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martes, diciembre 04, 2007

Beowulf (2007)


La segunda peli con guión del genial Neil Gaiman no está hincada en tebeo alguno (aunque los haya habido basados en su historia) y, aparentemente, no tiene relación ninguna con el mundo del cómic. El sobresaliente guionista y escritor parece estar abriéndose hueco entre la vorágine hollywoodiense.

Beowulf adapta el poema épico anglosajón del mismo nombre. La historia del héroe cazador de monstruos fue llevada al celuloide al menos dos veces en los últimos años, con resultados desiguales: Beowulf, la leyenda, infumable subproducto con Cristopher Lambert al frente; y Beowulf & Grendel, producción canadiense de bajo presupuesto digna y respetable.
Teniendo en cuenta que los sajones han dominado y dominan el negocio del cine, resulta extraño que semejante relato no hubiera sido adaptado con rotundidad hasta este preciso instante. Eso mismo debió pensar Robert Zemeckis, quien apoyado en una singular técnica de efectos visuales ya utilizada en su anterior filme, Polar express, se lanzó a consumar la versión definitiva del poema, el cual, realizado con otros medios más artesanales, habría incrementado su presupuesto en unos cuantos millones.

El texto original, sin título hasta principios del siglo XIX -cuando se lo empezaría a llamar Beowulf- es de una importancia inmensa para las lenguas sajonas, comparable, por ejemplo, a lo que supone el Cantar de mío Cid a nuestro idioma.
La trama originaria consta de tres partes, una primera en la que Beowulf se enfrenta al demonio Grendel y a la madre de este, la segunda fracción en la que Beowulf es rey, y una tercera y última en la que enfrenta a un dragón, con desenlace final que no revelaré ahora.

Es aquí donde se aprecia la mano de Neil Gaiman a las riendas del guión. Firmado a pachas con Roger Avary (destacable cineasta y guionista, eternamente recordado para mí por ser la pluma que escribió la historia de Butch, el boxeador corrupto de Pulp fiction) parece que al final la mayor parte del trabajo recayó en el escritor británico.
Para trabar las tres partes del poema clásico entre sí, Gaiman inventa una trama de padres a hijos de lo más acertada, que no desentona en absoluto con el resultado final y que se adapta como un guante al espíritu de la leyenda. En la peli se puede escuchar como se recitan partes del poema de forma fidedigna, así como las canciones propias de los vikingos, magistralmente insertadas.
En definitiva, el punto fuerte de la cinta no es sino el guión de Gaiman, sencillo pero potente, legendario a la vez que realista. Los personajes hablan y actúan como deberían hacerlo las gentes de aquella época, y los deliciosos monstruos que aparecen están incrustados de forma formidable en la historia.

Pero, como no, hay un pequeño gran defecto (siempre hay uno) La susodicha técnica de animación digital utilizada por el director no tiene fuerza para sorprender durante más de 10 minutos. Más allá de ahí, lo que podemos contemplar es una suerte de personajes sin vida que recitan diálogos interesantes sin un ápice de emoción o sentimiento en sus palabras. Los movimientos son artificiales y la pretensión de realidad se cae como un castillo de naipes transcurrida media hora de metraje. Sinceramente creo que Beowulf habría sido una grandiosa película de haber sido rodada a la antigua usanza; o incluso una excelente peli de animación si eso hubiera sido lo que se proponía. Sin embargo el resultado final queda entre dos aguas, como una especie de no-muerto sin energía ni agitación.

Concluyendo, Beowulf es un proyecto más que interesante y entretenido, nacido de las nuevas tecnologías y machacado, a mi modo de ver, también por esas mismas. Los elementos del cine convencional funcionan a la perfección, como bien ejemplifica la extraordinaria partitura musical de Alan Silvestri, y sin embargo la puesta en escena se vuelve a menudo tan caótica y descontrolada como sólo es posible alcanzar con un ordenador.
Por favor, señores, dejen de intentar que parezca real lo que no lo es.

Dictamen: III


(*) Artículo publicado inicialmente en el magnífico weblog de cómics Es la hora de las tortas!!!




martes, noviembre 06, 2007

Stardust (2007)


Por fin el legendario Neil Gaiman en la pantalla grande, uno de los pocos gurús de la narrativa comiquera que faltaba da el salto al mundo del cine. Si bien la obra elegida para abrir las hostilidades en cuanto a adaptaciones del genial escritor inglés se refiere no es uno de sus cómics más reconocidos (de hecho ni siquiera es un cómic) Stardust cumple con eficaz precisión la tarea de trasladar el mundo mágico de Faerie, junto con el resto de creaciones fantásticas paridas por Gaiman para la ocasión, a las salas de todo el mundo.

Si exceptuamos la aventura como guionista que supuso para el creador de Sandman la fallida obra de su amigo y compañero Dave McKean -La máscara de cristal- Stardust es la primera aventura del escritor inglés en el mundillo del celuloide. Involucrado en el proceso de producción de la peli, Gaiman ha vigilado y supervisado el desarrollo de la cinta dando finalmente el visto bueno al resultado final (no sabemos si a regañadientes) y asumiendo ligeros cambios respecto al relato original ilustrado por Charles Vess. El espíritu de aquél se mantiene intacto en el filme que tenemos entre manos, sin embargo pequeñas modificaciones hacen que lo narrado se ajuste a la calificación por edades y el dulcificado final se adapte mejor a todas las sensibilidades. Punto negro de la peli, sobre todo si tenemos en cuenta que estos pasos atrás no han logrado el ansiado y buscado éxito de taquilla.

No obstante, Stardust alberga más aciertos que errores, contemplándose todo el metraje con una sonrisa de satisfacción casi desde que empieza hasta que termina. La película se distancia de la basura del género realizada en los últimos tiempos (dícese de ignominias como Eragon o Las crónicas de Narnia) y rememora aquellas producciones fantásticas que marcaron nuestra infancia (Willow, Cristal oscuro, Legend, La princesa prometida…) superando incluso alguna de ellas. El enfoque y la trepidación de la peli recuerdan muy en concreto a La princesa prometida, ese clásico de los ochenta y buen ejemplo de cómo debe rodarse una de aventuras.
El sentido del humor amable (y un poco negro) tan propio de Gaiman, permanece inalterado en el rollo, y diría que las situaciones de humor incluso superan aquellas que leímos en el relato. Los fantasmas que anhelaban el trono del mundo mágico, la coqueta bruja que envejece por momentos, el absolutamente extraordinario cazador de rayos (interpretado por un sobradamente histriónico Robert De Niro, pero graciosísimo en esta ocasión) dan buenos ejemplos de cómo utilizar la simpatía para engrandecer una producción de no demasiadas pretensiones.

Todos los actores dan el pego a la perfección (la belleza de la Pfeiffer es realmente de otro mundo) exceptuando, quizá, al sieso de Charlie Cox, que aunque no resulte demasiado creíble como héroe enamorado, por lo menos no destruye la película con su interpretación. Mención especial para los hijos del rey (interpretado por el mítico Peter O´Toole) todos ellos divertidísimos, tanto en la vida como en la muerte.
También las escasas escenas de acción están excelentemente rodadas, si no fuera porque en muchas ocasiones se ven auspiciadas, eso sí, por unos rancios efectos especiales casi en su totalidad digitales y a todas luces baratillos.

En definitiva, Stardust es una dignísima adaptación del relato original; una buena película de fantasía y aventuras, con un tono romántico no demasiado empalagoso y un sentido del humor muy de agradecer. Si a eso le añadimos actores de renombre y la vasta imaginación de Neil Gaiman obtendremos, sin lugar a dudas, una producción digna de verse y que supera ampliamente, no hay ni que decirlo, a las patrañas fantásticas que se han visto últimamente.

Dictamen: III

(*) Artículo publicado inicialmente en el magnífico weblog de cómics Es la hora de las tortas!!!


martes, octubre 16, 2007

La princesa prometida (The princess bride, 1987)


Un buen amigo mío defiende la teoría de las mezclas. Según esta corriente de pensamiento, si dos planteamientos son válidos por separado, al juntarlos darán un producto irremisiblemente permitido. Para ejemplificarlo en su peculiar forma de razonar acude siempre a gustos culinarios: ‘Me gusta la mermelada de fresa y me gusta el jamón serrano’ dice, ‘por cojones me gustará la mermelada con jamón’, y efectivamente así es. Esta absurda hipótesis probablemente haya sido extraída de algún capitulo de Friends o similar, pero sea como fuere sirve como punto de partida para La princesa prometida.

En 1987 Rob Reiner logró reunir en una misma producción a un heterogéneo plantel de maravillosos astros de la imagen y el sonido, como fueron el mismísimo detective Colombo, Kevin Arnold de Aquellos Maravillosos años, la novia de Forrest Gump, Mark Knopfler, André el Gigante de la WWF y Billy Cristal entre otros. Siguiendo la teoría de mi desafortunado amigo, absolutamente oportuna para esta ocasión ¿acaso es posible que el resultado final no sea una película extraordinaria?

Partiendo del formidable guión de William Goldman, basado en su propio libro que a su vez estaba basado en otro texto más denso que en realidad no existe, Reiner recrea una historia fantástica de princesas, gigantes, espadachines y piratas a un ritmo narrativo espectacular y con un sentido del humor amable y blanco, totalmente apropiado. El librillo escrito por Goldman es toda una lección de cómo aunar la magia de la literatura con la cadencia del cine y salir airoso. La trepidación de la que hace gala el filme, a la vez que se fundamenta en un más que pausado compás de acción, es un buen ejemplo del encanto del que disfrutábamos en las producciones de los ochenta, muy lejos de la confusión actual en casi todos los aspectos de un film. Las secuencias de acción de La princesa prometida son claras y diáfanas, muy entretenidas y con toques de humor excepcionales. El argumento no deja ningún cabo suelto y la trama avanza sin un segundo de respiro. Toda una muestra de puesta en escena y guión cuasiperfectos.

A margen de esta, a mi entender, corrección formal, la peli da muestras de verdadero cariño por el género del que se está ocupando. El legendario Inigo Montoya (efectivamente, con n en los créditos) y su abnegado propósito de venganza son tratados de forma majestuosa en el rollo: ‘Hola. Me llamo Iñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir.’ Así como la interesante trama del pirata Roberts, la entrañable pareja de curanderos o las inevitables localizaciones para este tipo de producciones: Los acantilados de la locura, El pantano de fuego, La fosa de la desesperación, etc. Todos y cada uno de los fundamentos del film son tratados de forma respetuosa y simpática, utilizando el sentido del humor más genial para salir triunfantes de situaciones totalmente ilógicas:
‘Amor verdadero…’
‘¡Farolero! ¡Ha dicho farolero!’
Decenas de frases citables vienen a la mente cuando se habla de La princesa prometida, y eso siempre es un punto a favor en mi opinión.

En definitiva, el título que nos ocupa es otro buen ejemplo de cine de otro tiempo (la sagrada década de los ochenta) del que ya no se hace. Simpático y divertido como pocos pero a la vez correcto y respetuoso con el espectador. ¿Tan difícil es dar con la tecla que hoy en día es prácticamente imposible disfrutar de una obra así? ¿Tan imposible es que atiendan a nuestras reclamaciones de consumidores irredentos? Un simple ‘como desees’ nos bastaría… ¿o no?

Dictamen: IV



martes, junio 19, 2007

Blade II (2000)


Una vez más Guillermo del Toro recoge el testigo con otra extraordinaria versión cinematográfica de un cómic, Blade II. Aprovechando la estética y la perspectiva otorgada al personaje para la primera cinta, se reanudan las aventuras del cazavampiros negro que en esta ocasión deberá unir sus fuerzas con las de sus habituales presas, con el fin de combatir a un nuevo enemigo.

El director mexicano aceptó la patata caliente que podría haber resultado la secuela del vampiro que caza vampiros y optó por darle un enfoque diferente, alejándose en cierto modo de las formas de la primera entrega. En esta ocasión se desarrolla una historia que cuida los tintes terroríficos con más mimo que su predecesora, y que une de forma magistral las referencias al cine de terror clásico con un estilo videojuego de esos de repartir estopa.

Blade II olvida las fuertes pretensiones de postmodernidad eructadas por Stephen Norrington y se recrea en una visión más monstruosa del mito del vampirismo. El líder de los chupasangre ya no tiene aspecto de yuppie mafioso sino que recuerda más bien al Nosferatu de Murnau. Característica que comparte con los Segadores, nuevas criaturas introducidas para la ocasión, más aproximas a los monstruos de la Universal que a los vampiros modernos de Anne Rice.

El espíritu de la cinta es espectacularmente comiquero, incluso más que en la primera entrega, a pesar de que se aleja aún más si cabe del referente literario. La escuadra de vampiros dirigida por Nyssa parece un supergrupo de héroes (o de villanos más bien) y cada componente dispone de unos minutos de gloria para ejemplificar su modus operandi y las disciplinas en las que es más hábil.
De entre todos ellos destaca Reinhardt -personaje interpretado por Ron Pearlman quien más tarde daría vida a Hellboy, nuevamente de la mano de del Toro- La cómica interactuación entre Blade y él es uno de los puntos fuertes de la peli, siempre que no se tome muy en serio.

Y es que el mayor acierto de Blade II no es sino el sentido del humor que destila en casi todos los planos. Queda claro que nadie se toma en serio la peli y que la búsqueda de la diversión sin complejos es el único objetivo. Guillermo del Toro fuerza el guión al máximo para conseguir una cinta a ritmo frenético, eliminando varias secuencias que pudieran ralentizar la trama. La acción descerebrada, pero clara y efectiva, invade prácticamente todo el metraje, con Wesley Snipes consagrándose como uno de los mejores artistas marciales, participando de una serie de impecables coreografías (ríete de Matrix) mezcla de estilos de lucha, como él mismo explica.

Muchas subtramas de la peli, como la pseudo-relación amorosa entre Blade y Nyssa o el choque generacional entre Whistler y Scout, son irremediablemente cómicas, fuera esa la intención o no. No hay más que escuchar los comentarios de la edición especial en DVD para ser conscientes de que Guillermo consideraba graciosas estas escenas, así como alguna otra con efectos digitales lamentables, que él mismo describe entre risas como una de las peores de la historia.

El guión de David Goyer es, en mi opinión, el mejor que ha firmado hasta la fecha. Ayudado por la habilidad narrativa del director, los textos resultan amenos y carentes de la torpe trascendencia que ha pretendido insuflar a otros productos, como por ejemplo en Batman begins. Esta vez escribe una de monstruos y mamporros, como requiere la ocasión, y nos dejamos de zarandajas.
Además no debemos olvidar el pequeño papel redactado para mayor gloria de Santiago Segura, con aquella épica frase en el idioma vampírico que rezaba algo así como: “¡Torrente-tres!”.

El sentido del humor y la ausencia absoluta de pretensiones, unido a una más que correcta espectacularidad visual con Snipes a la cabeza en el arte de repartir hostias, hacen de Blade II una peli digna de verse. De mis favoritas en lo que a adaptaciones de cómic se refiere, aunque en esta ocasión quede lejos la apuesta inicial en papel.

Dictamen: IV

(*) Artículo publicado inicialmente en el magnífico weblog de cómics Es la hora de las tortas!!!


lunes, junio 11, 2007

Blade (1998)


En esta ocasión repasamos uno de esos casos en los que, aún apartándose de la premisa del superhéroe Marvel, éste sirve como plataforma para una exitosa cuasi-nueva franquicia que ha generado ya tres largometrajes y una serie de televisión.
Blade fue creado por Marv Wolfman y Gene Colan en los años 70 como personaje secundario de la serie La tumba de Drácula, más concretamente en su número 10. Originariamente el héroe se trataba de un cazavampiros y trompetista simplemente humano que clamaba venganza contra el Señor de la noche (Batman no, el otro) y contra un vampiro de blancos cabellos llamado Deacon Frost. Según el cómic creado por Wolfman y Colan, Frost habría matado a la madre de Blade en el preciso instante en que éste nacía. Debido a ello el niño se habría criado en el prostíbulo donde trabajó su progenitora y, por otro lado, habría adquirido la inusual capacidad de ser inmune a la mordedura del vampiro. Ya crecido, el chico aprenderá todo lo relacionado con los chupasangre de su amigo y mentor Jamal Afari (ex-cazavampiros que, finalmente, muere a manos del mismísimo Drácula) además de familiarizarse con la trompeta y tocar junto a él en el Slow Boy’s.
Blandiendo cuchillos de madera y arropado por un equipo de cazadores de chupópteros, Blade intentará dar caza tanto al asesino de su madre como al señor de todos los vampiros, así como a cualquier otra criatura de la noche que se le ponga por delante.

A golpe de vista, las diferencias del Blade cinematográfico con su versión en papel parecen claras. En esta ocasión tenemos un personaje de imagen real que no se parece prácticamente en nada a su referente literario.
David S. Goyer firma un guión que prescinde casi por completo de los planteamientos originales del cazador negro para reajustarlos a los tiempos modernos. Tomando influencias de aquí y allá: los juegos de rol, la perspectiva científica del vampirismo o incluso la saga de vampiros modernos de Anne Rice, finalmente Goyer daba a luz un texto que poco tiene que ver con el inicial, exceptuando algunos planteamientos de salida y los nombres.

Stephen Norrington, años antes de torturarnos con La liga de los caballeros extraordinarios, dirigía una cinta en la que Blade era Wesley Snipes, y ya no se trataba únicamente de un simple humano inmune a los vampiros. Para esta ocasión la mordedura de Frost (que, como descubriremos al final, ni siquiera mató a su madre) transfirió a la sangre del niño todas las preeminencias del vampiro y ninguna de sus debilidades, excepto la sed. En el filme el resto de colmilludos conocen a Blade como ‘El que ha visto el Sol’ y se trata de un cazador con variados poderes, apoyado por un compañero inventor y genetista que le procura miles de gadgets y un suero para combatir la sed (papel interpretado por Kris Kristofferson, al que no puedo evitar recordar cantando en TVE1 alguna Nochevieja del ochenta y pico)

Por lo tanto la película partía de algunas premisas lejanamente similares al tebeo, para abandonar sin mediar palabra el estilo clásico de terror setentero y sumergirse en una orgía de acción y música electrónica más al gusto del espectador de los años 90. Norrington desecha por completo el punto de vista del horror, que podría haber albergado el personaje, para optar por una peli de acción frenética en la que no faltan disparos, desintegraciones y artes marciales.
Para ser un largo cercano al siglo XXI, he de decir que no escatima en sangre y situaciones violentas, como la paliza que Blade le propina al siervo humano de Frost (al más puro estilo Steven Seagal en Por encima de la ley) o las múltiples mutilaciones que sufre uno de los lacayos del citado vampiro sangre-sucia, lacayo que cumple un papel cómico en el film ciertamente infumable.

El estilo vídeoclipero tan en boga en estos tiempos, es rescatado a mi entender por la pericia de Wesley Snipes para rodar escenas de acción. El mejor artista marcial con el que cuenta Hollywood actualmente, se explaya en algunas secuencias de lo más interesantes que, como se demostraría en la secuela Blade II, aún podrían ser mucho mejores con un buen artesano detrás de la cámara.
Snipes doblega facilmente a su contrapartida en el reparto, Stephen Dorff, en el duelo interpretativo, simplemente con poner la cara, repartir leña y recitar frases ridículas. Al otro le veo más en su sitio participando en vídeoclips de Britney Spears.

Blade destaca por aportar una revisión total y absoluta, cargada de referencias, de un héroe practicamente olvidado, así como por unos efectos especiales de lo más correctos y una estética videoclip que, al contrario que en El cuervo, esta vez no me gusta un pelo. A pesar de ello, los mamporros que reparte el negro de la gabardina bien merecen un revisionado.
Como muchas de las producciones de este estilo, quizá cometa el fallo de tomarse demasiado en serio a si misma. Precisamente por eso considero a Blade II un peliculón.

Dictamen: II

(*) Artículo publicado inicialmente en el magnífico weblog de cómics Es la hora de las tortas!!!



martes, mayo 29, 2007

Cristal Oscuro (The Dark Crystal, 1982)


Todos sabéis quien es el genio Jim Henson. El Señor de las marionetas (no, no estoy hablando de Aznar) El Señor de la fantasía que nos ha hecho disfrutar con maravillas como Barrio Sésamo, Fraggle Rock, Dentro del laberinto o esta peli de la que os voy a hablar.

Para empezar, un aviso: Jim Henson decidió hacer una cinta adulta. Una película oscura y trágica, donde los renacuajos se iban a flipar a no ser que fuesen tan raros como yo o mis jefes (sí, Mario y Boris). De hecho es una de las cintas más incomprendidas de Henson y por desgracia no saltó a la palestra hasta mucho tiempo después.

No hay futuro desde que los Urskeks se dividieron y crearon el caos. La raza esta partida en dos: Skekses y Místicos. Los segundos se dedican a pensar sin importarles nada de lo que les rodea, y los Skekses, seres tiránicos, han poblado de tristeza y odio un mundo de magia a punto de terminar. Entre sus logros, se encuentra el haber destruido a los Gelflings, raza que, según la profecía, reconstituirá el Cristal Oscuro y restaurará la paz en la tierra. Pero no todos están exterminados, Jen sigue vivo y está dispuesto a que la profecía se cumpla; con la ayuda de Kira una gelfling hembra, correrá una serie de aventuras envueltas en una trama de misterio, muerte y traiciones.

El argumento salió de la cabecita de Henson, dispuesto como estaba a llevar a cabo el film costase lo que costase, fuese un desastre en taquilla o un exitazo (arrasó en países como Japón y Francia y pasó un poco mas desapercibida en los USA) Nadie quería ver muñecos, nadie quería una película entera con bichos articulados y menos con toques tenebrosos, donde la muerte juega un papel importante. Henson se la jugó y fue a por todas.

La base fundamental de la peli son las marionetas, robots con ruedas y motor. Un trabajo arduo, cansado y que procuró más de un problema a los autores, ya que la idea era conseguir la máxima expresividad y que todo pareciese natural. Hablamos de un tío que estaba acostumbrado a este tipo de trabajo y que necesitó la inestimable ayuda del Frank Oz, genio, director y doblador (la conocida voz de Yoda es). Con todo, casi mueren en el intento; necesitaron cortar escenas, invertir dinero y mantener la fe.
Por otro lado resulta altamente recomendable comprarse el DVD por el Making off (ALUCINANTE) y por varias tomas que más tarde fueron cortadas.

El guión mezclaba amor y miedo con mucha soltura y sin que nada chirriara... y eso que parecía que iba a ser una peli para niños, con marionetas y hadas. No querían actores, sólo voces y mucho esfuerzo. Sumado a esto, la música se complementa perfectamente, procurándonos momentos tan alucinantes como la conclusión de la cinta, uno de los finales más bonitos que jamás haya visto.

Todo está vivo en El Cristal Oscuro. Desde una simple sonrisa hasta una lágrima o, incluso, la muerte y la humillación.

Dictamen: IV



lunes, mayo 21, 2007

Lancelot du Lac (1974)


Lancelot du lac está universalmente considerada una obra maestra del cine. La razón es, probablemente, por que no se trata de un filme al uso. Muy al contrario, nos encontramos ante una de las visiones del mito artúrico más personales y extravagantes de la historia del cine.
Sin embargo, Lancelot du lac no soporta ningún tipo de comparación con la muy superior Excalibur (1981) e incluso con la excesivamente hollywoodiense Los caballeros del Rey Arturo (Knights of the round table, 1953). Lo cierto es que esta obra resulta tan irregular como aburrida.

Para muchos Lancelot du lac representa el máximo exponente de la estética de su director. Y quizás sea este el mayor fallo: Bresson esta excesivamente presente todo el rodaje.

La historia que se narra en Lancelot du lac es una versión árida y dramática de las leyendas en torno al Rey Arturo. La película abre con un texto en el que se nos cuenta como los caballeros de la Mesa Redonda han estado buscando durante años el Santo Grial hasta que vuelven derrotados a su hogar. Han fracasado y en su viaje han perdido a muchos de los suyos.
Sir Lancelot decide hablar con la reina Ginebra, a la que hace tiempo que no ve, para convencerla de abandonar su amor prohibido. Mientras tanto Mordred, el único caballero que no partió en busca del Grial, conspira por el poder.
La trama es tan sencilla como parece sólo que los múltiples fallos de la cinta impiden el menor acercamiento del espectador hacia esta.

Ante todo quiero remarcar el trabajo de los actores. Simplemente por que creo que es espantoso. La actitud de todos los personajes apenas difiere según la situación o el diálogo. En definitiva, en el Camelot de Bresson todo el mundo se limita a mirar con los ojos entornados y recitar su texto sin la menor emoción. Ya pueden ser dos enemigos mortales o amantes apasionados. La actitud no varía. Los diálogos, por lo tanto, son siempre monótonos y desesperantes. La dimensión trágica del relato no aumenta al usar este método, sino que se diluye. Al final, todo el argumento se reduce a una mala obra de teatro.
Los propios diálogos tampoco ayudan en absoluto, pues son muy forzados y obvios. Probablemente esa obviedad sea necesaria para ocultar una profundidad aun mayor en la trama, pero sólo consigue que los personajes resulten títeres completamente irreales.

Los escenarios minimalistas se han señalado muchas veces como otro acierto de Lancelot du lac. Los escenarios, a mi parecer, no sólo son minimalistas, sino absurdamente pobres y anacrónicos, dejando una triste sensación de desgana en la dirección artística y diseño de producción. En ningún momento sentimos el castillo, ni aún cuando fuera adecuado no mostrarlo de forma explícita. La ausencia del más mínimo lujo nos hace dudar si realmente esa es la Mesa Redonda o la mesa del comedor de un caserón cualquiera. Los caballeros duermen como mendigos en tiendas de campaña (de curiosos y llamativos colores). Igual de pobre y anacrónico es el vestuario de los personajes, hasta el punto de ser simplemente aleatorio, sobre todo el de los campesinos. Los caballeros si bien llevan sus típicas armaduras, también dejan entrever calzas púrpuras que les restan la menor seriedad.

Las batallas nunca se muestran, haciendo hincapié en los violentos efectos de los combates. Una espada golpea un yelmo y un chorro de sangre surge de él. Esta idea, en principio interesante, queda destrozada cuando dicha violencia pasa a convertirse en el gore más irrisorio, provocando situaciones más propias de la (divertidísima) versión de los Monty Python que de una película tan supuestamente intelectual. Pero no sólo las mutilaciones son irreales. La herida que sufre uno de los protagonistas hacia el final, por ejemplo, se trata de una mancha roja encima de su vestimenta, la cual extrañemente, permanece intacta.

En conclusión: termino la crítica con un gran suspenso para esta producción, la celebérrima Lancelot du lac. En ocasiones me pregunto seriamente si en la calificación general de las películas cuenta más la nacionalidad, la época y el/los autores que la película en sí.

Dictamen: I

martes, marzo 20, 2007

El jinete pálido (Pale rider, 1985)


Clint Eastwood es el último gran hombre del cine americano y uno de los mejores directores (sino el mejor) en activo. El que huye de efectismos para contar las mejores historias, el sabio que no alardea de ello y sin embargo da lecciones magistrales en cada nuevo proyecto. El hombre tranquilo que, con una simpleza insultante, es capaz de alcanzar lo más hondo del alma humana. Carente de toda pretenciosidad, haciendo de la sencillez una virtud, dirigiendo por encima incluso de su propia idiosincrasia…

El realizador californiano es un auténtico mito viviente al que, desde aquí, sólo podemos reprochar el no haber probado apenas fortuna en el cine de género. Salvando alguna intervención en las Amazing stories de su gran amigo Steven Spielberg, se puede decir que El jinete pálido es una de sus únicas aproximaciones no realistas al séptimo arte, con un estilo poco explicito no obstante.
Aunque de forma soslayada y con una fuerte carga de dobles interpretaciones, la sugerida historia del pistolero que regresa de la muerte vestido de predicador para actuar como brazo ejecutor del señor –y alguna cosa más- circunscribe a la cinta que tenemos entre manos en el marco de la narrativa fantástica.

Clint da muestras del doble juego desde el principio de la peli cuando, acto seguido de un extraordinario y teatral ruego a Dios por parte de una indefensa joven, aparece como el enviado divino que presumiblemente solucionará los problemas de una honrada comunidad de mineros. La dualidad del personaje, interpretado por el propio Eastwood, comienza aquí y se conserva hasta el final del filme, con un juego incesante de planos y contraplanos de los que se esfuma para reaparecer súbitamente cual espectro, en un alarde de pericia técnica que nos mantendrá sujetos a la butaca a lo largo de todo el metraje.

A pesar del planteamiento básicamente realista de la puesta en escena, el guión también proporciona pequeñas pinceladas sobre el posible origen sobrenatural del predicador: La compostura incrédula de uno de los villanos cuando afirma que esa persona está muerta. El papel que cumple en el atormentado recuerdo de las dos mujeres que protagonizan el film (otorgándolas, quizá, la posibilidad de despedirse de aquél que las abandonara) El gigantón de poco cerebro que se pone de su parte. Y así una y mil muestras que prueban sobradamente que El predicador no es más que un salvador procedente del mismísimo infierno; muestras que, sin embargo, bien podrían encuadrarse –siempre bajo el prisma de los que no quieran creer- en los aburridos márgenes de la absoluta normalidad.

Utilizando las bases del western Raíces profundas, El jinete pálido se adentra en la clásica historia del desapegado pistolero con buen corazón defensor de los débiles, inermes éstos ante la crudeza del lejano oeste. La libiana apuesta por unos elementos fantásticos que dotan a la peli de cierta singularidad, no interfiere en los valores propios del cine de Eastwood, con un humanismo exquisito en cada una de las secuencias.
Al margen de sus excelencias como western de toda la vida, con un clasicismo extraordinario a la hora de rodar, el rollo destaca por el uso justificado y desgarrado de la violencia desde un punto de vista casi supernatural, así como por el carisma de unos personajes totalmente retratados, que recuperan su honor gracias al jinete venido del más allá.
Lo que hoy en día pudiera anunciarse como un remake no es sino la revisión de un clásico de la mano de un genio, quien aporta un punto de vista fresco y nuevo a la historia que ya conocíamos, convirtiéndola en algo totalmente distinto y sorprendente.

La experiencia de El jinete pálido es una de las mejores de las que he tenido el placer de disfrutar en mucho tiempo, digna merecedora del calificativo obra maestra y evocadora (probablemente) de los temores del cuarto sello:

Y contemplé un caballo pálido, y el nombre de su jinete era la muerte.
…y el Infierno le seguía.

Dictamen: V



lunes, febrero 19, 2007

El motorista fantasma (Ghost rider, 2007)


Cierto es que algunos realizadores cinematográficos desprenden un tufillo a rancio del que les es difícil desprenderse. En su día, Daredevil adoleció de un estilo como mínimo cuestionable, con el cuernecitos saltando por los tejados entre diálogos ridículos y hits pop-rock totalmente olvidables. Mark Steven Johnson empezaba a soltar esos malos efluvios, y la sensación de que le iban a acompañar durante toda su carrera era muy fuerte.

Ayer mismo se estrenaba en cines de todo el mundo Ghost Rider. Mark se ponía manos a la obra de nuevo, y el resultado no es ni más ni menos de lo que cabía esperar.
Igual que en las aventuras del Hombre Sin Miedo, nos encontramos con una peli sosa como pocas, jalonada con efectos digitales televisivos y no muy dinámica (ni coherente) argumentalmente. No obstante en algunos detalles se rebajan las pretensiones de su predecesora, como con los villanos, encabezados por Black Heart, que recuerdan tristemente a los malogrados malutos de Elektra.

En esta ocasión, Jonhy Blaze es un artista circense que hace un pacto con el diablo (por error, primera estupidez) y al que, más tarde, el mismo Mefistófeles engaña burdamente. Peter Fonda interpreta al peor Satán que recuerdo, decorado con efectos especiales malísimos, pero sin una brizna de carisma.

El sabor a Coca-Cola Zero es insoportable: Nicolas Cage finje ser un motero antitabaco que no bebe alcohol sino caramelos ¿? y es adicto a los documentales de monos. Eva Mendes interpreta a una novia inverosímilmente confusa por que a su novio le arde la cabeza. El eterno sidekick no está ni para bromas… En definitiva, aguachirri.
La banda sonora es despreciada, cuando todo parecía indicar que los temas rokeros y metaleros pegaban a la perfección con el personaje; ya no nos machacan con éxitos pasajeros de la MTV, pero que uno de los temas lo interprete Ozzy tampoco soluciona el desaguisado.
Las secuencias de acción son un plomazo bueno y en la mitad del rollo ya estás mirando el reloj. Quizá lo único reseñable sea la caracterización del propio motorista y la intro que cuenta la historia del Jinete Fantasma (personalmente también destaco la extraordinaria chupa de cuero, de las que ya no hay quien encuentre, al menos a un módico precio).

Estas pelis tan malas sólo necesitarían cierta dosis de sinvergüencería y bizarrismo para resultar simpáticas. Sin embargo, en los nuevos tiempos de CGI y calificación para menores de trece, la serie bé a muerto, no provocando otra cosa que bostezos.
Es una pena todo esto, cuando hace años entrábamos en los cines para ver cosas como Robocop con nuestra cara de niños, y sin embargo aquí estamos… Yo aún no me he cargado a nadie con la UCI que guardo en casa.

Concluyendo, si vais a ver El motorista fantasma ya sabéis lo que os espera: sobredosis de azúcar, absurdez y bastante aburrimiento… y sino que se lo digan a mi acompañante.

Dictamen: I

(*) Artículo publicado inicialmente en el magnífico weblog de cómics Es la hora de las tortas!!!



viernes, febrero 09, 2007

Hellboy (2004)


Volvemos a la carga con una de mis adaptaciones favoritas de un cómic, Hellboy. El encargado de acometer dicha obra fue Guillermo del Toro, tan en boga ahora por la excelente El laberinto del fauno, sin duda uno de los mejores directores de género en activo, sino el mejor.

En mi opinión (no demasiado objetiva) el realizador mejicano es sinónimo de calidad. Todas las películas que ha efectuado hasta el momento son realmente extraordinarias, con un ritmo que sólo él sabe imprimir y una iconografía propia absolutamente deslumbrante. En sus obras no hay tiempo para el aburrimiento, realizadas como están a ritmo de montaje muy rápido y dinámico, pero sin dejar de lado la coherencia de las historias y la claridad visual de las escenas. Reconozco que quizá me pueda la pasión pero no considero a Guillermo otra cosa que no sea una gota de agua en el actual desierto del cine fantástico (incluso Mimic me gustó)

Por la otra banda progresa Mike Mignola, uno de mis dibujantes favoritos. En la era de los autores ‘hot’ se le pudo criticar por albergar sus mismas formas, aunque en plan macabro. Allí dode Liefeld incrustaba una hilera interminable de dientes, Mignola simplemente escupía chorros de tinta (cual pulpo) convirtiendo sus viñetas en esbozos de cuatro trazos cubiertos por la oscuridad. Para ser sinceros hay que reconocer que a medida que se ha ido popularizando, el autor californiano ha derivado en diseños aún más minimalistas que, cierto es, pueden llegar a causar irritación.
Sin embargo, aunque las entiendo, no comparto esas críticas. La narrativa del dibujero me parece insuperada, al menos el terreno yanqui. Sus secuencias de acción son de lo mejor que se puede leer y los diseños, sobre todo en Hellboy, resultan extraordinarios.

Marcada la tendencia, era de prever una película de palomitas como dios manda, y creedme que así fue.

Hellboy debutó de la mano de la editorial Darkhorse allá por el 1994 con una primera miniserie titulada Semilla de destrucción. No mucho antes Mignola había realizado la adaptación al cómic del Drácula de Coppola y allí demostró su calidad como dibujante de estética terrorífica. Basado en una idea suya, influida muy claramente por sus gustos personales como los relatos de Lovecraft o el fenómeno de los expedientes x, el mítico John Byrne escribiría un guión que nos ponía en antecedentes del Chico-demonio y en el que le veíamos por primera vez en acción.
Algunos elementos muy importantes a posteriori, como las ‘gafas’ que lleva sobre la frente o el brazo de piedra, ya se aprecian en esta saga, y serían desarrollados más tarde en, por ejemplo, Despierta al demonio. Siendo estas dos historias las que soportan fundamentalmente la adaptación cinematográfica.

Sabedor de la calidad del material, del Toro luchó durante años para hacerse con el proyecto, y más aún para conseguir que Ron Perlman fuera el actor elegido (se hablaba de Vin Diesel o The Rock) Finalmente, y sin que sirva de precedente, director y creador colaboran estrechamente, aportando cada uno los conocimientos de su terreno, para realizar un producto que (creo) gustó a casi todos.
El espíritu del personaje queda intacto en la película, todo lo que conocíamos de Hellboy está en ella, aunque quizá contado de forma diferente. Los diseños recuerdan formidablemente a los cuatro trazos esbozados por los autores del cómic, y sin embargo el filme no está exento de la estética propia del cine del realizador americano. Por otro lado, el guión llega incluso a superar al original en algunos aspectos, como la correcta relación tipo La bella y la bestia, entre Liz y el demonio. Y sin olvidarnos de la sencilla pero efectiva moraleja que ya existía en el papel: ‘Solamente tú eres el dueño de tu destino’
A modo de curiosidad recordar que, como buen producto de consumo freak, la peli está cargada de guiños (por ejemplo, en el cementerio se puede observar una lápida con la inscripción ‘aquí yace Mike Mignola’)

Guillermo del Toro aplica las constantes de su cine, cimentado en una fuerte base artística y realiza una película que desborda creatividad y diversión.
Los efectos especiales, made in Barcelona, tan estrechamente ligados a sus cintas, rayan a gran altura, y logran recrear una atmósfera totalmente apropiada. Las secuencias de acción (quizá escasas) son claras y espectaculares, como siempre. Los villanos son interesantes y los buenos están bien desarrollados…
Y así una serie de virtudes que, unidas al aprecio por el referente literario, hacen que los puntos en contra demuestren poco peso.

En definitiva, parece claro que las buenas películas no surgen por casualidad. Cuando dos talentos de la talla de los que tenemos entre manos se alían para colaborar en un proyecto al que respetan y tratan con cariño, sólo puede salir algo bueno. Sino una obra maestra, sí una peli que se contempla con una sonrisa de satisfacción desde que empieza hasta que termina.

Dictamen: III

(*) Artículo publicado inicialmente en el magnífico weblog de cómics Es la hora de las tortas!!!



miércoles, enero 31, 2007

ESPECIAL GORILERO - King Kong (2005)


Con motivo del glorioso Día mundial del traje de gorila promovido por los maestros bizacoreros, desde aquí hemos pensado hacer un repasillo a la última versión del gorila más jarto que ha conocido el cine; sin dejar de lado su inevitable comparación con el clásico de 1933 que ya diseccionaremos con más tiempo en otra ocasión.

Como todos sabéis, en las navidades del 2005 se estrenó una nueva versión del clásico de Merian C.Cooper y Ernest B. Schoedsack, King Kong. La nueva entrega viene firmada por el archiconocido director neozelandés Peter Jackson, aclamado creador de la adaptación cinematográfica de El Señor de los Anillos entre otras joyas, el cual no dudó un segundo en tirar la casa por la ventana para recrear la película que marcó su infancia. Más de 200 millones de dólares invertidos, 35 de los cuales parece que vinieron directamente del bolsillo del orondo matrimonio formado por el propio Jackson y Fran Walsh. La pareja incluso convenció a la Universal, productora de la película, para que el metraje se extendiera durante nada menos que tres horas (lo cual reduce el número de proyecciones diarias y, en consecuencia, las perras de taquilla)

Todo ello para conseguir que el juguete quedara absolutamente a su medida. Peter Jackson es ya el nuevo Rey Midas de Hollywood; puede actuar a su antojo y procurarse cualquier capricho que se le ocurra, y no importa si para ello debe emplear todos los recursos al alcance de una de las productoras más poderosas del mundo. Peter tiene la sartén por el mango y se aprovecha de ello… hace bien, yo haría lo mismo.

Una vez que empieza King Kong, el cheque en blanco utilizado se hace notar. La recreación del Nueva York de los años treinta es sencillamente espectacular. Con una mezcla de carísimos decorados y espectaculares efectos digitales, realmente parece que estemos visitando aquella época de la gran depresión (eso sí, la pila de coches que se amontonaban atascados en el puente de Brooklyn no sé yo si es muy real... se ve que la gente sí tenía pasta para gasolina)
Todos y cada uno de los aspectos de producción están formidablemente cuidados: interiores, exteriores, vestuario… no se ha dejado un solo detalle al azar. Sólo en los primeros veinte minutos ya queda patente el cariño mostrado por este trabajo.
El posterior viaje en barco también es reseñable. El navío del Capitán Englehorn (interpretado por un correcto Thomas Kretschmann) es totalmente creíble y los millones invertidos se hacen notar casi en cada esquina de la embarcación. Algunos de sus interiores llaman especialmente la atención, como la zona de las jaulas para animales donde se hospeda el guionista Jack Driscoll.

Y es en este personaje donde se aprecia una de las mayores divergencias con la película original. En aquella, Jack Driscoll no era más que el segundo de a bordo de la embarcación, un tipo rudo y chapado a la antigua, algo misógino y machista. Clásico héroe de la época con mucho corazón debajo de los pelos de alambre del pecho, valiente y dispuesto a enfrentarse a lo que fuera por su amada. No sé si es que ese Jack era demasiado políticamente incorrecto para nuestra época, pero el hecho es que lo han cambiado por un escritor algo apocado que se enrola en la expedición por error. Yo personalmente me quedo con la versión clásica; en esta ocasión nos muestran a un tipo intrascendente que no inspira ni frió ni calor y que, cuando termina la peli, te planteas si habrá enamorado a la chica o esta habrá optado finalmente por el mono.

Y en este caso la chica en cuestión es nada más y nada menos que Naomi Watts, uno de los aciertos de la peli aunque solo sea por contemplarla. La versión que hace Naomi de Ann Darrow es completamente diferente a la original. En la peli de 1933, Fay Wray se limitaba a ser la excusa para que Jack y sus compañeros se embarcaran en una y mil aventuras a lo largo de La Isla de la Calavera. Ella temía mortalmente al animal (se pasaba la película dando gritos de absoluto terror) y en ningún momento se deja caer la posibilidad de que considere al simio otra cosa que no sea un monstruo.
En esta nueva versión se intenta crear una relación pseudo-sentimental entre Ann y la bestia, no sé si del todo acertada ¿Es necesario que el pobre animal muestre sentimientos humanos para que empaticemos con él? ¿No es más correcto el planteamiento original, en el que la chica se siente simplemente aterrorizada, como le ocurriría a cualquier persona? Aludiendo en aquel caso a la propia naturaleza del ser humano, que responde con violencia a la violencia y se reafirma sin ningún tipo de remordimiento en destruir aquello a lo que teme, sin ni tan siquiera plantearse por un segundo las causas o las consecuencias. Todo esto no nos haría mejores que Kong, ni tampoco peores, simplemente iguales...
No sé si el objetivo de aquella peli era éste (más bien creo que sus directores se conformaban con deleitarnos con una de aventuras) pero en cualquier caso prefiero sacar mis propias conclusiones a consumir moralina.

Otro personaje cambiado es el del empresario cinematográfico Carl Denham, interpretado en esta ocasión por el nefasto Jack Black. Jackson lo convierte en el típico capitalista malote al que solo le interesa el dinero y el éxito, y que no alberga ningún tipo de sentimiento por nada ni por nadie que no sea él mismo. Vamos, una pantomima. El antiguo Carl era básicamente igual (menos cabrón eso sí) pero sin caricaturizar. Era un empresario honrado (como él mismo dice) y con las típicas características mencionadas anteriormente, pero que no le convierten en el malo de la peli. Solo es una persona más de nuestra sociedad, tan malo o tan bueno (seguramente tan malo) como somos todos.

A pesar de que los protagonistas quizá decepcionen un poco, la introducción de algunos personajes secundarios adicionales es bastante acertada: el actor masculino para el filme que intentan rodar, Bruce Baxter, tiene su gracia. Y una mención especial merece también el cocinero interpretado por Andy Serkis (Gollum)

Como decía anteriormente, los millones se hacen notar a lo largo del metraje. El mono en CGI está muy logrado, alcanzando en ocasiones un nivel extraordinario. A pesar de mi repulsa irracional hacia este tipo de efectos, tengo que decir que en algunas escenas de esta peli me rindo a la evidencia.
Por otro lado, la secuencia final, con el simio combatiendo a los aeroplanos en la cima del Empire State (sin duda una de las escenas más reconocibles de la historia del cine) ha sido reinterpretada con una maestría propia de otro tiempo. Durante toda la escena se mantiene una tensión espectacular, a pesar del ya conocido desenlace, y muchas tomas producen autentico vértigo. Un derroche visual que habrá costado muchísmos millones, pero que se agradece.

Sin embargo, momentos de una factura fabulosa se entremezclan con secuencias excesivas y totalmente inverosímiles. La espantosa estampida de brontosauros, Kong meneando artificialmente el tronco en el que están los aventureros o Jack y Ann escapando insólitamente del simio, agarrados a la pata de un murciélago-vampiro, dan buena cuenta de ellas.

En definitiva, si os disponéis a ver King Kong ya sabéis lo que os espera. El capricho de un niño grande al que también le fascinan los gorilas (y el Rey Kong es uno jartísimo, como decíamos) sublime en ocasiones e infumable en otras, pero que despierta envidia sana: quien pudiera ¿verdad?

Dictamen: III



miércoles, enero 24, 2007

Constantine (2005)


Algunas veces los precedentes de un estreno cinematográfico obligan a vestir escudo y cota de malla para ir al cine, previendo lo que se puede avecinar. Si lo que va a recrearse en la sala es uno de tus mitos de juventud, si van a meter mano a uno de esos personajes con los que firmaste la transición a cómics más adultos sin abandonar el barco... ciertos aspectos de la promoción puede que te exijan estar preparado para lo peor. Y es que ¿Qué pensaríais vosotros si el encargado de dar vida a una de vuestras series favoritas fuera nada más y nada menos que el autor de exitosos videos de Britney Spears y JLo? ¿Y si el escogido para interpretar ese papel fuera un ser sin carisma alguno y que, además, no se parece ni en el blanco de los ojos a la figura original?
Pues bien, pertrechado con mis armas defensivas (y alguna de ataque) acudía yo el día del estreno de Constantine, allá por marzo del 2005. Lo que pude encontrarme era aún más terrorífico que lo imaginado, al menos en cuanto a adaptación se refiere. Sin embargo, prevenido como estaba, no pude evitar pasar un rato divertido.
No hay nada mejor que acudir al cine esperando lo peor para pasar un rato agradable, lamentablemente este dato dice bien poco acerca de la calidad de la peli. Constantine pudo gustar más o menos, pero lo que no se puede negar es la bajada de pantalones de la productora respecto al referente que tenían entre manos: Hellblazer.

John Constantine fue creado en los años ochenta por Alan Moore para las páginas de La cosa del pantano, colección a su cargo en aquella época. Se trataba de un joven hechicero del siglo XX, mezcla de héroe y villano, con clara tendencia al cinismo y un sarcástico sentido del humor de lo más amargo. Por expreso deseo del genial y locuno barbudo el aspecto físico del personaje debía imitar al del roquero (por decir algo) británico Sting, relacionándolo directamente con el pasado punkarra de Constantine. Una vez de la mano de Jaime Delano, John pondría de manifiesto su capacidad (no demasiado trascendente) para comunicarse con algunos lejanos y su oscuro pasado (en el que no hay visos de suicidio, que yo sepa)

Ateniéndonos a estos hechos, en un revisionado del filme se hace obvio que el bueno de Keanu Reeves mutila irremisiblemente y sin piedad al personaje, aunque probablemente el actor libanés (donde nace, no donde pace) no sea el único responsable.
En primer lugar los encargados de la peli no se preocuparon de disimular su aspecto. Nada de tintes y ninguna intención de emular el atuendo original. Con un dudoso criterio pensarían: si el mago original era británico y antitacherista, y éste va a ser un guapo matón de Los Ángeles, ¿que más darán las pintas? Puede que no les faltara razón, de perdidos al río.
Por otro lado la decisión de recortar un tebeo de terror absolutamente crudo y brutal (cuando la ocasión lo requiere) a la timorata calificación por edades de ‘Mayores de 13 años’ provocó la eliminación de todos los matices políticamente incorrectos de la personalidad de John; Siendo así, a Keanu sólo le quedaba su reiterativa pose de indolencia y la cara de freak acobardado en la madriguera de conejo, a pesar de interpretar un veterano y reputado mago.

Muchos otros aspectos del largometraje atropellan las ideas originales al servicio de una mayor comercialidad. La saga adaptada, Habitos peligrosos, recoge los números del 41 al 46 de la colección USA, y fue realizada por un autentico adalid de la incorrección política más gamberra, mi querido Garth Ennis. Lo que vemos en pantalla no es más que un edulcorado esbozo de aquella historia, en la que la mayoría de los personajes (la detective Dodson, Papá Medianoche, el padre Hennessey...) están desdibujados y convertidos en burdas sombras de lo que fueron en papel. Verdadera grima da ver lo que han hecho con Chas Kramer, virado de un pendenciero taxista a un jovencísimo personaje cómico que, todo sea dicho, no hace ni #*@$ gracia. Repasando la cinta para este monográfico me he dado cuenta de que Chas nos reserva una sorpresa para después de los créditos. No quiero estropearos el impacto de la escena, sólo diré que es para mear y no echar gota.

Las secuencias de acción, metidas con calzador, son irritantes, sobre todo las que hacen gala de la clerical escopeta con la que nos atormenta esta versión morena y pegona de nuestro héroe. Cierto es que en algunos momentos, y secundado por la indumentaria, Constantine parece más bien un James Bond de lo satánico, con todos esos gadgets con los que le agasaja un irreconocible Beeman.

Dejando claro que Constantine es una adaptación absolutamente horrible e insultante, no dejo de reconocer que la peli hace pasar un rato agradable y divertido, sobre todo si no eres consciente de que el material daba para mucho más. Algunas secuencias como los paseos por el infierno o el ataque del demonio de insectos, son realmente entretenidas y dejan ese sabor amargo de lo que podía haber sido y no fue.
De todas las maneras el saberse conocedor de la historia original no deja disfrutar con libertad la versión cinematográfica. Un buen ejemplo es el detalle del final en el que John, rehabilitado de sus problemas con el cáncer, saca un chicle de menta redimiéndose de su pasado como apestoso fumador. Lo que provocó una sonrisa a gran parte de la audiencia, a mí me dio autentico asco rememorando el piti que se echa en el tebeo. Más tarde, pensándolo fríamente, no puedo sino sonreír frente a la torpeza con la que intentan tratarnos como a imbéciles. ¡Manda huevos!

Aún con todo, creo que la película no hará pasar un mal rato a nadie, incluso yo me divertí, inmunizado como estaba, con mi escudo y mi cota de malla. Eso sí, por experiencia propia no os recomiendo una revisión. Francis Lawrence (por si no lo había dicho ya, el director del rollo) está ultimando ahora una nueva versión del clásico de Richard Matheson, Soy leyenda, con Will Smith como actor principal ¿Sabrá demostrar más pericia? Con la rémora de la calificación por edades a cuestas, lo dudo mucho.

En definitiva, Constantine (que no Hellblazer ¿Quizá por su parecido con Hellraiser?) no deja de ser una peli entretenidilla que tira por tierra un material extraordinario, parece que en gran medida por culpa del respeto a la corrección política.
Los cambios respecto a la historia original no sólo son infinitamente más sosos, sino que restan credibilidad a la trama: Delano nunca habría permitido a Constantine engañar tan fácilmente al Señor de las tinieblas... ¿No os parece?

Dictamen: II

(*) Artículo publicado inicialmente en el magnífico weblog de cómics Es la hora de las tortas!!!



lunes, enero 15, 2007

Golpe en la pequeña China (Big Trouble in Little China, 1986)


Una vez más regresamos a los gloriosos ochenta para revisar uno de esos ilustres productos tan propios (y al parecer exclusivos) de las factorías cinematográficas de aquellos tiempos. En este caso de la mano del irregular, pero indiscutiblemente genuino, John Carpenter.

Después de estrenar La cosa, incuestionable obra maestra de Carpenter y hasta hoy trabajo cumbre de su carrera, la trayectoria del director americano ha recorrido, aunque no escandalosamente, un incómodo camino cuesta abajo y sin frenos que lo sitúa en estos momentos rozando la decadencia (salvado por la campana del primer episodio que realizó para Masters of horror) Sin embargo, esa tenue caída a los infiernos conocería honorables intentos de remontada con filmes como, por ejemplo, En la boca del miedo o el pastiche que nos ocupa, Golpe en la pequeña china.

Huyendo de las ataduras comerciales de las grandes productoras (visto con perspectiva, quizá el gran problema de Carpenter haya sido no saber manejarse con los jerifaltes de Hollywood) nuestro autor apuesta en solitario por un producto que utiliza elementos clásicos y exóticos como el espíritu aventurero de los seriales antiguos, la estética de las pelis de Fu-manchú o el cine de artes marciales de Hong Kong, y los recicla en un formato a la manera yanqui y con protagonista occidental, que insólitamente no gustó a nadie.
Aprovechando un guión ya existente, procedente de la descartada secuela de Buckaroo banzai -delirante muestra de cine ultra-pop con guitarra eléctrica y puertas dimensionales- Carpenter se atreve con un argumento mezcla de géneros y estilos, a priori muy atractivo aunque innegablemente arriesgado.

Los responsables del texto (entre ellos Gary Goldman, quien más tarde participaría en Desafío total) también intentaron aprovechar las fórmulas del éxito del cine aventurero contemporáneo, planteando un Jack Burton muy cercano a los célebres personajes que había popularizado Harrison Ford con Indiana Jones y, sobre todo, con el contrabandista galáctico Han Solo. Russel da el pego como héroe circunstancial, bastante bocazas y aparentemente egoísta, pero que al final se descubre noble y con un corazón de oro a pesar de su camiseta de tirantes. La relación con la chica protagonista (Kim Catrall, famosa por su inquieta entrepierna: Lassie en Porky´s y ninfómana en Sexo en Nueva York) también recuerda a la sagrada trilogía y, aunque con menor brillantez, Burton evoca al capitán Solo intentando seducir a la esquiva princesa Leia, si bien con un final diferente en esta ocasión.
-¿No vas a darla un beso de despedida?
-No.

Por otro lado, las secuencias de acción son rodadas al viejo estilo aunque importando (mucho antes que los hermanos Wachowski) brillantes coreografías de artes marciales y útiles cables que permiten a los contendientes permanecer largo tiempo suspendidos en el aire mientras se dan estopa. De ellas sólo se echa de menos cierta dosis de salsa de tomate.
La influencia oriental no sólo está refrendada en la estética sino también en las formas y las referencias a cierta vertiente del cine de ojos rasgados son constantes, buena prueba de ello son los tres Tormentas, villanos con inmenso sombrero de paja sacados directamente de los rollos nipones sobre el Lobo solitario, que pueden contemplarse en, por ejemplo, la ya comentada Asesino del Shogun.

En el terreno de lo estrictamente cinematográfico, uno de los factores de mayor importancia en la cinta es su ritmo frenético que, aunque perfectamente ordenado y correcto, no deja ni un minuto para el respiro; demostrando que es posible hacer filmes a buen ritmo sin utilizar flashes, travelings digitales o giros de cámara mareantes.
Sin olvidar unos efectos especiales más que correctos, con divertidos monstruos, luchadores eléctricos y cuerpos explosivos en su haber (Sin embargo el paso atrás respecto a