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viernes, febrero 15, 2008

30 Días de oscuridad (30 Days Of Night, 2008)


Con algunas semanas de retraso respecto a su estreno en los USA, desde este mismo viernes se puede contemplar en salas de todo el país 30 Days os night, la película que adapta el trabajo realizado originalmente por Ben Templesmith, a los lápices, y Steve Niles, a cargo de la historia. Tebeo homónimo al menos en su versión yanqui, ya que por aquí la cinta ha sufrido un pequeño cambio en el título, sustituyendo el original 30 Días de noche por un menos prosaico 30 Días de oscuridad.

Steve Niles desarrolló la historia de los vampiros que se trasladan a una semiaislada población en Alaska en la que durante treinta días al año no sale el sol (con lo que eso supone para los clásicos chupasangre) como un proyecto destinado a las salas de cine. Cuando aún era un desconocido, paseó el libreto por varias productoras que lo rechazaron, así como las primeras editoriales, como Dark horse, a las que tanteo una vez dado por vencido. Finalmente la pequeña e incipiente IDW Publishing se arriesgó con la iniciativa y la publica en 2002, acompañada de unas geniales ilustraciones a cargo de Ben Templesmith, un desconocido “imitador” de Ashley Word por aquel entonces.

Una vez constatado el gran éxito del tebeo, David Slade se fija en él para (esta vez sí) realizar su versión en pantalla grande. Ayudándose de Steve Niles entre los guionistas, como no podía ser de otro modo, el director de la furiosa y experimental Hard candy (que triunfara en Sitges hace un par de ediciones) abandona el territorio outlier y se deja llevar por una propuesta de mayor presupuesto y ambiciones.
Si una de las características principales de la ópera prima del director fue el horror sutil del que hacía gala la impresionante lolita Ellen Page (famosa ahora por la premiadísima Juno) Slade abandona aquellas pretensiones para internarse en un territorio mucho más burdo y gore. Nada desdeñable si ciertamente se viera algo.

30 Días de oscuridad, publicitada como una de las pelis en la que más sangre artificial se ha utilizado, intenta ser un film de horror al viejo estilo. Los vampiros protagonistas, despojados del carácter romántico que en ocasiones se les supone, no son más que hambrientos monstruos que esencialmente “se comen” a sus víctimas. Su aspecto físico dista mucho del de Gary Oldman en el Londres victoriano, por ejemplo, y su modus operandi es mucho menos delicado. Este planteamiento deshace cualquier tipo de relación entre antagonistas, situando la acción en la simple y efectiva lucha por la supervivencia durante los treinta días de noche.
La declaración de intenciones sería, a priori, suficientemente llamativa si no fuera por la sensación de desinterés que despierta todo el filme. Desinterés por parte de los espectadores, que en ningún momento conectan con la trama, ni con sus protagonistas (que van cayendo poco a poco sin despertar ningún tipo de emoción); y desinterés por parte de los realizadores, que ejecutan el largo con lo justo y necesario, haciendo gala de un montaje como mínimo extraño, en el que parece se hayan comido partes del rollo.

Los actores no inspiran ni frío ni calor (Josh Hartnett debería empezar a cuidar más sus elecciones) y el cámara de turno vuelve a ser, otra vez, enfermo de Parkinson. La mayoría de las escenas de acción son infumables, realizadas con muy poquitos recursos y disimuladas con los giros y piruetas de cámara tan de moda hoy día.
La peli contiene muchos de los elementos habituales en este tipo de cintas, pero ni revisitados ni mejorados, simplemente copiados con muy poca gracia. El personaje entrañable que es mordido y se transforma en contra de su voluntad, la bestia parda que se sacrifica por los demás, la delicada heroína y su valiente caballero… Uno tras otro van cayendo los tópicos del género sin despertar ningún tipo de simpatía, hasta llegar a un desenlace ya visto en la pantalla grande no mucho antes y a manos de un director más capaz.

De la peli se salvan un puñado de escenas gore sensacionales y poco más. Quizá el montaje del director nos ofrezca una versión más interesante de la historia, en la que, al menos, los hechos transcurran de forma coherente.

Dictamen: II

(*) Artículo publicado inicialmente en el magnífico weblog de cómics Es la hora de las tortas!!!

martes, diciembre 04, 2007

Beowulf (2007)


La segunda peli con guión del genial Neil Gaiman no está hincada en tebeo alguno (aunque los haya habido basados en su historia) y, aparentemente, no tiene relación ninguna con el mundo del cómic. El sobresaliente guionista y escritor parece estar abriéndose hueco entre la vorágine hollywoodiense.

Beowulf adapta el poema épico anglosajón del mismo nombre. La historia del héroe cazador de monstruos fue llevada al celuloide al menos dos veces en los últimos años, con resultados desiguales: Beowulf, la leyenda, infumable subproducto con Cristopher Lambert al frente; y Beowulf & Grendel, producción canadiense de bajo presupuesto digna y respetable.
Teniendo en cuenta que los sajones han dominado y dominan el negocio del cine, resulta extraño que semejante relato no hubiera sido adaptado con rotundidad hasta este preciso instante. Eso mismo debió pensar Robert Zemeckis, quien apoyado en una singular técnica de efectos visuales ya utilizada en su anterior filme, Polar express, se lanzó a consumar la versión definitiva del poema, el cual, realizado con otros medios más artesanales, habría incrementado su presupuesto en unos cuantos millones.

El texto original, sin título hasta principios del siglo XIX -cuando se lo empezaría a llamar Beowulf- es de una importancia inmensa para las lenguas sajonas, comparable, por ejemplo, a lo que supone el Cantar de mío Cid a nuestro idioma.
La trama originaria consta de tres partes, una primera en la que Beowulf se enfrenta al demonio Grendel y a la madre de este, la segunda fracción en la que Beowulf es rey, y una tercera y última en la que enfrenta a un dragón, con desenlace final que no revelaré ahora.

Es aquí donde se aprecia la mano de Neil Gaiman a las riendas del guión. Firmado a pachas con Roger Avary (destacable cineasta y guionista, eternamente recordado para mí por ser la pluma que escribió la historia de Butch, el boxeador corrupto de Pulp fiction) parece que al final la mayor parte del trabajo recayó en el escritor británico.
Para trabar las tres partes del poema clásico entre sí, Gaiman inventa una trama de padres a hijos de lo más acertada, que no desentona en absoluto con el resultado final y que se adapta como un guante al espíritu de la leyenda. En la peli se puede escuchar como se recitan partes del poema de forma fidedigna, así como las canciones propias de los vikingos, magistralmente insertadas.
En definitiva, el punto fuerte de la cinta no es sino el guión de Gaiman, sencillo pero potente, legendario a la vez que realista. Los personajes hablan y actúan como deberían hacerlo las gentes de aquella época, y los deliciosos monstruos que aparecen están incrustados de forma formidable en la historia.

Pero, como no, hay un pequeño gran defecto (siempre hay uno) La susodicha técnica de animación digital utilizada por el director no tiene fuerza para sorprender durante más de 10 minutos. Más allá de ahí, lo que podemos contemplar es una suerte de personajes sin vida que recitan diálogos interesantes sin un ápice de emoción o sentimiento en sus palabras. Los movimientos son artificiales y la pretensión de realidad se cae como un castillo de naipes transcurrida media hora de metraje. Sinceramente creo que Beowulf habría sido una grandiosa película de haber sido rodada a la antigua usanza; o incluso una excelente peli de animación si eso hubiera sido lo que se proponía. Sin embargo el resultado final queda entre dos aguas, como una especie de no-muerto sin energía ni agitación.

Concluyendo, Beowulf es un proyecto más que interesante y entretenido, nacido de las nuevas tecnologías y machacado, a mi modo de ver, también por esas mismas. Los elementos del cine convencional funcionan a la perfección, como bien ejemplifica la extraordinaria partitura musical de Alan Silvestri, y sin embargo la puesta en escena se vuelve a menudo tan caótica y descontrolada como sólo es posible alcanzar con un ordenador.
Por favor, señores, dejen de intentar que parezca real lo que no lo es.

Dictamen: III


(*) Artículo publicado inicialmente en el magnífico weblog de cómics Es la hora de las tortas!!!




martes, noviembre 06, 2007

Stardust (2007)


Por fin el legendario Neil Gaiman en la pantalla grande, uno de los pocos gurús de la narrativa comiquera que faltaba da el salto al mundo del cine. Si bien la obra elegida para abrir las hostilidades en cuanto a adaptaciones del genial escritor inglés se refiere no es uno de sus cómics más reconocidos (de hecho ni siquiera es un cómic) Stardust cumple con eficaz precisión la tarea de trasladar el mundo mágico de Faerie, junto con el resto de creaciones fantásticas paridas por Gaiman para la ocasión, a las salas de todo el mundo.

Si exceptuamos la aventura como guionista que supuso para el creador de Sandman la fallida obra de su amigo y compañero Dave McKean -La máscara de cristal- Stardust es la primera aventura del escritor inglés en el mundillo del celuloide. Involucrado en el proceso de producción de la peli, Gaiman ha vigilado y supervisado el desarrollo de la cinta dando finalmente el visto bueno al resultado final (no sabemos si a regañadientes) y asumiendo ligeros cambios respecto al relato original ilustrado por Charles Vess. El espíritu de aquél se mantiene intacto en el filme que tenemos entre manos, sin embargo pequeñas modificaciones hacen que lo narrado se ajuste a la calificación por edades y el dulcificado final se adapte mejor a todas las sensibilidades. Punto negro de la peli, sobre todo si tenemos en cuenta que estos pasos atrás no han logrado el ansiado y buscado éxito de taquilla.

No obstante, Stardust alberga más aciertos que errores, contemplándose todo el metraje con una sonrisa de satisfacción casi desde que empieza hasta que termina. La película se distancia de la basura del género realizada en los últimos tiempos (dícese de ignominias como Eragon o Las crónicas de Narnia) y rememora aquellas producciones fantásticas que marcaron nuestra infancia (Willow, Cristal oscuro, Legend, La princesa prometida…) superando incluso alguna de ellas. El enfoque y la trepidación de la peli recuerdan muy en concreto a La princesa prometida, ese clásico de los ochenta y buen ejemplo de cómo debe rodarse una de aventuras.
El sentido del humor amable (y un poco negro) tan propio de Gaiman, permanece inalterado en el rollo, y diría que las situaciones de humor incluso superan aquellas que leímos en el relato. Los fantasmas que anhelaban el trono del mundo mágico, la coqueta bruja que envejece por momentos, el absolutamente extraordinario cazador de rayos (interpretado por un sobradamente histriónico Robert De Niro, pero graciosísimo en esta ocasión) dan buenos ejemplos de cómo utilizar la simpatía para engrandecer una producción de no demasiadas pretensiones.

Todos los actores dan el pego a la perfección (la belleza de la Pfeiffer es realmente de otro mundo) exceptuando, quizá, al sieso de Charlie Cox, que aunque no resulte demasiado creíble como héroe enamorado, por lo menos no destruye la película con su interpretación. Mención especial para los hijos del rey (interpretado por el mítico Peter O´Toole) todos ellos divertidísimos, tanto en la vida como en la muerte.
También las escasas escenas de acción están excelentemente rodadas, si no fuera porque en muchas ocasiones se ven auspiciadas, eso sí, por unos rancios efectos especiales casi en su totalidad digitales y a todas luces baratillos.

En definitiva, Stardust es una dignísima adaptación del relato original; una buena película de fantasía y aventuras, con un tono romántico no demasiado empalagoso y un sentido del humor muy de agradecer. Si a eso le añadimos actores de renombre y la vasta imaginación de Neil Gaiman obtendremos, sin lugar a dudas, una producción digna de verse y que supera ampliamente, no hay ni que decirlo, a las patrañas fantásticas que se han visto últimamente.

Dictamen: III

(*) Artículo publicado inicialmente en el magnífico weblog de cómics Es la hora de las tortas!!!


martes, octubre 30, 2007

Saw IV (2007)


Antes de comenzar a destripar la cuarta entrega de Saw IV conviene aclarar que desde esta tribuna duele criticar una saga de este calibre. Las sagas de terror kilométricas y carentes de ningún tipo de pretensión son, como sabéis, muy apreciadas por aquí, y las andanzas de Jigsaw (ya convertidas en una parodia de sí mismas) parece confirmado que llegarán al menos hasta su sexta entrega.
Las películas de Saw cumplen muchos de los requisitos para convertirse en una franquicia mítica al más puro estilo Viernes 13 o Pesadilla en Elm Street: Subrayadísimas características generales, como la generosidad a la hora de mostrar sangre y vísceras (rozando el gore en la tercera entrega y seriamente atenuada en esta última) la sucesión de entregas sin casi tiempo para el respiro, la explotación de los moderadamente sorprendentes aciertos de la primera parte y la ineludible falta de coherencia y pretensiones, son mostradas en cada uno de los filmes sin ningún tipo de trampa ni cartón. Saw no engaña a nadie (al menos ya no) y el espectador que acude a la sala debe estar preparado para lo que se le va a ofrecer.

Sin embargo, a pesar de mi aprecio por la apuesta casquera que representan estas cintas, no puedo evitar sentirme decepcionado por su cuarta entrega. Si en Saw III se había relegado casi totalmente el espíritu más cercano al thriller que se pudiera intuir levemente en las anteriores entregas (sobre todo en la primera) situando casi el cien por cien de la acción en una sucesión de las más macabras e hilarantes torturas, Saw IV reconduce esos cauces poco más o menos autoparódicos hacia un estilo indefinible.

La película de nuevo intenta hacerse fuerte en la sorpresa final, con más bríos que nunca de hecho, convirtiendo el guión en un galimatías imposible de seguir por quien no haya visto las anteriores entregas. Da la sensación de que Darren Lynn Bousman intenta recuperar la seriedad y otorgar a la serie de filmes un espíritu de obra geométrica, pensada y diseñada como un todo desde el principio. Esta pretensión, si es que la hubiera, cae por su propio peso con un guión que se sabe, si cabe, más disparatado que nunca: El grueso de la trama se fundamenta en un policía que sigue los tenebrosos planes de Puzzle, paso a paso y sin saltarse una coma, de forma total y absolutamente inverosímil, y, como en anteriores ocasiones, la narración salta entre historias paralelas centrando su atención, en segunda instancia, en el delirante e injustificado (al menos no correctamente) origen del psicópata.
De nuevo un final sorprendente e inesperado adorna y acelera el cierre de la peli con dos sorpresas esta vez, una bastante interesante relacionada con la línea temporal y la otra, resobada y encima más estúpida que nunca, concerniente a los personajes. Todo ello aderezado con la ya famosa y eficaz melodía marca de la casa.

En el apartado visual la peli pierde muchos enteros respecto a sus predecesoras. Las trampas ideadas por Jigsaw son soslayadas en esta ocasión; prácticamente no se le da importancia a las torturas y la mayoría de los juegos no están demasiado concretados y son muy confusos. Exceptuando una o dos bromas macabras, en el resto cuesta saber el procedimiento que debe adoptar la víctima, y encima todo rodado con una cámara loca que se interpone ante la claridad de las situaciones. Si no fuera por la autopsia inicial, punto fuerte de la peli, la decepción sería irreconciliable.

En definitiva, incluso viendo Saw IV con una mirada compasiva, defensor como me considero de este tipo de propuestas, no acabé de seguirle el hilo al director. Si bien no albergaba esperanzas de que la trama me enganchara, sí al menos esperaba encontrar una buena ración de sofisticadas torturas dispuestas para ser degustadas. Desgraciadamente, esta vez ni una ni otra.

Dictamen: II




miércoles, marzo 28, 2007

300 (2007)


La espera ha terminado, los trescientos espartanos defienden ya el paso de las Termópilas frente al grueso del Imperio persa. El rey Leónidas y sus hombres resistirán hasta el último aliento las embestidas de las mil naciones de un imperio de esclavos, ofreciendo la propia vida en defensa de un modo de vida.

Las expectativas que han precedido a esta producción han sido grandes como pocas veces se recuerda. El director Zack Snyder había cosechado las simpatías del mundillo freak con su más que correcto remake de El amanecer de los muertos, y empezaba a sonar con mucha fuerza. Las esperanzas de millones de fans fueron siendo depositadas en el director de Wisconsin como la última esperanza para el cine de género, y de él, que más tarde se ocupará de la adaptación del para muchos mejor cómic de la historia, se puede decir que no ha defraudado en absoluto.

Las primeras imágenes del rodaje (todas en interiores) no dejaban indiferente. La técnica elegida es una suerte de escenarios superpuestos, rodada íntegramente en estudios a techo cubierto y con un trabajo de postproducción inmenso. El retoque digital es llevado hasta límites insospechados (algo parecido a lo que ocurría en Sin city) dotando a la peli de un aspecto comiquero de tonos ocres y azulados absolutamente espectacular en la pantalla grande. Con un presupuesto no demasiado exagerado (siempre en términos relativos) Snyder recrea un peplum grandilocuente y rimbombante valiéndose casi exclusivamente del ordenador.
Cierto es que el exceso de tecnología digital lastra muchos de los actuales proyectos holywoodienses, no obstante los creadores de este filme demuestran que cuando la inteligencia artificial sirve a la inteligencia biológica, y no al revés, el resultado puede ser de lo más reseñable.

Con una fotografía y ambientación realmente logradas, arranca este largometraje épico como sólo puede ser un cómic y ajustado a la grandiosidad del cine.
Personajes arquetípicos (deliciosamente arquetípicos, por supuesto) se van sucediendo en los primeros minutos soltando perlas impertérritas y enlazando diálogos de lo más abnegados. Queda claro desde el primer minuto que se debe aceptar el lenguaje utilizado, que no dudo el lector al que me dirijo sabrá entender.

Honor, valor, muerte… La exageradísima épica de 300 se descubre como un elemento absolutamente sobrecogedor en la sala de cine. Al margen de posibles interpretaciones maniqueas, la peli nos da una lección de maestría en las secuencias de acción y nos honra con gratos momentos forzadamente afectados, que si sabes (o quieres) seguir provocarán más de un escalofrío.
La representación de los persas como un imperio de llamativos engendros no deja de ser anecdótica y muy acorde con la clásica historia de buenos y malos. Los valores de patriotismo y beligerancia defendidos por Leónidas pueden sonar un tanto atrevidos si se contemplan con ojos críticos, ojos que si no saben dejarse llevar nunca debieron entrar en la sala.

La trama sigue fielmente lo visto en el cómic, salvando un par de historias secundarias creadas expresamente para la ocasión y que no destacan demasiado, ni por acertadas ni por lo contrario. Quizá uno de los factores en contra de la cinta pueda ser la voz en off, que yerra al entrometerse en ciertas secuencias.

De entre el elenco actorial destaca Gerard Butler como el rey Leónidas. Su papel se limita casi exclusivamente a repetir dramatizadísimas arengas tal y como habéis visto en el trailer, pero que se convierten en regocijo continuado al prolongarse durante las dos horas de duración del largo.
Leónidas reparte tiza como ya no se recordaba, golpeando, rasgando y matando a sus enemigos con la mayor claridad posible, en una sucesión de coreografías realmente excelentes.

300 es puro espectáculo cinematográfico. Cine con cojones del que ya no se hace. Una pequeña dosis de oxigeno en el sombrío panorama de las exigencias comerciales y la calificación por edades, que, irónicamente, ha recaudad mucho más dinero que aquellos productos que se realizan partiendo de la base de que somos gilipollas.

Hubo un tiempo en el que Zack Snyder observó como los jerifaltes de Hollywood estaban nublando el sol con sus equivocadas políticas comerciales.
…y entonces decidió pelear a la sombra.

Dictamen: IV


(*) Artículo publicado inicialmente en el magnífico weblog de cómics Es la hora de las tortas!!!



lunes, marzo 05, 2007

The host (Gwoemul, 2006)


En el último festival de Sitges sonó con fuerza una nueva producción de la lejana Corea del sur. Bong Joon-Ho, responsable de la destacada Memories of murder (que aún no he visto) presentaba en esta ocasión lo que podía parecer una monster-movie de toda la vida. A pesar de ser publicitada como tal, comparándola directamente en los carteles con Alien o Tiburón, lo cierto es que la experiencia de The host dista mucho de lo que fueron aquellas pelis de los setenta.

Las diferencias entre el enfoque oriental y el hollywoodiense, al que evidentemente estamos más acostumbrados, son obvias. El ritmo de la cinta, como en casi todas las citas con el cine de ojos rasgados, es como mínimo extraño: no diría que lento, al menos si nos ceñimos a la idea que por estos lares tenemos de este concepto, tampoco es dinámico y trepidante como recitaba el cartel, comparándola con aquellas dos obras maestras. The host tiene una cadencia pausada y anómala, bastante difícil de describir pero fácilmente identificable para cualquier seguidor del cine de aquella zona. La criatura de este largo aparece muy pronto y a plena luz del sol, olvidando la posible tensión dramática centrada en el propio monstruo y deslizando el desarrollo por otros derroteros, síntoma evidente de lo que nos vamos a encontrar.
El sentido del humor que se maneja es complicado de seguir, y las carcajadas que sonaban en la sala se debían probablemente a lo ridículas que nos resultan ciertas situaciones cómicas.
Estos factores, junto a algún otro más, hicieron que el filme se me hiciera irremediablemente aburrido en algunos momentos, sin poder evitar sentirme ajeno a la forma de contar una historia que se nos propone.

No obstante, al margen de la ausencia de efectismos y de la estupefacción que generan los personajes, no es menos cierto que los verdaderos tiros de la película y su autentico interés no van exactamente por ahí. La crítica social y el ataque directo a la política norteamericana son, sin ningún tipo de lugar a dudas, los verdaderos objetivos del director. Al igual que ocurría en Godzilla, Joon-Ho utiliza el pretexto de un monstruo mutagénico para esgrimir una sátira política y de denuncia a las bravas.

El símil con la guerra de Irak o los ataques preventivos antiterroristas son muy claros:
Una base militar de los USA vierte productos químicos en un río, lo que más tarde provocará una desgracia en forma de pez mutante. Las escenas rememoran el entrenamiento de la CIA a gente como Bin Laden o el apoyo inicial a Sadam, sembrando el río con desperdicios para después cosechar monstruos.
Años más tarde, con la alimaña en pleno apogeo castigando a los nativos, algún indicio absurdo les hace deducir que existe un virus peligroso para la comunidad internacional ¿Armas de destrucción masiva? Relativo a este pasaje es absolutamente genial la secuencia en la que un médico militar americano encuentra evidencias del virus en el comportamiento del protagonista.
Finalmente los USA intervienen en el país montando un pollo que acabarán por tener que solucionar los mismos civiles que sufren las consecuencias. Las disculpas finales del presidente son íntegramente reveladoras.

Este mensaje, sumado a la presentación de una familia cualquiera unida, pese a sus diferencias, frente a la adversidad, distancia a este filme de otros del estilo y, en mi opinión, consigue que se superen algunas barreras propias, quizá, de la inmensa distancia intercultural.

Los miembros de la familia, desquiciados y fuera de toda idealidad, pero defendiendo a pesar de todo, y sin saberlo, valores de honestidad y grandeza (el modelo Homer Simpson) así como el sorprendente final anti-Hollywood, consiguen hacer olvidar, en cierto modo, la no demasiado venturosa concepción artística y de puesta en escena.
Por tanto, finalmente opto por valorar la peli de forma positiva.

Dictamen: III



jueves, marzo 01, 2007

EL grito 2 (The Grudge 2, 2007)


Takashi Shimizu, responsable de La maldición (Ju-On: The grudge, una de las mayores obras maestras del terror que se han realizado en los últimos tiempos) y de su extraordinaria secuela, dio el salto a Hollywood a cambio de rehacer sus propias películas, primero en El grito, con Buffy de protagonista, y ahora con El grito 2.

Desafortunadamente para él, y a pesar de sus esfuerzos por occidentalizar las tramas haciéndolas más comprensibles y dinámicas para el vaguete espectador de esta parte del mundo, los resultados no han sido del todo satisfactorios.
Es de agradecer que El grito 2 no adapte la versión nipona sino que la reinterprete con algunos elementos comunes pero con un planteamiento completamente diferente. Así, a pesar de la decepción que resulta su visionado, evita una comparación odiosa y obsequia al espectador fiel con una película diferente al fin y al cabo, aunque mucho menos interesante.

Los arrojos de Takashi por moldear su estilo al gusto hollywoodiense no cuajan por ningún lado. La trama es simplificada al máximo restando ese prodigioso halo de misterio que envolvía a las cintas orientales (como ya ocurría incluso, en menor medida, en la secuela nipona respecto a su predecesora) La desconexión temporal de las piezas argumentales no tiene aquí la más mínima objeción, y es tan obvia que casi merecía no existir.
La manera en que el director resuelve su estilo llega a ser insultante, adecuando la película a todas las mentes (como mandan los cánones) y cambiando la atmósfera de absoluto terror conseguida a base de planos lentos y apariciones fugaces de los fantasmas por constantes asesinatos efectistas de la chica de los pelos.

No sé porque motivo el niño pierde su carácter terrorífico, y no es menos cierto que las diáfanas explicaciones otorgadas a la problemática planteada no hacen sino restarle emoción y enigma a la historia. Si nos tratan como a tontucos la peli nos gusta menos, está claro.
Rozando el desastre se encuentran aquellas escenas en las que un par de rubias se convierten en fantasmas azules al estilo nipón. Lejos de asustarnos, la secuencia más bien retrotrae a los tebeos de Los pitufos, aunque bien es sabido que en aquellos sólo existía una Pitufina.

No obstante Takeshi demuestra su habitual pericia en escenas realmente bien rodadas como aquella en la que la mujer fantasma aparece en el cuarto oscuro o aquella otra en la que una joven desaparece dentro de su sudadera.
El ritmo es bastante rápido (aunque esto se convierte más bien en un defecto respecto a los referentes del Japón) y la película no se me hizo pesada a pesar del coñazo que dio cierto sector del respetable, y no miro a nadie.

En conclusión, si os gustaron las cintas originales puede que disfrutéis de esta versión acudiendo al cine con rebajadas pretensiones.
Si aquellas os parecieron un infierno (como sé que les pasa a muchos) huid de El grito 2 como si del demonio se tratara, que más o menos es de lo que se trata.

Dictamen: II



sábado, diciembre 16, 2006

Eragon (2006)



Cristopher Paolini es la prueba humana del sueño americano. Un joven californiano, apasionado de Harry Potter y la Dragonlance (esto no lo sé pero lo supongo) decide ponerse a escribir un libro a la friolera de quince años. Después de revisado y remirado el panfleto, la familia resuelve que hay que apoyar en todo a su hijito para que se convierta en la versión USA y machulera de J.K Rowling, y así cambiar su apestosa caravana del extrarradio por una mansión como es debido en Beverly Hills (igual exagero, pero algo así) Los papaítos abandonan sus trabajos para llevar al niño por todo el estado, y después por todo el país, hasta que consiguen que alguien le publique, y su libro, Eragon, se convierta finalmente en todo un best-seller.
A grandes rasgos ésta es su historia, otro ejemplo de triunfo en el país de las oportunidades y, como decíamos, buena prueba del sueño americano.

El argumento de los libros, que la película sigue erráticamente, no trata sino del manido viaje iniciático tolkieniano rodeado de dragones, elfos y orcos (aunque a estos últimos se los llame úrgalos) tantas veces plagiado y repetido. La fórmula del éxito que planteó el escritor británico ha sido fusilada sin complejos en infinidad de ocasiones, pero, aún con todo, la trama que plantea este barbilampiño autor me resultó muy sosa y difícil de leer, hasta el punto de abandonar el barco bien avanzada la mitad del trayecto. Os puedo asegurar que disfruto como un enano de cada entrega de Harry Potter y me divertí mucho con, por ejemplo, Leyendas de la Dragonlance, así que no pecaré de pedante cuando digo que no entiendo que le han visto tantos millones de personas a este aburridísimo y anodino manuscrito del que no creo se pueda rescatar absolutamente nada.

Debido a las superventas de Eragon y de su secuela Eldest -al parecer aún queda una tercera entrega, porque alguien debió decir que era obligatorio hacer las historias de tres en tres si se trataba de fantasía heroica ¿Sería Tolkien?- la Fox no tardó en conseguir los derechos y lanzarse a por una producción que aprovechara el rebufo de la película más laureada de la historia, El señor de los anillos. Con un reparto de actores reputados en horas bajas (por favor Jeremy, basta ya) y un odioso niño de sonrisa profident de protagonista, comenzaba el rodaje del film.
Una vez realizado, poco se puede decir de una cinta que, a pesar de los equívocos a los que pueda llevar el trailer, sigue muy de cerca la estela de Dragones & mazmorras. Cierto es que las comparaciones son odiosas, y que cualquier producción de este tipo no puede sino ensombrecerse ante el proyecto de dimensiones épicas que filmó Peter Jackson, pero, aún así, aprovechando el éxito de medianos y orcos, bien es verdad que podrían haber surgido productos más que dignos y con puntos de vista diferentes a los que vimos en la oscarizada trilogía -algo así como lo que ocurrió en Seattle a raíz de Nirvana, en otro terreno eso sí-.

No es así en este caso; lo que tenemos es una película infantiloide carente de ningún tipo de coherencia, soporífera y (a pesar de los millones) con una pinta muy pero que muy cutre.
La mayoría de las interpretaciones dan vergüenza ajena. Si exceptuamos a un mínimamente digno Robert Carlyle, que da vida al escarizado sombra Durza, o la belleza de Sienna Guillory, el resto es para mear y no echar gota.
El niño, increíblemente limpio y siempre sonriente, puede llegar a ser más irritante que Jar-jar Binks, sobre todo cuando balbucea palabras mágicas o rimbombantes frases épicas. Eso dejando a un lado las peregrinas conversaciones mentales que mantiene con la dragona.
Jeremy Irons, intentando resarcirse de D&D, no logra sino estrellarse en una parodia de si mismo ciertamente espantosa, con un personaje que arrastra su ridiculez in crescendo hasta un malogrado final, tan insólito que no narraré aquí para no privaros de unas buenas carcajadas si decidís perder el tiempo con esta peli.
Y ya no digamos gente como Djimon Hounsou, que se pasea por escenas escandalosamente tontas y disfrazado de forma chistosa, con una cara de póquer tan perpleja como la mía.

El presupuesto de la película apenas se aprecia, ya que los CGI son del montón tirando a malos y hay una ausencia total de criaturas creadas en el taller (no se han molestado ni en poner cuernos a los úrgalos) Por otro lado las escenas de acción están rodadas a la manera confusa y embarullada de la que ya estoy hasta los mismísimos $%#@&.
Además la retorcida imaginación del diseño de producción nos va mostrando a lo largo de la peli buenas muestras de sicodélicos diseños pop, como la pasmosa adivina en su guarida, la enjoyada y pomposa espada de Brom, con ese pedrusco en la empuñadura propio de la versión más kitsch de Sara Montiel, o la traca final en el refugio de los vardenos, rebeldes que viven en las cuevas de Altamira y se visten como los Reyes magos de oriente. Todo un festival hortera al más puro estilo OT.

No creo que sea justo juzgar algo que yo no podría hacer mejor (ni peor) pero en este caso me veo obligado a proponer mi primer suspenso para este largometraje, tan olvidable como su referente literario.
Porque al fin y al cabo eso es lo que tienen los sueños ¿no? que la mayor parte de las veces acaban olvidándose.

Dictamen: 0



miércoles, noviembre 22, 2006

Saw III (2006)


El pasado once de noviembre veía la luz en nuestro país la última, aunque seguramente no definitiva, entrega de la franquicia slasher más exitosa de nuestros tiempos: Saw. Por tercera vez en otros tantos años (un record digno del mismísimo Woody Allen) tenemos la oportunidad de deleitarnos con los ‘juegos’ que Jigsaw propone a sus no tan desvalidas víctimas, con el único y altruista fin de intentar enseñarles a estimar correctamente el bien más preciado: la propia vida.
Lo que empezó como una modesta producción, sin muchas pretensiones y deudora explicita de filmes como Seven, se ha convertido, después de su descomunal e inesperado éxito inicial, en una superproducción del género, con inmensas campañas de publicidad a sus espaldas y el no solicitado honor de abanderar a los psicópatas cinematográficos del siglo veintiuno.

Si nos remitimos a los inicios, es obvio que el impacto inaugural de los virados argumentos de la serie (hay que tener en cuenta que los guionistas estaban bien curtidos en la gloriosa serie de culto Expediente X) fue tornando hacía la enajenación total en su segunda entrega. El argumento de Saw II escupía cambios de dirección sin ton ni son, pretendiendo y consiguiendo la artificial sorpresa del espectador, de forma, eso sí, bastante comprometida. Si el desbarajuste argumental se hacía cada vez más barroco (y más divertido en mi opinión) el nuevo enfoque otorgado por el director de la secuela, Darren Lynn Bousman, no se quedaba atrás. Las dosis de casquería y vísceras eran multiplicadas, y las complejas torturas se alejaban cada vez más de la realidad, dándole un carácter excesivo al film, más atrayente en mi opinión

Pues bien, si aquel episodio avanzaba por un peliagudo camino del exceso, pasando por encima del primer largo de James Wan, en esta tercera ocasión la escalada bizarra no sólo no se detiene, si no que se vuelve a elevar hasta extremos no previstos.
La trama se transforma en un barullo fascinante, con giros absolutamente tramposos, que evocan con calzador los anteriores episodios, pero que no dejan de ser irracionalmente divertidos. Desde la perspectiva del espectador la historia regresa al punto de partida, con menos personajes implicados y una trama más controlable, pero que, aún así, no deja de ser bastante inverosímil. Bousman se supera no dejándose atrapar por lo intrincado del guión y consigue hacerlo más efectivo si cabe. Centrándose en esta ocasión en las situaciones de horror generadas por los pueriles dilemas morales del protagonista, a la hora de decidir quien vive y quien muere.

Si en cada nueva entrega el estilo de la peli se hace más y más excesivo, como no podía ser de otro modo, ya habréis deducido la virtud más admirable de Saw III. En esta versión la violencia evoluciona hasta unas escenas gore de lo más feroces, que producían descargas incontrolables de adrenalina en el pase al que asistí. Las incomodas secuencias no dejaban indiferente a nadie, desde la sonrisa forzada, hasta los vómitos que precedían al abandono del cine (mentes débiles, no se asusten que no hay para tanto) A título personal debo decir que mi proto-esposa quiso matarme por obligarla a contemplar semejante salvajada (esto si que es un martirio y no lo del Jigsaw, debió pensar)
Los primeros 25 minutos del rollo nos abruman con tres torturas seguidas a cada cual más gore y atroz. La autofractura de un pie, el hombre atravesado por cadenas, el recipiente de ácido… situaciones extremas que llevan a nuestro cerebro a lo largo de un espinoso camino que termina en un estado de insensibilidad feromonal, que lo protege de lo que vendrá después.
Incluso teniendo en cuenta las descartables motivaciones de los personajes y el delirante intento de casar esta entrega con las dos anteriores, no se puede negar (al menos yo no puedo) el disfrute continuado durante las casi dos horas del metraje, mezcla de horror y esparcimiento. Desde luego si buscáis terror psicológico y sutil, o planteamientos inteligentes, ésta no es vuestra peli. Personalmente la impresión que me generó es que el equipo de rodaje acepta definitivamente que están haciendo puro rock´n roll y se dejan llevar por el espectáculo sin hacerse preguntas.

Saw III pertenece a una generación de cintas que prácticamente ya podrían constituir un nuevo subgénero dentro del cine de terror. Junto a películas como Hostel o Destino final (edulcorada esta última, y con desiguales dosis de éxito en cada caso) Saw se erige como el buque insignia de historias donde la coherencia es lo de menos, y el regocijo y el exceso lo principal.
Tal vez estas producciones no aporten mucho a nuestro amado género, pero es probable que en la era del pay per view no podamos aspirar a mucho más.

Dictamen: III



miércoles, noviembre 01, 2006

A scanner darkly. Una mirada en la oscuridad (A scanner darkly, 2006)


Si realmente existen películas capaces de sorprenderte, no hay duda de que A scanner darkly es una de ellas. Si bien la cacareada técnica del rotoscopio interpolado (una suerte de herramienta que permite dibujar sobre imágenes reales previamente filmadas) es ya, en si misma, bastante imprevista, lo menos que uno puede esperar es a encontrarse después con una película de ci-fi que no abusa (casi ni usa) de los típicos efectos especiales o de las secuencias de acción más delirantes.
A scanner darkly es, fundamentalmente, una película de personajes, que, tras una cortina de humor negro, reflexiona sobre cuestiones tan habituales como la soledad o la prestancia de un código ético unipersonal.

La trama gira alrededor de Bob Arctor (interpretado por el soso de Keanu Reeves, al que el rotoscopio hace un gran favor) un agente antivicio que recibe la misión de espiar a sus propios amigos, consumidores éstos de la droga de moda: la sustancia D. A pesar de albergar serias dudas, Bob accede a infiltrarse en el mundo de los yonkis, muy ligado éste, en el contexto de la peli, a la guerra contra el terrorismo. Al mismo tiempo que la sustancia D se va apoderando de él, Bob se enamorará de una espectacular Donna Hawthorne (aquí el rotoscopio sobra) a la que da vida la cleptómana más famosa de Hollywood, y vivirá mil situaciones –entre cómicas y terroríficas- que van desde el delirio paranoide a la situación más absurda.

Richard Linklater dirige la película con oficio y sabe administrar muy bien las dosis de humor, por lo que en casi ningún momento decae la atención. La idea que sustenta el guión, como siempre cuando hablamos de algo que tenga que ver con Philip K. Dick, es muy original e interesante, con una sorpresa final de las más inquietantes que he podido ver últimamente en el cine.
Uno de los aspectos más extraordinarios, es el acercamiento al mundo de las drogas. El filme se mofa hasta la extenuación del mundillo del consumo de éstas, tanto de la ridiculez de la lucha contra ellas como de la lamentable autocomplacencia de los consumidores (todo es parodiable, pero esto lo es más, si cabe) Y es aquí donde puede que encontremos el punto fuerte de la peli.

Como factores en contra quizá me sobre el dichoso rotoscopio ¿qué necesidad había? Linklater lo utilizó con éxito (al menos en lo referente a promoción) en su anterior film, Walking life. Pero en esta ocasión me pregunto si la modernilla técnica no se impone como un obstáculo al desarrollo de la cinta.
Aunque, como he dicho anteriormente, los momentos cómicos estén bien administrados, la peli deja la vaga sensación de que podría haber llegado más allá. La espectacular bis cómica de Robert Downey Jr. y Woody Harrelson no está exprimida al máximo, y cada secuencia da la impresión de necesitar otra vuelta de tuerca para quedar perfectamente ajustada.
Por otra parte, el relato de Dick quizá no diera para un largometraje (la película es bastante corta) y algunas de sus secuencias parecen estiradas sin necesidad.

Finalmente, y a pesar de algunos pequeños detalles en su contra, creo que A scanner darkly es una dignísima y original obra del cine de ciencia ficción actual. En la que, a parte de la moraleja obvia (si te drogas mucho te quedas gilipollas) trasciende una excelente narración de falsas apariencias, ya sean personales o de cualquier otro tipo.
¿Realmente conocemos a la persona que duerme a nuestro lado?

Dictamen: III



martes, octubre 24, 2006

Hijos de los hombres (Children of men, 2006)


Los hijos de los hombres somos todos, pero ¿qué ocurriría si el último de nosotros ya hubiera nacido? Bajo este planteamiento Alfonso Cuarón nos presenta, en su último y peculiar film, un nuevo relato sobre la manida sociedad distópica en la que el ser humano la ha vuelto a cagar (otra vez) y retrocede, cuesta abajo y sin frenos, al estado de naturaleza. Típica y tópica historia, escrita y filmada cientos de veces, basada en la novela de P. D. James, y que recuerda tanto a ciertos clásicos de la literatura de anticipación, como a los archiconocidos 1984 o Un mundo feliz, que ya aburre. El deforme visionado de una sociedad como la nuestra unos pocos años más vieja -años que la habrían hecho evolucionar hacia las posturas más radicales y fascistas que hoy podemos imaginar- ya no impresiona a nadie, sobre todo cuando el desarrollo de la peli en cuestión se parece demasiado a cualquier telediario de las tres de la tarde. En un momento del film, un programa de radio pincha una canción del 2003 y el locutor reza algo así como ‘aquella época en la que el mundo no era consciente de que todo se iba a ir a la mierda’… lo diría por él.
Para disfrutar de una buena reinterpretación de este tipo de subgénero de la ciencia-ficción, recomiendo V de Vendetta, novela gráfica del genial Alan Moore, mucho menos maniquea y con propuestas realmente atractivas.

A partir de aquí, y teniendo en cuenta que la trama no me parece ni original ni demasiado interesante, se puede decir que la película está salpicada de claros y oscuros.
El reparto es una de las facetas a destacar (a pesar del timo que resulta ver a Julianne Moore en los títulos de crédito) Un sorprendente Michael Caine respalda al soberbio Clive Owen; quizá el actor más carismático del Hollywood actual, que se basta solo para sostener el proyecto, incluso en sus ratos más plomizos. Todos ellos dicen tacos y fuman pitillos lo cual es muy de agradecer. Otro punto a favor es la fotografía, de lo más sugerente y acertada para transportarte a un futuro cercano en el que las cosas son casi como ahora, pero más feas. Probablemente no tuvieron que exprimirse demasiado para encontrar las localizaciones, y esto es uno de los mayores aciertos del film; en medio de la confrontación final en la que se ven sumergidos los protagonistas, no es difícil reconocer las mismas caras que vemos a diario en Mogadiscio, Haití, Palestina o Bagdad. La recreación de un eterno conflicto armado enquistado y callejero es notable.

Pero por otra parte el guión se pierde en una sucesión de acontecimientos predecibles y aburridísimos, con muy pocos instantes de verdadera emoción. El ritmo de la película sufre muchos altibajos, incluso teniendo el cuenta que el director (muy desacertadamente en mi opinión) nos marea con la cámara al hombro durante todo el metraje; esta técnica tiene su explicación en algunos minutos del rollo, pero llega a ser incluso irritante en otros.
En ocasiones da la impresión de que si no fuera por la buena interpretación de Clive Owen, haciendo de tipo corriente al que la vida ha maltratado, la película se haría virtualmente insoportable. Sin embargo en otras (como en los minutos finales, a pesar del tijeretazo que supone el propio final) la película es interesante y se deja ver.

Por último, debo decir que empiezo a no digerir correctamente la carga de moralina implícita que llevan este tipo de producciones. Para ver a un necio que se precipita al abismo, llevándose su propio planeta por delante, no tengo que ir al cine, basta con que me quede en casa y me mire al espejo.

Dictamen: II

Nota: Transcurrido un tiempo me da la sensación de que debí puntuar mejor a esta peli. Aunque sólo sea por lo bien hecha que está.



miércoles, octubre 18, 2006

El laberinto del fauno (2006)


Con algunos cineastas ocurre… no con muchos la verdad, pero de vez en cuando estrena peli el típico director que sabes que no te defraudará. No me refiero a aquellos que han hecho las grandes obras maestras del siglo veinte –los mismos que más tarde se arrastraran en proyectos lamentables, porque Hollywood es así- y que te defraudan una y otra vez, quizá porque el grado de exigencia es demasiado elevado. Más bien hablo de esa casta de artesanos de clase media que normalmente mantienen un nivel de calidad constante en todas sus películas; en mi opinión, Guillermo del Toro pertenece a esa escuela de amantes del cine que siempre cumplen, que son capaces de lidiar con una superproducción hollywodiense y salir airosos, y al mismo tiempo hacer hueco para realizaciones más personales.

Con ganas de pasar un buen rato y la confianza de que no me defraudaría, acudí el día del estreno a ver El laberinto del fauno, uno de esos proyectos de cariz más personal que surgen entre vampiros negros y chicos demonio. Filmado en la lengua madre del mejicano y con euros y pesos en vez de dólares, Guillermo regresaba al pseudo-universo planteado ya en El espinazo del diablo, que ronda la Guerra civil española -ya sea antes, durante o después- y que tanto me había agradado en su anterior edición. Todo apuntaba a una buena sesión de palomitas… lo que no podía esperar era encontrarme con una de las mejores películas de género fantástico que he visto en mucho tiempo.

El laberinto del fauno es, ante todo, una historia. Una historia de amor y muerte, de ternura y de violencia, que mezcla fantasía y realidad como si de un Martini con vodka se tratase (no agitado) La combinación de un mundo de ensueño con la cruda realidad es magnifica, a lo largo del film intercalamos el viaje fantástico de Ofelia (la niña protagonista) con la ruda lucha de los maquis contra el régimen fascista recién implantado en España. Ambos argumentos se entrelazan y gozan de una energía asombrosa, queriendo en cada caso, como espectador, que la acción no termine para cambiar de tercio.

En el lado de lo terrenal un magnifico Jordi López representa al típico arquetipo del militar fascista y franquista. Recio y estricto, carente de ningún tipo de escrúpulo cuando la ocasión lo requiere y severo incluso con sus seres queridos; un autentico bastardo que se llena la panza de cordero mientras decide otorgar una sola cartilla de racionamiento a cada familia a su cargo. El tópico funciona a la perfección, porque todo cuento requiere de un ‘malo’, y el Capitán Vidal es un perfecto hijo de puta. Muchas de las secuencias hiperviolentas que protagoniza otorgan una gran intensidad al relato, intensidad que no sé hasta que punto hubiera sido posible si el rollo hubiera hablado en inglés.

Uno de los puntos fuertes de la cinta es la parte emocional, las inquietudes afloran durante todo el metraje: sientes la impotencia de los masacrados maquis, eres consciente del sufrimiento de algunos personajes, te dejas llevar por el mundo mágico que recorre la niña y llegas a clamar venganza en más de una ocasión. Momentos como el protagonizado por el guerrillero tartamudo son simplemente excelentes y hacen triunfar al filme allí donde naufragó El espinazo del diablo, aquella era una historia de terror que no daba miedo, en esta ocasión nos topamos con una fábula que sí emociona. Mucha culpa de ello la tienen los actores, de entre los cuales me gustaría destacar sobremanera al médico (Alex Angulo) y a la sirvienta (Maribel Verdú) –a pesar de que en esta ocasión no se le vean las tetas- que bordan sus papeles, siendo el Doctor, protagonista de uno de los momentos más emocionantes del largo.

La factura técnica de la película es realmente impecable, al nivel de cualquier producción yanqui. Los efectos especiales son de lo mejor que he visto, mezclando tecnología digital con un componente artesanal de disfraces, maquillajes y atrezzo. El fauno –al que da vida Doug Jones, quién interpretara a Abe Sapiens en Hellboy- está especialmente logrado y algunas criaturas, como la que tiene los ojos en las palmas de las manos, son asombrosas. Un ejemplo de saber hacer. Por otro lado, la música, compuesta por Javier Navarrete, también cobra protagonismo a medida que avanza la cinta, apoderándose prácticamente de ella hacia el final.

Definitivamente, y teniendo en cuenta que disfruté un subproducto tal como Blade II gracias a la mano del gordo de barbas (sobre todo escuchando sus comentarios en off) queda claro que no soy objetivo con Guillermo del Toro, pero aún así, creo que estoy en disposición de decir que El laberinto del fauno es su mejor obra hasta el momento, y que probablemente no sea la última.

Para terminar únicamente os pido que recordéis la moraleja de este cuento: y es que obedecer, así, sin más… no tiene por que ser lo correcto, al menos no siempre…

Dictamen: IV