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viernes, febrero 15, 2008

30 Días de oscuridad (30 Days Of Night, 2008)


Con algunas semanas de retraso respecto a su estreno en los USA, desde este mismo viernes se puede contemplar en salas de todo el país 30 Days os night, la película que adapta el trabajo realizado originalmente por Ben Templesmith, a los lápices, y Steve Niles, a cargo de la historia. Tebeo homónimo al menos en su versión yanqui, ya que por aquí la cinta ha sufrido un pequeño cambio en el título, sustituyendo el original 30 Días de noche por un menos prosaico 30 Días de oscuridad.

Steve Niles desarrolló la historia de los vampiros que se trasladan a una semiaislada población en Alaska en la que durante treinta días al año no sale el sol (con lo que eso supone para los clásicos chupasangre) como un proyecto destinado a las salas de cine. Cuando aún era un desconocido, paseó el libreto por varias productoras que lo rechazaron, así como las primeras editoriales, como Dark horse, a las que tanteo una vez dado por vencido. Finalmente la pequeña e incipiente IDW Publishing se arriesgó con la iniciativa y la publica en 2002, acompañada de unas geniales ilustraciones a cargo de Ben Templesmith, un desconocido “imitador” de Ashley Word por aquel entonces.

Una vez constatado el gran éxito del tebeo, David Slade se fija en él para (esta vez sí) realizar su versión en pantalla grande. Ayudándose de Steve Niles entre los guionistas, como no podía ser de otro modo, el director de la furiosa y experimental Hard candy (que triunfara en Sitges hace un par de ediciones) abandona el territorio outlier y se deja llevar por una propuesta de mayor presupuesto y ambiciones.
Si una de las características principales de la ópera prima del director fue el horror sutil del que hacía gala la impresionante lolita Ellen Page (famosa ahora por la premiadísima Juno) Slade abandona aquellas pretensiones para internarse en un territorio mucho más burdo y gore. Nada desdeñable si ciertamente se viera algo.

30 Días de oscuridad, publicitada como una de las pelis en la que más sangre artificial se ha utilizado, intenta ser un film de horror al viejo estilo. Los vampiros protagonistas, despojados del carácter romántico que en ocasiones se les supone, no son más que hambrientos monstruos que esencialmente “se comen” a sus víctimas. Su aspecto físico dista mucho del de Gary Oldman en el Londres victoriano, por ejemplo, y su modus operandi es mucho menos delicado. Este planteamiento deshace cualquier tipo de relación entre antagonistas, situando la acción en la simple y efectiva lucha por la supervivencia durante los treinta días de noche.
La declaración de intenciones sería, a priori, suficientemente llamativa si no fuera por la sensación de desinterés que despierta todo el filme. Desinterés por parte de los espectadores, que en ningún momento conectan con la trama, ni con sus protagonistas (que van cayendo poco a poco sin despertar ningún tipo de emoción); y desinterés por parte de los realizadores, que ejecutan el largo con lo justo y necesario, haciendo gala de un montaje como mínimo extraño, en el que parece se hayan comido partes del rollo.

Los actores no inspiran ni frío ni calor (Josh Hartnett debería empezar a cuidar más sus elecciones) y el cámara de turno vuelve a ser, otra vez, enfermo de Parkinson. La mayoría de las escenas de acción son infumables, realizadas con muy poquitos recursos y disimuladas con los giros y piruetas de cámara tan de moda hoy día.
La peli contiene muchos de los elementos habituales en este tipo de cintas, pero ni revisitados ni mejorados, simplemente copiados con muy poca gracia. El personaje entrañable que es mordido y se transforma en contra de su voluntad, la bestia parda que se sacrifica por los demás, la delicada heroína y su valiente caballero… Uno tras otro van cayendo los tópicos del género sin despertar ningún tipo de simpatía, hasta llegar a un desenlace ya visto en la pantalla grande no mucho antes y a manos de un director más capaz.

De la peli se salvan un puñado de escenas gore sensacionales y poco más. Quizá el montaje del director nos ofrezca una versión más interesante de la historia, en la que, al menos, los hechos transcurran de forma coherente.

Dictamen: II

(*) Artículo publicado inicialmente en el magnífico weblog de cómics Es la hora de las tortas!!!

viernes, febrero 08, 2008

El resplandor (The shining, 1980)


Como bien decía en el anterior artículo, que Kubrik es un puto genio no se le escapa a nadie, así como el hecho de que cada una de sus películas constituye una obra maestra per se dentro del género al que se circunscriben, cuando no son el eje seminal del mismo –como ocurre en 2001-
Teniendo en cuenta este preámbulo, impepinable, diría yo, no era posible imaginar el fracaso artístico del acercamiento del genio judío –permítaseme salirme del tiesto un segundo; es curiosa la cantidad de artistas norteamericanos con este origen, uno de los pilares de la cultura de los EEUU, sin duda- al denostado género del terror. Y así fue; pasándose por el forro muchos de sus principios formales básicos, parió El resplandor, una de las pocas veces en las que un director de su importancia y calado se arrimó a esta calaña de films, con lo que, al margen de la calidad cinematográfica, supone de desembolso económico por parte de la productora -y que conste que con esto no quiero despreciar el trabajo habitual de los maravillosos artesanos dedicados al género, fuente de tantos goces personales-

Parte de la novela homónima del multiventas Stephen King, y nos narra la historia de la familia Torrance, cuyo padre de familia, Jack, es un escritor en horas bajas que acepta el trabajo de vigilante del Overlook, hotel de montaña que cierra en la temporada de invierno debido al clima. Antes de aceptar, Jack es advertido por el director acerca del crimen cometido por uno de los predecesores de su cargo, que se llevó por delante a su propia familia y se suicidó acto seguido. Lejos de achantarse, no da importancia al suceso, llevando a su hijo Danny y a su mujer Shelley a lo que conciben como unas divertidas vacaciones en soledad total. Pero no pasa demasiado tiempo sin que el perverso halo del recinto se deje notar, por vía doble. Danny, dotado de percepción extrasensorial –el resplandor que da título- empieza a tener visiones de los sangrientos sucesos acaecidos anteriormente –gloriosas escenas de las dos niñas y el mar de sangre que cae del ascensor- Y la estabilidad mental del escritor estancado flaquea, mostrándose cada vez más taciturno y violento, al tiempo que también tiene alucinaciones con los siniestros personajes del pasado del hotel. Alucinaciones que, a medida que avanza el metraje, empiezan a mostrarse como más reales para el espectador –o sobrenaturales, mejor dicho. Y no cuento más, que soy un pesado de las sinopsis.
Para acabar con el argumento y sus fuentes literarias, hay que decir que King no se mostró demasiado satisfecho con el resultado de la adaptación por lo que, años después, apadrinó su propia versión, en forma de miniserie para la televisión y dirigida por Mick Garris. De sus cuestionables –más que cuestionables, en realidad- resultados y de las odiosas comparaciones huelga hablar aquí, más teniendo en cuenta que el escritor no es precisamente santo de mi devoción. Vean y juzguen por ustedes mismos.

El resplandor es una película de Kubrik y, como tal, un alarde de sofisticación técnica y perfeccionismo casi onanista. Todo, desde el tipo de objetivo, por ejemplo, hasta la comida del apuntador, si se me permite la exageración, funciona como la parte perfectamente engrasada y ensamblada de un reloj de precisión, el resultado final.
En primer lugar, por empezar por algún sitio, señalar que los costosos decorados se planifican hasta el último detalle –destaca, en este sentido, el diseño del laberinto, pieza fundamental en el desarrollo final de la historia - y hasta sus combinaciones de colores se conciben del modo en el que resulten más estridentes.
El magistral empleo de la cámara se bifurca en dos aspectos fundamentales. Por un lado, el estatismo de muchos de los planos, simétricos, en los que los personajes se representan pequeños en relación a las grandes estancias del hotel. Y el sugestivo y casi abusivo empleo del traveling, realizado con la innovadora técnica –por áquel entonces- de la steady-cam, que el director, a pachas con el operador, ayudó a desarrollar, constituyéndose como un punto de partida ineludible para todo el cine posterior.
Como decía al principio del post, Kubrik invierte el estilo arquetípico de la peli de miedo, sustituyendo el barroquismo y la deformación por la sencillez –aparente, eso sí- En este sentido, lo que más llama la atención –por evidente- es el uso de una fuerte iluminación que recrea la luz natural, en detrimento de los claroscuros y juegos de sombras habituales.
El resultado es una cinta de terror inhabitual, tanto en sus pretensiones como en su impecable factura, pero que escarba muy adentro –creo yo- en el valor fundamental del género; simplemente, da miedo. Todos los medios se acoplan para formar una historia claustrofóbica, un paulatino y desasosegante descenso por la soledad de los personajes hacia el horror y la locura.

El otro puntal es la interpretación del trío de actores. Soberbios Shelley Duvall y Danny Lloyd, una, como dulce y amantísima esposa que se va deformando en la más pura máscara del miedo y otro, como chavalín inteligente y perceptivo, con una actuación que para sí querrían muchos estrellones adultos. Pero, por encima de todos, como en él suele ser habitual, el inefable Nicholson, como pez en el agua sobrándole con poner el careto de psicópata y dejarse llevar por su histrionismo de siempre.
Por cierto, con respecto al controvertido tema del doblaje, solo decir que servidor se encuentra en la minoritaria facción de los defensores –ya habrá tiempo de hablar de ello en los comentarios-

Un cinco como una casa –como un hotel, quizás sería más adecuado- Cierto es que la reseña sobre alguna de las creaciones del bueno de Stanley llega un poco tarde. Aunque recordad que:

No por mucho madrugar amanece más temprano
No por mucho madrugar amanece más temprano
No por mucho madrugar amanece más temprano
No por mucho madrugar amanece más temprano…

Dictamen: V


sábado, enero 19, 2008

La bestia de la cueva maldita (Beast from haunted cave, 1959)



Si bien a primera vista pueda parecer una película harto mediocre dentro del subgénero de las monsters movies, tan en boga durante los años cincuenta, La bestia de la cueva maldita (aka Beast from haunted cave, 1959) resulta ser una entrega fresca que destaca por intentar romper una serie de conceptos preestablecidos, que, a esas alturas de década, no hacían más que fotoclonarse, perdiendo así toda su fuerza, entrega tras entrega.

Porque, para empezar, se desmarca del encasillamiento básico, al entremezclar pluscuamperfectamente el género policiaco, la aventura, la ciencia ficción y, por qué no, el romance. La reclusión en una cabaña perdida en medio de las nevadas montañas de una banda de de ladrones a la espera del transporte que les conduzca a Canadá conformará un tour de force de los personajes que, unido a la presencia del guía ajeno a todo ello, y a la obsesión de uno de los componentes por un monstruo con el cual ha tenido la desgracia de cruzarse, promoverá todo el entramado de la película en cuestión de una manera harto magistral.

Otro factor a destacar es el hecho que la bestia de la cueva maldita es un personaje secundario que, aunque irá cobrando protagonismo a medida que avance el metraje, para nada será el leiv motiv de todo el conjunto argumental. Es más, el director, Monte Hellman, conocedor de las limitaciones presupostarias y de la técnica narrativa, hace un uso justo y adecuado de la quimera, mostrándola única y exclusivamente cuando el guión así lo exige, subterfugio harto efectista, pues una vez vista, queda patente que un abuso hubiera convertido la película en una mera jocosidad irrisoria.

Hay que destacar también la facilidad que tiene Hellman tras la cámara: alejándose de tópicos manieristas, y aún tratándose de su primera película, jugando con los encuadres, los claroscuros y las ingentes extensiones de terrenos desolados y nevados, creando así un contrapunto antagónico con las escenas interiores, mucho más comedidas y claustrofóbicas.

El desenlace, quizás, sea una de las debilidades de esta cinta. Resulta algo confuso y apresurado, so pena de una sobreexposición del monstruo arácnido bajo el pretexto de conformar la traca final. Aún así, es una cinta a recuperar y reivindicar, pues, su condición de outsider dentro de un subgénero ya de por si harto denostado por el uso y abuso, la ha relegado a un rincón del olvido fílmico al que no le pertoca estar por méritos propios.

Dictamen: III




miércoles, enero 02, 2008

Especial año nuevo navideño

Cuento de Navidad (2005)


A caballo entre las aventuras de Parchís, Verano Azul y Buenas noches Señor Monstruo del Grupo Nins, Cuento de Navidad nos traslada a una añorálgica no tan remota, donde un grupo de infantes demostrará, una vez más, que los niños, pueden llegar a ser muy muy crueles, al retener durante días, en el fondo de un foso, a una fugitiva vestida de Santa Claus que puede llegar a proporcionarles un suculento botín.

En su tercer largometraje, Paco Plaza nos ofrece una mezcla de elementos que no acaba de compactar lo suficiente, y tiende a resquebrajarse a medida que transcurre el metraje. Los niños andan algo desorientados y muy sobreactuados, el título es simplemente conceptual aprovechando el periodo vacacional determinado y harto permutable, el ritmo es desacompasado y la trama peca de efectista. Si se hubiera (o hubiese) tratado de una cinta destinada a público infantil todavía puediera (o puediese) entenderse, pero estando preconcebida para formar parte de la colección de Películas para no dormir, se nos asemeja harto simplona y poco resultona. Una lástima, a qué negarlo.

Dictamen: I

No abrir hasta navidad (Don't open 'till Christmas, 1984)


La grandeza de No abrir hasta navidad (aka Don't open 'till Christmas) radica en su calidad de película mala. Mala no, malísima. Con un punto de partida tan apetitoso como la matanza en serie de todo elemento vivo disfrazado de Papa Noel, el argumento va perdiendo fuelle, debido, sobre todo a sus pésimas actuaciones y a su peor guión, inconexo, insulso y las más de las veces irrisorio.

Eso no significa en absoluto que sea una película a dejar pasar. Nada más lejos de la realidad. Su calidad de exploiting navideño, unido a un transpirable cariño por parte de su director e intérprete, Edmund Purdom, en horas más que bajas, conforma un todo enloquecido y enloquecedor, que hará las delicias de los amantes acérrimos del género. La colección de cadáveres que deja nuestro serial killer, así como sus divertidas y heterogéneas formas de asesinato, aunque cutresalchicheras, nos dejan entrever un quiero y no puedo que, el cinéfago de pro, no puede dejar pasar por alto.

Dictamen: III


Santa Claus conquista a los marcianos (Santa Claus conquers the martians,1964)


Por un lado los paupérrimos pero entrañables efectos especiales de la factoría de Ed Wood Jr. y por otra parte la mésmerica puesta en escena de los 5000 dedos del Dr. T del Dr. Seuss. Unan los dos conceptos y añádanle a la mezcla unas gotas de espíritu navideño y una pizca de comercialismo neoliberal. El resultado: Santa Claus conquers the martians.

Resulta harto complicado realizar una referencia sobre la cinta en cuestión, pues, está tan a años luz de lo que estamos acostumbrados en cuanto a películas navideñas se refiere, que uno no acaba de discernir el por qué de esa fascinación inquietante que le deja pegado a la pantalla del aparato catódico de principio a fin. Quizás sea la temática unida a la época del año que conforma un todo espiritual y benevolente. Quizás sea su surrealismo inocente. Quizás sean los deliciosos decorados de cartón piedra. O quizás, simplemente, se trate de sus diálogos recalcitatrantes y de su atrezzo anacrónico. Lo único que puedo decirles es que,desde el momento de su visionado, Santa Claus conquers the martians se ha convertido, para un servidor, en una pieza de culto para las fechas en que estamos. Y si dudan de mi palabra, esperen ver la gloriosa máquina de hacer juguetes marciana con la que el gordo navideño produce sus pedidos y ya contarán. O no.

Dictamen: V

martes, noviembre 13, 2007

Más negro que la noche (1975)


A Carlos Enrique Taboada no le hace falta ningún tipo de subterfugio maniqueísta para conseguir perturbar al espectador de sus películas. Se sabe conocedor del medio y utiliza todos los recursos a su alcance para conformar una serie de cintas del terror que, no por desconocidas para el público medio, dejan de ser obras maestras de obligada visión.

La cinta que nos atañe hoy, Más negro que la noche, no hace más que constatar este hecho, pese a basarse en una premisa harto manida a estas alturas: que tras la muerte de la tía Susana, esta deje en herencia su fastuoso caserón a su sobrina Ofelia con la condición moral de que cuide de su lindo gatito negro (al que hace referencia el título). Sobra decir que la sobrina se instalará allí con sus amigas, siempre bajo la atenta mirada de la estirada ama de llaves. A la muerte del gato en circunstancias misteriosas, una serie de fenómenos extaños empezarán a darse, afectando, y de qué manera, a las pizpiretas señoritas.

Hasta aquí, más de lo mismo. La sutil gran diferencia con otras producciones del mismo calibre es, para empezar, su bien coordinado guión. Desde un inicio, donde se nos muestran a las cuatro mozuelas, independientes y modernas (como ellas se autodefinen), en un estado de inmaculada concepción psicológica, hasta un estado de opresión mental tal, que todo su imaginario queda impregnado por la sombra de la mansión, su ama de llaves, y los extraños y paranormales sucesos que en ella acaecen. La grandiosidad de la narrativa nos permite también momentos de vouyerismo en estado pleno, como cuando vemos a las cuatro mujeres probándose las arcaicas vestimentas de tía Susana, recién encontradas en los sotanos del caserón. Todo con la finalidad ulterior de realizar un guiño cómplice al espectador, y acercarle más a las situaciones que van acotenciendo, lentas, pero sin pausa.

Otro punto a destacar es el modo en que Don Carlos Enrique realiza la puesta en escena: cada plano es un ahorro económico narrativo, que muestra únicamente lo que el director cree que es necesario mostrar. Así, por ejemplo, no contemplaremos el rostro de la difunta hasta bien entrada la cinta, y sólo como recurso argumental. Mientras tanto, únicamente podremos ver sus pies, sus manos y su inquietante bastón con puño metálico. Al igual pasa con la luz: muchas de las escenas más pavorosas, iluminarán únicamente pequeños momentos espacio temporales que aumentan exponencialmente el climax del momento, perturbando así de una manera harto eficiente (ojos desorbitados, juegos de sombras, reflejos instantáneos en un espejo, etc.).

La última cualidad de la cinta es su concepción del horror. Aquí, la (presupuesta) aparición, no goza de intangibilidad, ni de poderes especiales. Es (o presuponemos que es) una especie de muerta viviente, tal como deducimos al verla entrar en las habitaciones abriendo la puerta, o, paseando por oscuros y solitarios pasillos al mismo ritmo que lo haría en vida. Así mismo, las muertes juegan siempre con la posibilidad del doble sentido más inmediato, ofreciendo la posibilidad remota de que, la aparecida, sea simplemente producto de la imaginación de las bellas damas. Por último, destacar la primera muerte, que ocurre fuera de plano y que se debe, simple y llanamente, a un paro cardiaco propiciado por el terror más absoluto. Quizás, y recalco ese quizás, sea deudora de los clásicos de terror nipones, donde los kaidan acaban con sus víctimas de la misma deliciosa manera.

Sin llegar a las cuotas fascinadoras y cautivadoras de otras obras del director, como Veneno para las Hadas o la irrepetible Hasta el viento tiene miedo (de la cual, por cierto, acaba de estrenarse un remake de manos de Gustavo Moheno, que aún no he tenido oportunidad de visionar), Más Negro que la noche es una cinta correcta que cumple sus objetivos a la perfección. Y digo correcta desde el rasero de las cintas taboaderas. Porque en comparación con otros títulos englobados dentro del género que aquí tratamos, y de la época en que fue rodada, resulta más que destacable, por no decir, simplemente, recomendable. O sea.

Dictamen: III


martes, octubre 30, 2007

Saw IV (2007)


Antes de comenzar a destripar la cuarta entrega de Saw IV conviene aclarar que desde esta tribuna duele criticar una saga de este calibre. Las sagas de terror kilométricas y carentes de ningún tipo de pretensión son, como sabéis, muy apreciadas por aquí, y las andanzas de Jigsaw (ya convertidas en una parodia de sí mismas) parece confirmado que llegarán al menos hasta su sexta entrega.
Las películas de Saw cumplen muchos de los requisitos para convertirse en una franquicia mítica al más puro estilo Viernes 13 o Pesadilla en Elm Street: Subrayadísimas características generales, como la generosidad a la hora de mostrar sangre y vísceras (rozando el gore en la tercera entrega y seriamente atenuada en esta última) la sucesión de entregas sin casi tiempo para el respiro, la explotación de los moderadamente sorprendentes aciertos de la primera parte y la ineludible falta de coherencia y pretensiones, son mostradas en cada uno de los filmes sin ningún tipo de trampa ni cartón. Saw no engaña a nadie (al menos ya no) y el espectador que acude a la sala debe estar preparado para lo que se le va a ofrecer.

Sin embargo, a pesar de mi aprecio por la apuesta casquera que representan estas cintas, no puedo evitar sentirme decepcionado por su cuarta entrega. Si en Saw III se había relegado casi totalmente el espíritu más cercano al thriller que se pudiera intuir levemente en las anteriores entregas (sobre todo en la primera) situando casi el cien por cien de la acción en una sucesión de las más macabras e hilarantes torturas, Saw IV reconduce esos cauces poco más o menos autoparódicos hacia un estilo indefinible.

La película de nuevo intenta hacerse fuerte en la sorpresa final, con más bríos que nunca de hecho, convirtiendo el guión en un galimatías imposible de seguir por quien no haya visto las anteriores entregas. Da la sensación de que Darren Lynn Bousman intenta recuperar la seriedad y otorgar a la serie de filmes un espíritu de obra geométrica, pensada y diseñada como un todo desde el principio. Esta pretensión, si es que la hubiera, cae por su propio peso con un guión que se sabe, si cabe, más disparatado que nunca: El grueso de la trama se fundamenta en un policía que sigue los tenebrosos planes de Puzzle, paso a paso y sin saltarse una coma, de forma total y absolutamente inverosímil, y, como en anteriores ocasiones, la narración salta entre historias paralelas centrando su atención, en segunda instancia, en el delirante e injustificado (al menos no correctamente) origen del psicópata.
De nuevo un final sorprendente e inesperado adorna y acelera el cierre de la peli con dos sorpresas esta vez, una bastante interesante relacionada con la línea temporal y la otra, resobada y encima más estúpida que nunca, concerniente a los personajes. Todo ello aderezado con la ya famosa y eficaz melodía marca de la casa.

En el apartado visual la peli pierde muchos enteros respecto a sus predecesoras. Las trampas ideadas por Jigsaw son soslayadas en esta ocasión; prácticamente no se le da importancia a las torturas y la mayoría de los juegos no están demasiado concretados y son muy confusos. Exceptuando una o dos bromas macabras, en el resto cuesta saber el procedimiento que debe adoptar la víctima, y encima todo rodado con una cámara loca que se interpone ante la claridad de las situaciones. Si no fuera por la autopsia inicial, punto fuerte de la peli, la decepción sería irreconciliable.

En definitiva, incluso viendo Saw IV con una mirada compasiva, defensor como me considero de este tipo de propuestas, no acabé de seguirle el hilo al director. Si bien no albergaba esperanzas de que la trama me enganchara, sí al menos esperaba encontrar una buena ración de sofisticadas torturas dispuestas para ser degustadas. Desgraciadamente, esta vez ni una ni otra.

Dictamen: II




jueves, mayo 31, 2007

La cosa del pantano (Swamp thing, 1982)


En 1971, Len Wein y Bernie Wrightson crearon La Cosa del Pantano para el número 92 de la colección House of Secrets. En estos inicios el monstruo llevaba el nombre de Alex Olsen y la acción se situaba a principios de siglo. Más tarde, 1972, el personaje debutaba en su colección propia, con ambientación contemporánea y el nombre definitivo de Alec Holland.
La condición de partida estaba muy relacionada con los mitos de terror clásicos, revisitados habitualmente en los seriales de los 70, y muy alejada de la versión que se popularizaría posteriormente, más bien de horror new age.

El origen y la caracterización inicial del personaje distan bastante de la idea que en hoy día tenemos de la criatura del pantano, con un científico brillante víctima de sus propios experimentos que, por culpa (directa o indirecta) de su maléfico archienemigo, se convierte en un monstruoso ser de pesadilla. En un principio los autores plantean las aventuras de un alma atormentada dentro de un cuerpo deforme e inhumano, la trágica y típica historia de la bestia incomprendida, a la que sólo la bella, y algunos pocos más, logran llegar a entender.

Como todos sabemos, Alan Moore revitalizó la serie en su decadente segunda temporada virando drásticamente los designios del antihéroe. Su génesis fue reinventada y se dotó al personaje de mayor profundidad, reformando la finalidad de las tramas hacía planteamientos pseudo-filosóficos, expresados con un mayor lirismo también típico de la época. De igual modo el enfoque, más explicito y carente de la ingenuidad anterior, se hizo más acorde a los tiempos que corrían.

Sin embargo, no es este material el que utilizaría Wes Craven para su versión de imagen real. En 1982 el éxito no había alcanzado aún al guionista británico y la pretensión no era otra que la de realizar una película sobre el clásico personaje de la DC, en horas bajas por aquel entonces.
Craven nos presenta una cinta de serie be con todas las de la ley. El no demasiado brillante director de Cliveland (al menos a mi entender, salvo, quizá, en Pesadilla en Elm Street o La serpiente y el arco iris) propone una especie de estética comiquera de lo más espantosa, con cortinillas estrambóticas que se suceden entre secuencia y secuencia así como con una explicación final totalmente absurda, requisito al parecer imprescindible cuando se quiere adaptar una serie de cómics.

Gran parte de los planteamientos del filme se contemplan con displicencia, como la insólita y meteórica relación amorosa entre Alec Holland y Alice Cable (¿Por qué no Abigail?) o el aspecto y las formas de los paramilitares a los que combaten.
El guión, realizado por el propio Craven, deja de lado los aspectos terroríficos y se centra casi exclusivamente en las numerosas secuencias de acción, convertido finalmente en un ir y venir de la protagonista entre soldados de fortuna, lugareños y la susodicha criatura, mientras estos se dan tiza sin ningún miramiento.
La atormentada chica no es ni más ni menos que Adrienne Barbeau, actriz fetiche de John Carpenter a pesar de su peinado (incluso pone la voz a un ordenador en la brillante La Cosa, aunque no aparezca en los créditos) y, por otro lado, en algunos momentos La Cosa del Pantano recuerda más bien a la adorable Cosa de ojos azules ¡Es la hora de las tortas!

Los FX (tan importantes en este tipo de películas) son bastante malos, seguramente acordes con el presupuesto, y los disfraces, tanto el de Swamp Thing como el del engendro del final, parecen salidos de un capitulo de Bioman (peores incluso). El ritmo es rápido pero monótono, y carente de ninguna sorpresa reseñable (si exceptuamos el desfile final de carne humana). Las secuencias de acción son muy convencionales y típicas de la época, incluso hay veces que da la impresión de estar viendo un M.A. Barracus de piel verde…
Quizá lo único reseñable sean las escenas en las que se enfoca desde lejos a la versión vegetal de Alec caminando por el pantano. Nada del otro mundo pero al menos me llamaron la atención.

En definitiva, La Cosa del Pantano no deja de ser una curiosidad que se contemplaría con más ganas si intentara adaptar la etapa Moore del personaje, aunque lo hiciera tan mal. Por otro lado la ausencia total de sentido del humor en una producción de este tipo no deja de restarle muchos enteros, ya que ni siquiera resulta simpática, al menos no mucho.

Dictmaen: I


(*) Artículo publicado inicialmente en el magnífico weblog de cómics Es la hora de las tortas!!!

NOTA: Por el momento nos ha sido imposible localizar un trailer (o algo que se le parezca) de esta película. Mil disculpas.

miércoles, mayo 16, 2007

Videodrome (1983)



La verdad es que manda huevos. Cerca ya de las cuarenta reseñas y sin tener la decencia de haber dedicado alguna al bueno de Cronenberg. No hay mejor ejemplo de que, hasta la fecha, este blog no ha brillado demasiado por su criterio a la hora de elegir las películas a comentar, hecho que, esperemos, se rectifique en el futuro más próximo, contando además con la colaboración de nuestros nuevos afiliados –agua de mayo sois, muchachos/a-.
Porque lo cierto es que el canadiense no sólo es uno de los mejores directores del fantástico, sino también mi preferido, probablemente. Así que a enmendarse.

Su anterior film, Scanners, inesperado éxito comercial en listas USA, supuso el espaldarazo económico necesario para que un realizador de su calaña de serie b pudiera colarse, ya con todas las de la ley, en el complicado y desagradecido mundillo del mercadeo de productoras Hollywoodienses, beneficiando a Videodrome de una distribución a cargo de una gran compañía. Circunstancia a favor casi incomprensible si se tienen en cuenta los mascados estándares del cine comercial y el rarito resultado final, que debió de hacer tirar el cubo de palomitas con mantequilla en el regazo del vecino a más de un espectador.
Dejando a un lado su suerte pecuniaria, Videodrome fue el punto de inflexión fundamental en la filmografía del director, gracias al que condensó e hizo brillar muchas de las ideas y obsesiones de su trabajo anterior -y posterior- en una obra perturbadora y única, un merecido objeto de culto cinéfago -y no tan cinéfago- desde el mismo día de su estreno. Y el medio para que la farándula de la crítica seria y la intelectualidad se agachara a ver que ocurría por los bajos fondos del cine de género, lo que en muy contadas ocasiones ocurre. Para muestra, el botón que le dedicó el mismísimo Warhol: “es la Naranja mecánica de los 80”

Al que la haya visto le sobra una sinopsis y al que no, también, ya que no le aclararía el argumento, si no lo contrario, así que intentaré ser todo lo rapidito y conciso que pueda. Allá vamos.
Max Renn -encarnado por el rectilíneo rostro de James Woods- es el director del canal televisivo 83, dedicado a contenidos violentos y pornográficos. Un buen día –no sé si de primavera- se topa con la emisión pirata de escenas hardcore en las que se muestra a una mujer siendo torturada. Al tiempo que empieza a buscar hasta por debajo de las piedras las jugosas y potencialmente rentables imágenes, conoce a Nicki -locutora de radio interpretada por la cantante de Blondie, Deborah Harry-, con la que inicia una relación sadomasoquista. Sus pesquisas lo llevan a Videodrome, organización -por ponerle un nombre a algo tan difícilmente definible- dirigida por el Dr O’Blivion, que le aclara la verdadera naturaleza de su trabajo. Su cadena clandestina y la televisión, en general, con su carga de sexo y violencia, es la nueva realidad de la mente humana, es su nuevo ojo, y es capaz de alterar la propia estructura física del cerebro y el cuerpo, como acabará comprobando Max en sus propias carnes -nunca mejor dicho-. A partir de entonces se verá implicado en una trama surrealista que incluye la muerte y conversión de su amante en ente literalmente catódico y el complot interno de los malutos. Y, como suele ser habitual en el cine de Cronenberg, el pobre protagonista de cabeza a la espiral paulatina de destrucción –o mutación- de lo real y del yo.

Y, por fin, llegó La nueva carne, ya con nombre y todo.
El concepto de la transformación del binomio carne-mente, que ya esbozara en sus inicios como cineasta –particularmente en Rabia y Vinieron de dentro de…- y que desarrollará, largo y tendido, en su posterior carrera, es el excelente análisis del proceso de cambio de la sociedad actual, del nuevo tipo de relaciones psíquicas –e incluso corporales- en cuanto a las pulsiones más primarias –lo universal, ya se sabe, amor, muerte y sexo-, que el hombre mantiene con la ciencia, en sus vertientes bio-médica y tecnológica. Y la posición respecto al cambio, ajena al maniqueismo moral, no juzga los hechos, tan sólo los disecciona con bisturí aséptico, dejándole el resto al espectador. Atención en este sentido al doble final.
Esta metamorfosis, que anteriormente era manifestada de una manera más social, más general, con tramas disgregadas en corales de personajes, se centralizará desde Videodrome en la bajada a los infiernos del protagonista, con lo que este hecho conlleva de beneficio para la economía narrativa y, sobre todo, para la configuración en sus obras de una atmósfera más opresiva, de pesadilla personal en la que, poco a poco, se desdibujan los límites del individuo, que cae dando tumbos entre lo que fue y lo que empieza a ser. Y la simbología estética de la que se vale para representarla es siempre el retorcimiento y perversión de la carne, que moldea en forma de herida vagino-abdominal y pistola orgánica, en este caso, el insuperable Rick Baker, que cuaja unos de los mejores Fx de la historia.

El mérito fundamental de Videodrome, que se extiende al resto de su filmografía, reside en la utilización de muchos de los principios recurrentes del género fantástico -casquería e higadillos son mis preferidos- para construir un discurso absolutamente personal e insistente que transciende los límites convencionales.
¡¡¡Larga vida a La nueva carne!!!

Dictamen: V

jueves, marzo 01, 2007

EL grito 2 (The Grudge 2, 2007)


Takashi Shimizu, responsable de La maldición (Ju-On: The grudge, una de las mayores obras maestras del terror que se han realizado en los últimos tiempos) y de su extraordinaria secuela, dio el salto a Hollywood a cambio de rehacer sus propias películas, primero en El grito, con Buffy de protagonista, y ahora con El grito 2.

Desafortunadamente para él, y a pesar de sus esfuerzos por occidentalizar las tramas haciéndolas más comprensibles y dinámicas para el vaguete espectador de esta parte del mundo, los resultados no han sido del todo satisfactorios.
Es de agradecer que El grito 2 no adapte la versión nipona sino que la reinterprete con algunos elementos comunes pero con un planteamiento completamente diferente. Así, a pesar de la decepción que resulta su visionado, evita una comparación odiosa y obsequia al espectador fiel con una película diferente al fin y al cabo, aunque mucho menos interesante.

Los arrojos de Takashi por moldear su estilo al gusto hollywoodiense no cuajan por ningún lado. La trama es simplificada al máximo restando ese prodigioso halo de misterio que envolvía a las cintas orientales (como ya ocurría incluso, en menor medida, en la secuela nipona respecto a su predecesora) La desconexión temporal de las piezas argumentales no tiene aquí la más mínima objeción, y es tan obvia que casi merecía no existir.
La manera en que el director resuelve su estilo llega a ser insultante, adecuando la película a todas las mentes (como mandan los cánones) y cambiando la atmósfera de absoluto terror conseguida a base de planos lentos y apariciones fugaces de los fantasmas por constantes asesinatos efectistas de la chica de los pelos.

No sé porque motivo el niño pierde su carácter terrorífico, y no es menos cierto que las diáfanas explicaciones otorgadas a la problemática planteada no hacen sino restarle emoción y enigma a la historia. Si nos tratan como a tontucos la peli nos gusta menos, está claro.
Rozando el desastre se encuentran aquellas escenas en las que un par de rubias se convierten en fantasmas azules al estilo nipón. Lejos de asustarnos, la secuencia más bien retrotrae a los tebeos de Los pitufos, aunque bien es sabido que en aquellos sólo existía una Pitufina.

No obstante Takeshi demuestra su habitual pericia en escenas realmente bien rodadas como aquella en la que la mujer fantasma aparece en el cuarto oscuro o aquella otra en la que una joven desaparece dentro de su sudadera.
El ritmo es bastante rápido (aunque esto se convierte más bien en un defecto respecto a los referentes del Japón) y la película no se me hizo pesada a pesar del coñazo que dio cierto sector del respetable, y no miro a nadie.

En conclusión, si os gustaron las cintas originales puede que disfrutéis de esta versión acudiendo al cine con rebajadas pretensiones.
Si aquellas os parecieron un infierno (como sé que les pasa a muchos) huid de El grito 2 como si del demonio se tratara, que más o menos es de lo que se trata.

Dictamen: II



jueves, febrero 01, 2007

El bosque maldito (The woods, 2006)


Lucky Mckee sorprendió de manera muy grata al mundillo del terror con su primer largo en solitario, May. Las andanzas de la pequeña y entrañable psicópata destacaron por un magnífico y casi surrealista sentido del humor, que mezclaba la inocencia e inadaptación de la protagonista con los sangrientos resultados de sus intentos por hacer amiguetes, y supusieron un verdadero soplo de aire fresco en los mohosos sótanos del género, amén de hora y media de diversión como ya no recordaba un servidor.
Sin volver a saber nada del joven director californiano desde que disfruté de mi primer acercamiento a su cine –exceptuando su notable contribución a la primera temporada de Master of Horror-, la semana pasada me di de morros con su último trabajo, El bosque maldito, mientras escarbaba en busca de una película que llevarme a la boca para olvidarme un poco de Febrero y sus puñeteros exámenes. Me dispuse a verla, con las mejores expectativas, que se tornaron en descrédito, decepción y cabreo monumental, sucesivamente, a medida que avanzaba el metraje.

A primera vista, debido a que El bosque maldito está protagonizada por féminas, parecía que Mckee iba a seguir con su personal estilo de comedia macabra con chicas raritas. Pero nada más lejos de la realidad, ya que, no sólo traiciona la originalidad de sus anteriores trabajos, sino que decae con una tópica historia de colegio embrujado, sin un solo atisbo de humor, y que cuenta con el agravante de referir de manera descarada a dos clasicazos del terror contemporáneo: Suspiria y Evil dead. Referencias que se originan de las brujomaestras y del insidioso ambiente, en el primer caso, y del bosque de ramas animadas y un tanto inquisidoras, con Bruce Campbell incluido, por el segundo.

Los homenajes –o plagios, según se mire- son el punto de partida de un argumento que naufraga ya desde los primeros instantes, cuando se deja suficientemente claro al menos avezado de los espectadores que sí, que el bosque está embrujado, como bien reza el horripilante título en español, y que las malévolas profesoras son las responsables de las desapariciones de las pipiolas. El trilladísimo enfrentamiento de la alumna nueva –tan brillante como insubordinada- con las matonas y la amistad que adquiere con su compañera más apocada y freak acaparan la trama, mientras que el descubrimiento de los elementos sobrenaturales se realiza a trompicones, sin claridad ni coherencia narrativa, culminado en un final ridículo que no salva ni la autoparodia de Campbell con hacha y todo. Este desbarajuste argumental se transmite también a los personajes, que pululan por los regios pasillos del colegio sin saber muy bien qué hacer, con unos absurdos cambios de comportamiento cuyo esclarecimiento –más allá de hipotéticas explicaciones hormonomenstruales- se queda en el limbo.
En definitiva, una chapuza de guión que provocó que deseara que acabase desde casi el comienzo, con suspiros de indignación incluidos, que me puso de mala hostia y que me hizo revisar la Imdb para comprobar, incrédulo, si era el mismo Mckee de May.

Supongo que el mal cuerpo que se me quedó fuera parecido al de los espectadores que sufrieron Trampa mortal después de haber de haber visto La matanza de Texas. Espero que Mckee no pertenezca a esa clase de directores nobeles que se vacían tras debutar con una obra maestra y que, al igual que ocurrió con Hooper, todavía tenga en la recámara algún puñado de buenas ideas, al menos.
La calidad de una película de miedo cuyo aspecto más terrorífico sea la traducción del título original y cuyo mayor mérito sea la siempre agradecida presencia de jovencitas con minifalda escolar que se pelean entre sí no puede ser precisamente buena. Aunque también es cierto, en honor a la verdad, que los aspectos técnicos y visuales del film, dejando a un lado los horribles efectos digitales de las ramas asesinas, no están nada mal y que mi juicio sobre la película probablemente está contaminado por el tremendo bajón respecto a May. No obstante, un I.

Dictamen: I



martes, enero 30, 2007

Man-thing. La naturaleza del miedo (Man-thing, 2005)


Allá por el 2006, se estrenó en España la penúltima adaptación cinematográfica de un personaje de la factoría Marvel: Man-Thing, más conocido por estos lares como el Hombre-Cosa.
La casa de las ideas había apostado esta vez por un producto de bajo presupuesto pensado desde un principio para su salida directa en DVD que, sin embargo, vió la luz en multitud de salas de nuestro país.

Aún así, consciente de que me querían enchufar gato por liebre, acudí en su día al cine arrastrando a tres incautos que, sabiendo la verdad, jamás me habrían acompañado. Cual fue mi sorpresa al arrancar la proyección: una fiesta de adolescentes hiperhormonados a las afueras de un pantano daba paso a la típica secuencia estilo Viernes 13. La tía buena tienta al incauto hombrecillo (otra vez el mito de Adán y Eva) a meterse en un lugar chungo y alejado para darse el lote. En ese momento todos somos conscientes (incluido el chico) de que no deberían estar allí, en cambio a la barbie con cerebro de silicona le da igual y aprovecha la ocasión para despelotarse con la aprobación del respetable. Finalmente acabará bañada de forma simpática en las vísceras de su amante… estaba claro.

Y así, a los 10 minutos, llega a su fin lo mejor que puede ofrecer la peli. El argumento posterior se centra en el nuevo Sheriff de la tranquila ciudad de Bywater, el cual emprenderá una investigación acerca de los asesinatos que están asolando las inmediaciones del pantano. Algunos personajes del pueblo (como la maestra de escuela a la que da vida Rachel Taylor) le apoyarán en su empeño, mientras que otros, como los dueños de la compañía petrolífera que controla la zona, se interpondrán en su camino.

La historia dista mucho del Hombre-Cosa que conocíamos (en mayor o menor medida) de los cómics. Nada tiene que ver ya el monstruito de piel de musgo con el químico Ted Sallis que investigaba el esquivo suero del supersoldado y que se viera obligado a ingerirlo tras la traición de su esposa, hibridándose así con el pantano en el que se encontraba y dando lugar a un nuevo ser mucho más ecologista (o ecológico). En esta ocasión la trama tiene algo que ver con antiguos espíritus nativos que la verdad no interesa demasiado. Incluso por momentos tienes la impresión de que han querido adaptar más bien La Cosa del Pantano que popularizara Alan Moore. Con un resultado catastrófico en cualquier caso.

La película tiene un tufillo a serie B que divierte a ratos; los dos hermanos curtidores de piel de aligator son tan rancios que hasta hacen gracia, las pocas secuencias semigore se agradecen, y como cada vez que un personaje se queda solo en la oscuridad del pantano llamando a otro acaba palmándola, a la tercera ya te echas unas risas; así que tampoco lo pasé mal. Sin embargo en otro tanto se hace aburrida y aunque con rebajadas pretensiones no pude evitar dar pequeñas cabezadas.

En fin, otra producción marvelita que suspende, pero que en este caso despierta cierta simpatía, así que suspenso alto.

Dictamen: I

NOTA: Por el momento nos ha sido imposible localizar un trailer (seguramente por lo mala que es) de esta película. Mil disculpas.

miércoles, enero 17, 2007

Hellraiser. Los que traen el infierno (Hellraiser, 1987)


Allá por la mitad de la inefable década de los ochenta, el escritor de terror del que el mismísimo gurú del género -Stephen King, claro- dijo literalmente he visto el futuro del horror y su nombre es Clive Barker, decide dar el salto a la gran pantalla, después de dos entrenamientos en forma de corto experimental -Salome y The forbidden-, al tiempo que se marca uno de los referentes fundamentales del cine terrorífico contemporáneo, Hellraiser.

El argumento se basa de manera casi mimética en el relato corto del propio Barker que lleva como título The Hellbound Heart. La fábula sadomasoquista, tanto en papel como en celuloide, nos relata las andanzas de Frank, joven díscolo y algo guarrete que en su búsqueda de nuevas sensaciones adquiere una extraña caja con la que supuestamente alcanzará placeres sexuales más allá de lo conocido, aunque, como suele suceder en estos casos, el asunto no le sale precisamente bien. Al enredar con su nuevo juguete en el ático del caserón familiar abre un portal hacia un infierno de dolor en el que se queda atrapado con sus nuevos amigos, los encuerados y sádicos cenobitas. Tiempo más tarde, su hermano Larry se muda a la casa con su esposa Julia, que mantuvo en el pasado una relación adúltera con Frank y que intuye su presencia hasta que lo descubre. Julia, que sigue subyugada a su primario encanto, lo ayudará a reconstruir su maltrecho cuerpo a espaldas de su marido y los cenobitas, sin importarle matar para conseguirlo. Por suerte, Kirsty, la hija del anterior matrimonio de Frank, se opondrá a sus planes.

Su status de clásico se sustenta, en primer lugar, por un desarrollo dramático urdido a través de unos protagonistas con bastante chicha psicológica, muy al contrario de lo que suele suceder en un género en el que lo más habitual es que los personajes no sean más que un estereotipado y vacío pretexto para los espectáculos sangrientos más diversos -espectáculos muy de agradecer, que no se me malinterprete-.
La historia configura cuatro vértices de tensiones y contrapuntos. Por el lado de los muchachos se hallan los hermanos Cotton, enfrentados por un antagonismo fraternal recurrente desde el principio de los tiempos: Frank es el hedonista sin escrúpulos que se pasea por el filo de la navaja como Pedro por su casa y Larry el hermano responsable tan bueno como aburrido. Y por el lado de las muchachas, tenemos a Julia, la madrastra fría y malévola, y a su antagonista, la angelical Kirsty.
La primera mitad de la película, sobre la que recae, en mi humilde opinión, la mayor parte de sus méritos cinematográficos, está protagonizada por Julia y su conflicto personal, por el que oscila desde la subordinación absoluta a Frank -llámese amor, llámese masoquismo- hacia la repugnancia que le provoca su aspecto y los asesinatos que se ve obligada a cometer. Los dos polos de la encrucijada emocional se disponen de manera magistral mediante una inteligente puesta en escena que se rige por los flashbacks de la relación adúltera de los cuñaditos y por la perturbadora presencia de Frank en el ático. Presencia que, gracias al juego de sospechas y a las miradas de la cámara que lo descubren mientras espía desde arriba, conjura una desasosegante atmósfera. Concluye con el descubrimiento por parte de Kirsty de su tío, que acaba por asesinar a Larry y Julia, que es quitada de en medio con un lacónico no es nada personal. A partir de aquí la perspicaz joven toma las riendas de la narración, viéndoselas a solas con Frank y los cenobitas, en un final creciente en ritmo que cuenta con el solazamiento de volver a ver a Pinhead y colegas -a los que teníamos olvidados desde el prólogo- plenos de detalles y protagonismo, pero que no está a la altura del conjunto final debido a un convencional desenlace violento.

Pero si Hellraiser ocupa un merecidísimo puesto de honor en los altares de este blog, se debe principalmente a la perversa iconografía del escritor de Liverpool. Si bien es cierto que la unión del mal y el folleteo es tan antigua como la propia literatura y que es una constante en el cine de horror desde sus principios, también lo es la originalidad de una estética que mezcla con maestría la deformidad de la carne, la parafernalia medieval de tortura y el cuero sadomasoquista. Excesivo y magnífico símbolo del lado más oscuro de las pulsiones humanas.
Además, las retorcidas ideas de Barker son realizadas mediante unos sorprendentes y explícitos efectos especiales y de maquillaje, de los que me gustaría destacar la soberbia resurrección de Frank -ay, aquellosos maravillosos años de artesanía y talento-. Aunque haya que reconocer que decaen de manera estrepitosa en el final, y es que dice la leyenda que se les acabó el dinero antes de poder acabar con solvencia.

Como suele ser norma dentro del género, Hellraiser fue el comienzo de una interminable saga cinematográfica, cuya dignidad -por no hablar de su calidad- fue mermando a medida que se le añadieron títulos, hasta llegar a los insultantes dos últimos subproductos: Hellraiser: Hellworld y Hellraiser: Deader, la decadencia absoluta que mezcla el universo cenobita con Scream y con Buffy cazavampiros, respectivamente.
Últimamente, se comenta en los mentideros del mundillo que se está preparando un remake de la original -hecho bastante habitual en esta fecunda época en producciones pero no en ideas-, que además contará con Barker como guionista y con Ashley Laurence (Kirsty) como protagonista. Noticia que, teniendo en cuenta el maltrato habitual al que somos sometidos los fans del horror, habrá que tomarse sin demasiadas esperanzas, por el momento.

Hellraiser está vinculada a aquella maravillosa ralea de películas, tan habituales en los ochenta, que llaman la atención, en principio, por la explicitud con la que mostraban higadillos y sangre en pantalla, pero cuyos objetivos y méritos estaban mucho más allá. A esta clase también pertenecen La cosa y La mosca, por ejemplo, títulos que, dejando a un lado cierta crítica miope y mojigata, deberían ser consideradas como grandes obras dentro de la historia del cine.

Dictamen: V



miércoles, noviembre 22, 2006

Saw III (2006)


El pasado once de noviembre veía la luz en nuestro país la última, aunque seguramente no definitiva, entrega de la franquicia slasher más exitosa de nuestros tiempos: Saw. Por tercera vez en otros tantos años (un record digno del mismísimo Woody Allen) tenemos la oportunidad de deleitarnos con los ‘juegos’ que Jigsaw propone a sus no tan desvalidas víctimas, con el único y altruista fin de intentar enseñarles a estimar correctamente el bien más preciado: la propia vida.
Lo que empezó como una modesta producción, sin muchas pretensiones y deudora explicita de filmes como Seven, se ha convertido, después de su descomunal e inesperado éxito inicial, en una superproducción del género, con inmensas campañas de publicidad a sus espaldas y el no solicitado honor de abanderar a los psicópatas cinematográficos del siglo veintiuno.

Si nos remitimos a los inicios, es obvio que el impacto inaugural de los virados argumentos de la serie (hay que tener en cuenta que los guionistas estaban bien curtidos en la gloriosa serie de culto Expediente X) fue tornando hacía la enajenación total en su segunda entrega. El argumento de Saw II escupía cambios de dirección sin ton ni son, pretendiendo y consiguiendo la artificial sorpresa del espectador, de forma, eso sí, bastante comprometida. Si el desbarajuste argumental se hacía cada vez más barroco (y más divertido en mi opinión) el nuevo enfoque otorgado por el director de la secuela, Darren Lynn Bousman, no se quedaba atrás. Las dosis de casquería y vísceras eran multiplicadas, y las complejas torturas se alejaban cada vez más de la realidad, dándole un carácter excesivo al film, más atrayente en mi opinión

Pues bien, si aquel episodio avanzaba por un peliagudo camino del exceso, pasando por encima del primer largo de James Wan, en esta tercera ocasión la escalada bizarra no sólo no se detiene, si no que se vuelve a elevar hasta extremos no previstos.
La trama se transforma en un barullo fascinante, con giros absolutamente tramposos, que evocan con calzador los anteriores episodios, pero que no dejan de ser irracionalmente divertidos. Desde la perspectiva del espectador la historia regresa al punto de partida, con menos personajes implicados y una trama más controlable, pero que, aún así, no deja de ser bastante inverosímil. Bousman se supera no dejándose atrapar por lo intrincado del guión y consigue hacerlo más efectivo si cabe. Centrándose en esta ocasión en las situaciones de horror generadas por los pueriles dilemas morales del protagonista, a la hora de decidir quien vive y quien muere.

Si en cada nueva entrega el estilo de la peli se hace más y más excesivo, como no podía ser de otro modo, ya habréis deducido la virtud más admirable de Saw III. En esta versión la violencia evoluciona hasta unas escenas gore de lo más feroces, que producían descargas incontrolables de adrenalina en el pase al que asistí. Las incomodas secuencias no dejaban indiferente a nadie, desde la sonrisa forzada, hasta los vómitos que precedían al abandono del cine (mentes débiles, no se asusten que no hay para tanto) A título personal debo decir que mi proto-esposa quiso matarme por obligarla a contemplar semejante salvajada (esto si que es un martirio y no lo del Jigsaw, debió pensar)
Los primeros 25 minutos del rollo nos abruman con tres torturas seguidas a cada cual más gore y atroz. La autofractura de un pie, el hombre atravesado por cadenas, el recipiente de ácido… situaciones extremas que llevan a nuestro cerebro a lo largo de un espinoso camino que termina en un estado de insensibilidad feromonal, que lo protege de lo que vendrá después.
Incluso teniendo en cuenta las descartables motivaciones de los personajes y el delirante intento de casar esta entrega con las dos anteriores, no se puede negar (al menos yo no puedo) el disfrute continuado durante las casi dos horas del metraje, mezcla de horror y esparcimiento. Desde luego si buscáis terror psicológico y sutil, o planteamientos inteligentes, ésta no es vuestra peli. Personalmente la impresión que me generó es que el equipo de rodaje acepta definitivamente que están haciendo puro rock´n roll y se dejan llevar por el espectáculo sin hacerse preguntas.

Saw III pertenece a una generación de cintas que prácticamente ya podrían constituir un nuevo subgénero dentro del cine de terror. Junto a películas como Hostel o Destino final (edulcorada esta última, y con desiguales dosis de éxito en cada caso) Saw se erige como el buque insignia de historias donde la coherencia es lo de menos, y el regocijo y el exceso lo principal.
Tal vez estas producciones no aporten mucho a nuestro amado género, pero es probable que en la era del pay per view no podamos aspirar a mucho más.

Dictamen: III



lunes, noviembre 20, 2006

Nekromantik (1987)


Engendrada al calor del underground germano de finales de los ochenta, Nekromantic alcanzó desde su mismo estreno la categoría de película maldita, gracias a las reacciones de naúsea y rechazo que cosechó allá donde fue exhibida. Un baratísimo medio de publicidad que consiguió que el film de Jorg Buttgereit y amiguetes, divertimento de fin de semana, abandonara el anonimato de sus humildes orígenes y se convirtiera en una obra clásica de los rincones más oscuros de los videoclubs de la época. Allí donde fué legal, claro, porque la cinta está prohibida aún hoy en un buen número de países.

Que fuese como un puñetazo en el estómago para los guardianes de la moralidad es bastante fácil de comprender echando una rápida ojeada a un argumento sin desperdicio alguno:
Robert Schmadtke es un hombrecillo obsesionado con la muerte que trabaja en una empresa de limpieza urbana de cadáveres (¿?), que se ocupa desde los accidentes de tráfico hasta los asesinados eventuales que puedan aparecer en cualquier descampado. De vez en cuando consigue mangar algún fragmento de cadáver humano en el curro para solazar a su querida novia Betty, tan enferma como él, y seguir aumentando su colección particular de órganos, que guarda metódicamente en frascos con formol apilados en una decorativa estantería. El premio gordo se lo lleva el día que aparece en casa con un muerto entero y bastante putrefacto, colmando de felicidad a su chica, que no tarda en proponer un trío con el nuevo inquilino; le improvisan un pene con un tubo de metal, le ponen un condón y a disfrutar como posesos los tres. Pero ya se sabe que los buenos tiempos no duran demasiado; es despedido de su trabajo, tras lo que Betty, muy disgustada porque ha descuidado y perdido la principal fuente de ocio de la pareja, se fuga con el cadáver. Robert, destrozado, intentará llenar el hueco existencial que dejaron sus aventuras necrofílicas con nuevas experiencias, como el cine gore, embadurnarse con las vísceras de su gato o asesinar a una puta y follarséla en un cementerio. Finalmente se suicida abriéndose el vientre con un cuchillo, consiguiendo una fenomenal erección y la satisfacción plena, mostrada con unos bonitos fuegos artificiales de sangre y semen.

Semejante cúmulo de burradas fue realizado con cuatro duros y con una producción que debió de ser un imaginativo proceso de gorroneo de objetos, lugares y gentes, lo que le confiere un inevitable tufillo amateurista. Hecho que no importa demasiado para los escenarios, que con el uso de planos cortos y pisos cutres llenos de mierda dan el pego, ni en la paupérrima calidad grumosa de la imagen, ya que al fin y al cabo son elementos que redundan en la formación de un ambiente insano. Pero sí se deja notar negativamente en otros aspectos como las actuaciones y los chusquísimos FX. Dejando de lado la hábil reconstrucción del muerto descompuesto (relleno de auténticas vísceras de animales) y la asquerosa escena en la que rezuma fluidos mientras ellos se comen un chuletón, generalmente la precariedad de los irreales efectos especiales le resta intensidad a una película que tiene como uno de sus principales reactivos la visceralidad física de las aberraciones que relata, aunque se intente maquillar con diversos medios. Unos funcionan, como la hábil interpolación de imágenes reales del desollamiento de un conejo, de repugnante y resultón efecto y otros no, como las escenas de sexo necrófilo, muy poco claras mediante un movimiento distorsionado a cámara lenta.

Nekromantik plantea unas coartadas no demasiado firmes para su escabroso contenido. De manera muy soslayada, en un reportaje de televisión sobre psiquiatría que observa el protagonista, se hace referencia a la idea de que una exposición continua al objeto de las fobias humanas provoca un proceso de desensibilización que puede acabar por curarlas. Idea que quizás sea una justificación hacia el espectador o que quizás intente explicar rápidamente el comportamiento psicopático de la parejita.
La escena onírica en la que una mujer encuentra a Robert muerto y podrido, tras lo que revive para corretear por un pasiaje bucólico al tiempo que juegan pasándose el uno al otro unos higadillos, al igual que el suicidio del desenlace, también apuntan hacia su obsesión con la muerte y a la confusión enfermiza con el amor y el sexo. Pero tan sólo son conatos explicativos que apenas poseen importancia al aparecer desligados del desarrollo argumental.

Desplazados a un segundo (o cuarto) plano de importancia los aspectos simbólicos y psicológicos del film, se puede considerar que su sospechoso valor recae sobre la plasmación directa de atrocidades en un contexto de cotidianeidad y normalidad, que llega al extremo (hilarante, para mí, no puedo evitarlo) de mostrar la necrofilia desde una perspectiva romántica con música dulzona y todo, con un muy particular sentido del humor que puede que sólo vea yo.
Probablemente su fama de película de culto sea desproporcionada respecto a sus méritos (como suele ocurrir a menudo con los productos a los que encasquetan esta etiqueta). Aunque manosear sin ningún tipo de complejos los tabús sociales y ponérselos delante de las narices a los biempensantes no esté nada mal como mérito en si mismo.

Dictamen: II