Edmund Purdom, en horas más que bajas, conforma un todo enloquecido y enloquecedor, que hará las delicias de los amantes acérrimos del género. La colección de cadáveres que deja nuestro serial killer, así como sus divertidas y heterogéneas formas de asesinato, aunque cutresalchicheras, nos dejan entrever un quiero y no puedo que, el cinéfago de pro, no puede dejar pasar por alto.

Dictamen: III


Santa Claus conquista a los marcianos (Santa Claus conquers the martians,1964)


Por un lado los paupérrimos pero entrañables efectos especiales de la factoría de Ed Wood Jr. y por otra parte la mésmerica puesta en escena de los 5000 dedos del Dr. T del Dr. Seuss. Unan los dos conceptos y añádanle a la mezcla unas gotas de espíritu navideño y una pizca de comercialismo neoliberal. El resultado: Santa Claus conquers the martians.

Resulta harto complicado realizar una referencia sobre la cinta en cuestión, pues, está tan a años luz de lo que estamos acostumbrados en cuanto a películas navideñas se refiere, que uno no acaba de discernir el por qué de esa fascinación inquietante que le deja pegado a la pantalla del aparato catódico de principio a fin. Quizás sea la temática unida a la época del año que conforma un todo espiritual y benevolente. Quizás sea su surrealismo inocente. Quizás sean los deliciosos decorados de cartón piedra. O quizás, simplemente, se trate de sus diálogos recalcitatrantes y de su atrezzo anacrónico. Lo único que puedo decirles es que,desde el momento de su visionado, Santa Claus conquers the martians se ha convertido, para un servidor, en una pieza de culto para las fechas en que estamos. Y si dudan de mi palabra, esperen ver la gloriosa máquina de hacer juguetes marciana con la que el gordo navideño produce sus pedidos y ya contarán. O no.

Dictamen: V

jueves, diciembre 27, 2007

Godzilla contra King Ghidorah (Omori Kenjiro, 1991)


De las 28 películas que a día de hoy componen la prolífica saga del lagarto radioactivo, he de decir que servidor, a pesar de declararse fan absoluto del personaje, no habrá visto ni la mitad. De esa mutilada lista de visionados que dispongo, la mayor parte de las experiencias corresponden a la etapa clásica de la criatura, la cual nace en 1955 con Godzilla y muere en 1975 con Godzilla contra Mechagodzilla.
Si el gran Absence no me falla (que no lo hará) puede decirse que la trayectoria del saurio nuclear se divide en tres etapas. La primera, comentada más arriba, conocida como periodo Clásico o Showa. A continuación el periodo Hensei, que retoma las correrías del monstruo en 1984 hasta, llegado el momento, matarlo como preámbulo al remake yanqui del 98. Y finalmente la etapa Millenium que llega hasta el 2004, con la indescriptible Godzilla: Final Wars.
No obstante, la cinta que hoy nos ocupa data del año 1991 y pertenece, por derecho propio, al periodo Hensei. Lo cierto es que a pesar de haber devorado la mayoría de las historias producidas sobre Godzilla en el periodo clásico, ésta ha sido mi primera incursión en la segunda era del monstruoso ser, quizá la menos popular de las tres y, si me atengo a lo vivido, con todo merecimiento.

Probablemente uno de los puntos salvajemente delicados de Godzilla Vs. King Ghidorah sea su elenco interpretativo. Adaptado a los tiempos de la globalización, el reparto dispone de varios actores (por llamarlos de alguna forma) de aspecto occidental (también por decir algo, porque hay que ver la pinta que tienen, para mear y no mojar) Dichos actores no sólo no dan la talla sino que echan por tierra las tímidas intentonas de reacción de sus compañeros nipones.
Cierto es que las primeras creaciones godzillescas disponían de artistas y técnicos procedentes de las pelis de Kurosawa, pequeño gran detalle que confería a las tramas centradas en personajes humanos una naturalidad fuera de lugar (al menos fuera del lugar donde la saga se ha instalado después) Pero es que en este caso, aún no siendo tan exigente y presionando el modo de descacharre y bizarrismo cerebral, las interpretaciones son tan horribles que casi no producen ni simpatía (casi)

La trama nos habla de un grupo de humanos que viaja a nuestros tiempos (los de los años noventa) desde un futuro dominado por Japón, con la intención de modificar el pasado y destruir al país del sol naciente antes de su instauración como imperio. Estos viajeros en el tiempo son dignos de mención y de entre todos ellos destaca un androide con cara de Al Bundy que posee algunos poderes derivados de su género, como superfuerza y supervelocidad… y esto hay que verlo para creerlo porque si es más pajero se rompe.

A partir de aquí el guión se hace la picha un lío intentando casar, una tras otra, paradojas temporales mil en las que Godzilla aparece y desaparece inexplicablemente, mientras los protagonistas (los de nuestros tiempos) intentan impedir la destrucción de su país.
Antes de que perdamos el hilo definitivamente los crononautas viajan al pasado donde conocemos la versión jurásica de Godzilla cuando solo era un dinosaurio, antes de que los ensayos nucleares lo transformaran en radiación andante (y aplastante) Al parecer el objetivo era el de evitar que el reptil se convirtiera en monstruo trasladando su cuerpo a otra zona del planeta no expuesta a radiación. Esta pirueta del guión, que no casa muy bien con los planteamientos de la cinta original, supone la única y casi imperceptible doble lectura de la peli, ya que el monstruo nace igualmente, dando por hecho que el ser humano ha sido tan capullo de infectar hasta los rincones más inhóspitos de su propio planeta.

King Ghidorah es, en esta ocasión, utilizado por los conspiradores del futuro como arma de destrucción masiva que borraría Japón del mapa, cortesía de la máquina del tiempo. En esta versión se ignora completamente el apocalíptico origen marciano del monstruito de tres cabezas sustituyendo aquella genial idea por otro lio temporal mucho más estúpido, con tres mascotas de cartón-piedra depositadas en la isla de Godzilla, que acaban creciendo hasta alcanzar dimensiones titánicas (fundidas en un solo cuerpo) de nuevo a causa de la radiación. El gran Ghidorah sirve únicamente como sparring a efectos de la trama y quizá el momento cumbre de su aparición en el filme sea cuando regresa del futuro convertido en cyborg para enfrentarse a un Turbo-Godzilla jartísimo con sobredosis de radiación. ¡Tremendo!

Concluyendo, si ignoramos los duelos de monstruos, que transcurren en la línea habitual (y siempre gustan) Godzilla contra King Ghidorah fracasa en todos y cada uno de los demás aspectos de la producción. Si embargo, aunque algunos pasajes son demasiado insultantes incluso para mí, debo reconocerle el valor intrínseco propio de la mayoría de pelis de esta saga… Y es que cuando suena el tema principal de Godzilla a algunos se nos pone la piel de gallina.

Dictamen: II




lunes, diciembre 17, 2007

Timecop. Policía en el tiempo (Timecop, 1994 )


La película de Peter Hyams, Timecop, es, por méritos propios, mucho más famosa que el cómic de Mark Verheiden y Ron Randall; creación esta que en su día pasó harto inadvertida y de la que no se explica su adaptación al cine si no es comparándola con lo inexplicable de otras series que la editorial Dark Horse consiguió que fueran adaptadas también.
Si bien Dark Horse se apoyó en el mundo del cine cuando daba sus primeros pasos (aquellos míticos tebeos de Alien, Predator o Terminator) más tarde conseguiría que muchas de sus series fueran trasladadas al celuloide, alcanzando finalmente casi tantas adaptaciones en cartel como si de una de las majors se tratara. Maniobra sorprendente y difícil de creer que proporcionó algunos superéxitos comerciales como La máscara.

En este contexto surge Timecop. A partir de un libreto que adapta el cómic del mismo nombre (con los creadores de este a las riendas) se firma una apuesta de ciencia-ficción de bajo presupuesto y confusas pretensiones.
El intento por reanimar viejas glorias del cine de género es cómo mínimo conmovedor. Las por aquel entonces decadentes carreras del mítico Jean-Claude Van Damme y de Peter Hyams respirarían algo de aire fresco, prolongando un poquito más su estancia en la cima antes del salto al vacío. A pesar de lo mediático que podía resultar el belga allá por 1994 lo cierto es que, visto con perspectiva, Timecop entra ya en su decadencia, empobrecido para mí a partir de la extraordinaria Blanco humano. Por otro lado el director de la cinta, quien había firmado algunas piezas más que notables de la ciencia-ficción ochentera como 2010 o Atmósfera cero, daba sus últimos pasos en el (semi)mainstream para terminar, años más tarde, rodando subproductos del calibre de El sonido del trueno.

La trama de la peli, similar a la del tebeo, narra las aventuras de Max Walker, agente de la Comisión de Control del Tiempo con la misión principal de impedir a los malutos de turno que viajen a través de este e intenten modificar el pasado para su propio beneficio. De entre los escenarios que visita el agente temporal destaca la guerra civil estadounidense y la era del crack de la bolsa de Nueva York, situaciones en las que algún malhechor intenta lucrarse valiéndose de útiles conocimientos acarreados desde el futuro.

Es este el planteamiento más interesante y original de la peli, poco explotado también en el tebeo, que deriva rápidamente en una embarullada trama de paradojas temporales con políticos corruptos y novias asesinadas de lo más convencional. Si bien disfrutamos viendo a Van Damme repartir estopa en los años 20 (con su peculiar e inolvidable estilo bailarina) o siendo testigos de un robo con armas automáticas del oro sureño en la Guerra de secesión, rápidamente decae el interés, liándose el guión con un argumento de corrupción senatorial a través del tiempo lleno de agujeros, y fracasando el enfoque sensiblero y empalagoso que el director otorga a la poco creíble relación amorosa de la cinta –por no mencionar los batacazos que pega Frank Dux… digo, Van Damme cada vez que intenta expresar algún tipo de emoción romántica-

Los efectos especiales de Timecop son muy modestos y, al margen de las pompas digitales con que nos obsequian cada vez que hay un salto en el tiempo, hay que decir que existe la sensación de que no se han gastado un duro en diseño de producción. El hipotético futuro en el que se domina el viaje temporal es de cartón piedra, y eso siempre que se hayan molestado en disimular la fecha en la que supuestamente se sitúa la acción. Mención especial para el descacharrante vehículo de Walker… no hay palabras.

Para ir acabando resta decir que ya se está cociendo un remake de la peli, como se puede leer aquí.

Resumiendo, Timecop. Policía en el tiempo es una producción serie b que consigue entretener a pesar del tiempo excesivo empleado en unas vueltas de guión desastrosamente rematadas. El poco cariño que demuestran algunas facetas de la producción (las pintas de los matones son de órdago) no consigue fusilar la propuesta definitivamente, pero sí obliga a que nos acerquemos a ella con recelo. Por tanto, regulera.

Dictamen: II


(*) Artículo publicado inicialmente en el magnífico weblog de cómics Es la hora de las tortas!!!



jueves, diciembre 13, 2007

La Guía del Autoestopista Galáctico (The Hitchhiker's Guide to the Galaxy, 2005)


Hace unos días me ponía yo a ver tranquilamente La Guía del Autoestopista Galáctico, comedia espacial bastante interesante que cumplía perfectamente su cometido para un sábado rancio y casero como tantos otros. Las referencias de la peli en cuestión traian cola, ya que TheHitchhiker's Guide to the Galaxy fue en primer lugar un programa de radio, escrito por Douglas Adams allá por 1978, posteriormente convertido en una serie de libros de la mano del mismo hombre y transformado más tarde en serie de televisión. Finalmente llegaría la adaptación al cine del 2005, pieza que utilizaré aquí para examinar lo que el punto de partida de la saga, a mi entender, sugiere.

Y es que puede que ha algunos les sorprenda descubrir cierta reflexión filosófica escondida entre algunas líneas del guión. Nada más comenzar, la cinta da muestras de contener un mensaje más profundo de lo que el espectador circunstancial podría imaginar. Entre chascarrillos y bromas más o menos acertadas, el rollo esconde algunos interrogantes antropológicos bastante serios e inquietantes y en pocos minutos ya se dilucida más chicha que en muchas otras obras que nos cuelan como paradigmas de la intelectualidad.
La voz en off que abre la película da en el clavo en un alarde de positivismo metafísico. Varias son las reflexiones que merecerían nuestra atención, pero para esta ocasión he escogido la que me pareció más interesante, y que comienza así:

La extraordinaria historia de La Guía del Autostopista Galáctico empieza de una forma muy sencilla, empieza con un hombre. Un hombre terráqueo para ser exactos, que sabe tan poco sobre su destino como una hoja de té sobre la historia de la compañía de las indias orientales. Se llama Arthur Dent; es un descendiente de los simios de 1.73m y alguien está intentando construir una vía de circunvalación por encima de su casa…

En efecto, Arthur (Martin Freeman) despierta con su casa, en plena campiña inglesa, rodeada de palas y grúas mecánicas. El jefe de obra de turno, chaleco fluorescente y casco ceñido, no duda en advertirle que su casa será derruida por mucho que no le guste el plan. Arthur pretende impedirles el paso, intentando razonar con aquel hombre e interponiendo su propia vida si fuera necesario:

- Vamos señor Dent, no puede estar tumbado ante el buldózer de manera indefinida.
- ¿Eh? Bueno, ya veremos quién se oxida antes.
- Esa vía de circunvalación debe construirse y se construirá.
- ¿Por qué tiene que construirse, a ver?
- Es una vía de circunvalación… y hay que construir vías de circunvalación.

Tecnócratas como este señor, realizando reflexiones tan interesantes como ésa… ¿Podrían ser los seres que rigen el día a día de nuestras grises (por el cemento) vidas? Está claro que Arthur Dent apreciaba su bonita casa, pero la sociedad del desarrollo, el hormigón y el acero no hace preguntas y no coge rehenes. Buena reflexión para un peli que parecía no aspirar a mucho (una vez más se confirma la creencia de que la seriedad no está reñida con el sentido del humor)

Pero la vuelta de tuerca autentica, la meditación sociológica realmente extraordinaria viene a continuación. El vecino alienígena de Arthur (Ford Prefect, personaje soberbio que en sus primeros días como terrestre había pensado que los coches eran la raza dominante del planeta) le advierte que los vogones, burócratas galácticos que solo atienden a normas y protocolos pero no piensan (otro 10) destruirían el planeta en menos de 12 minutos.
Instantes después una enorme nave constructora advertía a la población mundial que su planeta iba a ser demolido:

Habitantes de la tierra, soy (nombre chungo en vogonés), de la junta de planificación del hiperespacio. Como sabéis los planes para el desarrollo de las regiones remotas de la galaxia exigen la construcción de una ruta directa hiperespacial a través de vuestro sistema estelar y vuestro planeta es uno de los previstos para su demolición.


El símil entre los vogones y nosotros mismos es prodigioso. Y aquí está la moraleja. Siempre hay un pez más grande.

El filme continúa repleto de aventuras y situaciones de humor pero que quizá ya no despierten tanto interés ni sean tan didácticos. Aún así merece la pena su visionado, sobre todo si empiezas a cuestionarte la conveniencia de la sociedad del martillo neumático y de la falta de respeto por absolutamente cualquier cosa que no seamos nosotros mismos (y a veces ni siquiera eso)

En fin, hay que extraer enseñanzas de todo en la vida. Y voy a parar ya porque me lo estoy creyendo hasta yo...

Dictamen: III




martes, noviembre 27, 2007

Santo: Infraterrestre (2001)


Santo: Infraterrestre puede considerarse la cinta más transgresora de toda la filmografía del enmascarado de plata. Y no por el mero hecho que ésta esté protagonizada por el Hijo del Santo (ahora autoproclamado Santo a secas) si no por su ruptura radical para con todos y cada uno de los elementos característicos de la obra de su progenitor.

Porque Infraterrestre es un mero exploiting económico de la efigie del enmascarado de plata desde su concepción hasta su visionado que hace un favor flaco a toda su filmografía. Aquí (si existe) no contemplamos ese amor que destilaban las cintas anteriores por el trabajo realizado, ese fervor que era capaz de arrancar amargos reproches a don Rodolfo Guzmán cuando algún crítico gafapastoso comentábale lo camp y kitsch que resultaba su trabajo. La cinta entonces, se torna fría y distante, y no consigue arrancar emoción alguna ni al espectador más incondicional.

A evitar eso no ayuda en nada su puesta en escena que se sobreexcede en falta de iluminación. Si visionan cualquier película clásica del enmascarado, contemplarán que, salvo contadísimas excepciones, todo es luz y que ese exceso de iluminación es independiente del momento y la situación de la escena en sí. Poco importa que los efectos especiales, los decorados, o simplemente el transcurso de la trama, puedan verse afectados (o desenmascarados) por ello. Aquí pasa totalmente lo contrario: Se sabe que existen carencias presupuestarias que impiden trabajar en las condiciones necesarias, y, en un intento de disimularlas, se reduce el alumbrado, a la espera de que así, el espectador no discierna esos déficits. Craso error de manual, porque no solo no se esconden ni se disimulan sus acartonados decorados (edificios erigidios de cajas de zapatos recortadas con bombillas interiores o futuribles pasillos repetidos hasta la saciedad) ni sus chapuceros efectos especiales CGI sobrecromados, sino que a esto se suma que, en determinadas secuencias, el espectador se vea incapaz de discernir si quiera que está pasando en la pantalla entre tanta penumbra.

Caso a parte son las escenas de lucha que se nos presentan demasiado falsas, primero porque en todas y cada una de ellas podemos contemplar como alguno de los actores esperan estáticos eternos segundos a la espera del mamporro que los lance contra el firme y segundo, pero no por ello menos importante, porque no se cimentan en un plano único (o un conjunto de ellos) si no que se conforman mediante una sucesión de planos cortos que, lejos de estar apadrinados por la cultura del videoclip, se nos asemejan mal rodados y montados, provocando, más que gozo y expectación, un caos absoulto que nos remite a cierto sopor.

Todo lo comentado hasta ahora podría ser recurrido basándose en la argumentación del escasísimo presupuesto bajo el que trabaja Santo: Infraterrestre. Pero, no nos engañemos, las producciones de El Santo (padre) contaban con unas cantidades de capital similares (en algunos casos hasta inferiores) y eso no provocaba este despropósito de errores y remiendos que condenan, inevitablemente, a la última entrega del enmascarado al ostracismo más merecido. No nos queda más remedio pues que permanecer a la espera de la futurible entrega de las aventuras de El Santo de manos de Guillermo del Toro, Guillermo Arriaga o Alfonso Arau mientras revisamos y disfrutamos con los grandes clásicos del enmascarado. O sea.

Dictamen: I



viernes, noviembre 09, 2007

Tron (1982)


En 1982 múltiples acontecimientos acaparaban la atención de los ciudadanos de este país. Aunque no puedo asegurarlo (hacía pocos meses que aprendía a caminar) probablemente el ochenta por ciento de aquel interés lo acaparara el mundial de fútbol que se disputaba en España, donde nuestra gloriosa selección volvía a hacer el ridículo, y más que nunca por lo que tengo entendido. Aún corrían tiempos de columpios de hierro y parques con grija que abrasaban las rodillas de los niños. Lo que resulta evidente es que los videojuegos no estaban en cabeza de nadie.
Muy pocos jóvenes disfrutaban por aquel entonces del vigoroso mundo del entretenimiento digital, el estallido de las consolas no se daría hasta los años noventa y la verdad es que no sé lo habitual que podía ser tener un ordenador personal por aquel entonces, desde luego en mi casa no lo había. Los FX de las películas aún eran deliciosamente artesanales y lo más moderno en tecnología digital sería el Space invaders (o a lo mejor ni eso, no lo sé)

En este contexto se estrena Tron, una apuesta arriesgadísima de la Disney (arriesgada en términos de la política comercial de la compañía, ya que la peli dista bastante de lo que es una producción infantil) que utilizaba como herramienta narrativa la animación por ordenador ¡¿?! Por primera vez en la historia del cine las computadoras toman el mando, quien iba a decir hasta donde llegaríamos años más tarde.
A lo largo de todo el metraje la cinta combina situaciones generadas íntegramente por ordenador con otras más difíciles de describir en las que contemplamos a los personajes en planos cercanos, con una estética de neón inolvidable y unas texturas muy particulares realizadas con toda suerte de trucos cinematográficos. Como olvidar algunas de sus creaciones ya míticas, como aquellas motos que giraban en ángulos de noventa grados o los guardianes del sistema central sacados directamente de un videojuego de la Atari

Una parte insustancial de la trama transcurre en el mundo real, con Jeff Bridges como programador estafado que dirige un salón de máquinas recreativas. Intentando desbancar al director ejecutivo de la importantísima compañía Encon, quien robara sus creaciones y consiguiera así ponerse al mando (y hacerse rico y poderoso por otro lado) Kevin Flynn (Bridges) terminará físicamente insertado en el sistema informático principal de la compañía. Una vez dentro Kevin vive todo tipo de aventuras en las que será apoyado por algún que otro programa rebelde (entre ellos Tron, software creado por un antiguo compañero de Kevin) y perseguido por toda la maquinaria al servicio del sistema.

Afinando mucho se puede distinguir en Tron una doble lectura respecto a la coartación de las libertades por parte de un sistema opresor, además de la repetitiva premisa en el cine de ciencia-ficción de máquinas que se rebelan contra sus creadores. Los programas disidentes del mundo digital, pro-humanos, son aquí utilizados en una especie de circo romano en el que habitualmente mueren; este circo se trata nada más y nada menos que de las máquinas recreativas del mundo real, a las que tantas monedas de 25 pesetas hemos echado, fulminando sin saberlo a miles de programitas que simplemente no seguían el patrón.
Probablemente la intención del filme no fuera retratar una realidad social ni nada por el estilo, sino más bien deleitar a la audiencia con un diseño de producción (en el que participó gente como Moebius) totalmente novedoso y rompedor, así como experimentar con las nuevas herramientas tecnológicas que comenzaban a prosperar por aquellos días.

En su momento el batacazo de taquilla fue bastante importante, sin embargo la película ha llegado a pasar al imaginario colectivo, al menos al de algunos miles, adquiriendo la calificación ‘de culto’ en algunos sectores (y esto no sé si es para bien o para mal) El paso del tiempo también ha hecho que el producto cobre una importancia superior al considerarlo, visto con perspectiva, una producción pionera. Tanto es así que ya se habla de una posible secuela dirigida de nuevo por Steve Lisberg.

Al margen de todas estas interpretaciones lo cierto es que Tron es una cinta anclada en una determinada época, predecesora de fantasías informáticas muy populares hoy día como Matrix, pero deudora total de los años en los que se hizo, con todo lo que eso conlleva. No obstante el ritmo del filme es dinámico y muchas secuencias son realmente divertidas, como los duelos con ese frisbee atómico o las persecuciones en moto.
En definitiva, si existe cierta disposición a adaptarse a escenarios y situaciones totalmente demodé, no hay duda de que, en este caso, el disfrute estará asegurado.

Dictamen: III


jueves, junio 28, 2007

Juez Dredd (Judge Dredd, 1995)


En esta ocasión repasamos las aventuras del Juez Dredd, creadas en su día por John Wagner y el español Carlos Ezquerra, y encarnadas por el mítico e incombustible Sylvester Stallone.
A la hora de juzgar –no podía ser de otro modo- la cinta en cuestión utilizaremos, como ya ocurriera en otros casos, una balanza de exigua precisión. Aquella balanza que merecen esos productos cargados de deliciosas referencias y de pequeños detalles sólo disponibles para el espectador más avezado, a pesar de que su supuesta calidad cinematográfica objetiva (si es que tal cosa existe) haya sido puesta en entredicho.

Y es que ya sólo el comienzo en versión original de Judge Dredd puede erizar los cabellos del fan más letal: la soberbia voz de James Earl Jones nos pone en antecedentes de lo que será el mundo en el tercer milenio. La Voz (la de Darth Vader) resuena con contundencia, rememorando la intro de Conan el bárbaro, y con unas tonalidades ocres en las imágenes que retrotraen paralelamente aquella extraordinaria película. Un referente al gusto del freak medio, imposible empezar mejor.

No es éste el único detalle que enlaza con la peli de John Millius; Max von Sydow también aparece aquí en un papel más extenso, como Juez Supremo y máximo valedor del cuestionado Dredd. El mítico actor, protagonista de tantas películas del cine de género más explosivo (El exorcista, Dune, Flash Gordon, etc.) otorga gran peso específico al filme, al menos para cierta parte de la audiencia. Este dato unido a algún otro, como los magníficos efectos especiales, prácticamente carentes de la tecnología digital que se populizaría poco más tarde y con una calidad en los diseños tanto a nivel de vestuario como de decorados absolutamente espectacular, así como la grandilocuente y deliciosa banda sonora a cargo de Alan Silvestri (Depredador, Regreso al futuro) en la parte instrumental, jalonada con temas de grupos tan formidables como The cure o White zombie, propicia la benevolencia incluso en los críticos más duros (o al menos debería)

Juez Dredd propone una experiencia bastante fiel al cómic, aunque con un tono autoparódico (no sé si pretendido, diría que no) que no enlaza muy bien con el sentido del humor negro, crítico y contestatario del tebeo. Stallone hace gracia irremisiblemente (se dice que en las proyecciones del trailer en las salas de cine, la gente se meaba de la risa cuando veía a Sly disfrazado) y se come con patatas al eterno sidekick en las labores cómicas. Rob Schneider resulta definitivamente empalagoso como personaje humorístico, por el contrario es imposible contener una mil sonrisas con las frases impertérritas de Joseph Dredd:
– ¡Yo soy la ley!
O cuando relata el amargo destino de su mejor amigo
– Le juzgué.

Algunos de los personajes y las líneas argumentales que aparecen en la peli no son obra directa de Wagner y Ezquerra. El film contiene gran cantidad de tramas y subtramas presentes en los tebeos y quizá, como ocurre a menudo, cometa el error de querer abarcar demasiado: Están presentes los caníbales de Las tierras malditas, las guerras entre bandas de Mega-city, la versión oscura de Dredd, Rico, creada por Pat Mills y Mike McMahon, así como el personaje de la Juez Hershey, responsabilidad de Wagner de nuevo, pero con Brian Bolland a los lápices en esta ocasión.
Se puede decir que hasta el menor detalle de la peli existe en los cómics, exceptuando que Stallone aparece sin casco en multitud de planos (impensable en el papel)
Alguna que otra duda despierta también el absurdo personaje femenino de la científica oriental, que no he podido localizar, y que en la película parece cumplir con el dudoso papel de sparring para que Diane Lane se luzca repartiendo mamporros y tirones de pelo, en una coreografía de lo más pop, digna de un par de amazonas provincianas.
- ¡Zorra!
- ¡Juez Zorra!

En resumen, Juez Dredd es una cinta propia de su tiempo (la ausencia de efusiones hemoglobínicas denota la cercanía del siglo veintiuno) simpática y divertida como pocas. Si bien puede no hacer excesivo honor al cómic, sí muestra altas dosis de respeto y admiración por el producto a adaptar, detalle que es de agradecer; tanto como las humildes pretensiones de diversión y la ausencia de posibles dobles lecturas fallidas, que pudieran emborronar el resultado final.

Dictamen: III

(*) Artículo publicado inicialmente en el magnífico weblog de cómics Es la hora de las tortas!!!


jueves, junio 14, 2007

E.T. el extraterrestre (E.T. the extra-terrestrial, 1982)


Antes de bajar el plano y mostrar un entrañable grupo de etitos de excursión por algún lugar de los Estados Unidos, la primera imagen de la película es un enorme y estrellado cielo nocturno. Probablemente muy parecido a aquél en el que Spielberg, allá por sus años de juventud -imagino que en una calurosa noche de verano, cuando suelen suceder estas cosas-, tuvo la suerte de observar un pedazo de platillo volante. A pesar de que no tengo ni la menor idea de si la anécdota es un simple desvarío de mi nula capacidad memorística -aunque yo juraría que la leí por algún sitio, no he sido capaz de localizarla-, me pareció un buen prólogo para la reseña y un inicio redondo -como un Ovni, claro- de la fascinación del director por la ciencia-ficción, simiente de una de las carreras cinematográficas más determinantes de los últimos tiempos, no sólo en lo concerniente al género, sino al cine con mayúsculas. Pese a quien le pese.

Pero empecemos por el principio. El jovenzuelo director judío, después de entrenarse con diversos productos para la división televisiva de La Universal, consiguió colar uno de ellos -la magnífica El diablo sobre ruedas- dentro de las salas de varios cines, con una limitadita distribución que fue suficiente para llamar la atención de la crítica y del público que tuvo la suerte de verla. Desde entonces, lo que ya se sabe, abiertas las puertas de la producción cinematográfica de par en par y a engrosar la cuenta bancaria a medida que paría taquillazos: Tiburón, Encuentros en la tercera fase, Indiana Jones, fueron el brillante y enriquecedor preámbulo de las andanzas del niño-alien de los ojazos azules, que le trajo debajo del brazo la corona definitiva de rey Midas de Hollywood -a pesar de su etapa más reciente y decepcionante-.
A parte de estar en lo más alto en cuanto a los beneficios económicos, E.T., el extraterrestre es, en mi opinión, uno de los mejores films de cine comercial de su época, de esa clase de divertimento ochentero puro y duro -uno de los vértices inspiradores de esta bitácora- que no se ha vuelto a repetir desde entonces. Diversión palomitera cuyas virtudes, en su vertiente más familiar, eran las siguientes: chisposo humor blanco, ritmo perfecto –en esto Spielberg era el mejor, sin duda-, acción precisa y trepidante, argumentos sencillos y claros, y todo ello, en muchísimas ocasiones, espoleado con las estridentes fanfarrias del Williams. Compárese, por analogía, con las relativamente salvables entregas de Piratas del Caribe. No hay color.

La historia vuelve a girar en torno al núcleo familiar americano, pero en descomposición –recordad El diablo sobre ruedas, Encuentros o Tiburón-, que vive en su casita de barrio residencial con una valla ya no tan blanca. Y los malutos de turno también vuelven a estar representados por la autoridad y el origen de las desgracias por su egoísmo miope. Quizás me pille los dedos al decir esto pero, como sucede en muchas otras producciones coetáneas a cargo de sus correligionarios, cuyo mejor ejemplo es el otro barbas multimillonario, Lucas, tiene bastante de reflejo social y, sobre todo, político, de las fobias –absolutamente justificadas- de la sociedad americana en la inefable –por llamarla de alguna manera- era Reagan. Por cierto, no viene mucho a cuento, pero, ahora que he mencionado al amiguísimo, no puedo dejar de señalar las referencias a la Sagrada trilogía y a Tiburón. La escena en la que Eliot le enseña a E.T. parte de sus juguetes –muñecajos de Obi Wan and company y un tiburón- y la de la noche de Halloween, en la que el pequeño visitante, cubierto con una sábana, corre detrás de un niño disfrazado de Yoda mientras grita mi casa, mi casa, se establecen como una especie de gracioso metadiscurso publicitario que viene a decir algo asi como: eh, soy colega del Lucas y entre los dos cortamos el bacalao en esto de la ciencia ficción en Hollywood.

Sus puntos fuertes, por los que la odias o la amas, son el habitual sentimentalismo spielberguiano y la mezcla, a partes iguales, de comedia y drama. ¿Superficial? Probablemente. ¿Simple? Seguro. Pero, a la hora de narrar emociones, la calidad no tiene por qué residir en la complicación filosofoide del cine de autor polaco o pakistaní.
La plana sencillez de planteamientos se asienta firmemente, en cuanto a forma, sobre la gran puesta en escena y su colección de imágenes legendarias que forman ya parte de la iconografía popular –quién no las conoce-, entre las que destaca, por ser un resumen perfecto de lo que se pretende contar, la bicicleta recortada en la luna llena. También sobre las prodigiosas actuaciones del elenco de críos, cuyo miembro preferido para el que escribe es la pequeña Drew, que derrocha candidez y sandunga curiosamente pocos años antes –muy pocos años antes- de convertirse en precoz politoxicómana. Cosas de los mitos y de la tantas veces irónica comparación del anverso ficticio y el reverso –tenebroso- real.
Y se justifica por su carácter de fábula que, como tal, parte de una enseñanza moral –la telepatía, el dos en uno emocional, es el castigo por el que el niño egoísta aprende a conocer el punto de vista de los demás-, cuyos personajes son necesariamente absolutos y definidos. La esencia de la cinta, y su mejor baluarte, es la de constituirse como un cuento infantil que reflexiona sobre sí mismo, es decir, sobre la capacidad de la inocencia de creer en lo maravilloso. Una historia con final feliz, obviamente, sobre el paraíso perdido, sobre la bondad en estado puro de la niñez y su enfrentamiento con el prosaísmo del mundo adulto al que se consigue vencer, al menos por una vez.

Para acabar, una rajada personal, muy ñoña, en mi estilo. Creo que ésta fue la segunda película que fui a ver a un cine. Mi mamá dice que yo, siendo como era nervioso como un demonio, me quedé quieto durante hora y media por primera vez en mi vida, y que lloré como una Magdalena. Ayer me volvió a pasar lo mismo, aún sabiendo que no, que Etito no se muere. Qué más puedo decir. Un cinco.

Dictamen: V


miércoles, junio 06, 2007

La fuente de la vida (The fountain, 2006)


Ponerse delante de un teclado para escribir sobre una película como La fuente de la vida puede resultar ligeramente desconcertante. Si la misma trama del filme que tenemos entre manos no se muestra demasiado clara para el espectador… ¿Cómo hablar de ella objetivamente? Fácilmente podría decantarme por destruir (figuradamente hablando) una historia que se sabe pretenciosa y que, a priori, puede parecer desordenada y confusa. De hecho, The fountain es una peli pretendidamente desordenada y confusa, con un puñado de ideas muy interesantes desperdigadas a lo largo de la cinta, puestas ahí para que el más rápido se haga con ellas, si puede (y si quiere)

Darren Aronofsky saltó a la fama gracias a la experimental Pi, fe en el caos. El filme fue distribuido por circuitos independientes y catapultado definitivamente al gran público por el festival de Sundance. Al margen de un par de obras como estudiante, Darren debuta con unos modos bien definidos que se prolongarían en sus dos películas posteriores.

La fuente de la vida posee un estilo a medio camino entre la tomadura de pelo y la genialidad. Las tres historias comentadas anteriormente se entrelazan sin ningún tipo de coherencia aparente: La puesta en escena, caracterizada por un lento ritmo narrativo y planos muy largos, concatena secuencias oníricas y más bien simbólicas, con pocos diálogos, muy al gusto del director. Por otro lado, la banda sonora se hace sentir en el noventa por ciento del rollo, no dejando de sonar en casi ningún momento y añadiendo más madera al ya de por sí exagerado barroquismo de cada secuencia.

El particular estilo de Aronofsky puede resultar pedante e indigesto. Muchos críticos del momento (como Jordi Costa) desprecian las pretensiones de intelectualidad con que Darren sobrecarga sus películas; y por una parte no les falta razón: ¿Es necesaria tanta complicación para expresar unas ideas tan sencillas?
La fuente de la vida plantea una reflexión sobre la muerte con mucho adorno e influencia oriental, pero, al fin y al cabo, no deja de ser una defensa de la reencarnación, de la transformación de la energía. A pesar de no haber atado ningún cabo de la trama, nos quedamos con la idea: la muerte es lo que nos hace humanos.

Las dudosas intenciones del director Neoyorquino y sus formas forzadamente personales de contar historias, sin duda pueden acabar con cualquier tipo de simpatía hacia él. Tanto como entiendo esta postura, no puedo negar que no disfrutara del largo en cuestión. Sobre todo las escenas del astronauta suspendido en el espacio comiendo del árbol de la vida, realmente extraordinarias.
Hugh Jackman y Rachel Weisz protagonizan con oficio una película de retazos, de ideas formidables narradas con un dramatismo exquisito en ocasiones, y de conceptos sencillos enrevesados de forma cargante en otras. La cara y la cruz del cine de Aronofsky, quien se encargará de la adaptación yanqui de El lobo solitario y su cachorro.

En resumen,